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    <title>El Debate Pregón</title>
    <subtitle>Últimas noticias de Argentina</subtitle>
    <updated>2026-09-13T13:15:03+00:00</updated>
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            “El cariño de los chicos es lo más lindo que me deja la profesión”
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/c_oahm8jU5WIAxpMIoscKulyDeI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/09/celia_provera.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Sembrar la vocación desde la infancia</p><p>Cuando era chica, Celia ya elegía su destino sin saberlo del todo: jugaba a sentar a sus muñecas en fila para darles clase. En su casa rural, su mamá le repetía con orgullo una frase que le marcaría el rumbo: “Estudiá de maestra”. Criada entre las chacras, sus primeros pasos en la escolaridad transcurrieron en la Escuela N° 5 Rudecindo Alvarado y más tarde en la Escuela N° 64 José de San Martín, adonde asistió para recibir catequesis. Recordar aquellos años es volver a los caminos de barro que dificultaban el trayecto, pero también a la memoria imborrable de todas sus docentes de primaria. No le gustaba faltar nunca.</p><p>Años después, cuando llegó el momento de concretar aquel juego de la infancia, la realidad del sistema educativo le exigió paciencia y temple. El Profesorado para la Enseñanza Primaria duraba por entonces dos años y medio y atraía a estudiantes de diversas localidades como Larroque, Galarza, Mansilla o la zona de Islas. La abundancia de egresados hacía que conseguir una suplencia fuera una tarea difícil y prolongada.</p><p>“Trabajé alrededor de diez años dando clases particulares en mi casa e incluso haciendo otros trabajos cuidando a una señora en Buenos Aires, porque como todo ciudadano quería valerme por mí misma y no depender de mis padres”, rememora Celia. En aquella época, algunos elegían irse a vivir a alguna provincia de Sur del país para lograr ingresar. Sin embargo, ella persistió. Su primera oportunidad formal llegó por llamado telefónico para suplir 27 días en la Escuela N° 69 Constancio C. Vigil, cuando ya estaba casada y con su hijo mayor en nivel inicial. Poco tiempo después, con el inicio de los concursos presenciales en la Departamental de Escuelas, logró ingresar a la Escuela N° 6 Victoriano E. Montes. Aquel establecimiento se convirtió en su segundo hogar: allí dio clases durante años en 5° y 6° grado, dictó el Taller de Acompañamiento al Estudio y, tras un breve paso con titularidad por la Escuela N° 1 J. J. Castelli y la Escuela Normal, eligió regresar para desempeñarse, desde 2023, como secretaria de la institución.</p><p>Desafíos, pandemia y la mirada social</p><p>A lo largo de su trayectoria, Celia ha visto transformarse la realidad del aula y la vida cotidiana de las comunidades escolares. Al analizar el contexto actual, su mirada reflexiva pone el foco en el desgaste y en la falta de reconocimiento social y económico hacia la tarea docente.</p><p>“Estamos en momentos difíciles. Económicamente nuestros sueldos quedaron muy atrás y a la mayoría no nos alcanza para llegar a fin de mes, lo que nos obliga a buscar otras cosas para ayudar en el hogar. La sociedad a veces nos ve como que estamos solo cuatro o cinco horas en la escuela o que tenemos vacaciones eternas, y no es así. Hay una gran cantidad de horas que cada docente destina en su hogar planificando, realizando informes y preparando material. Terminamos a fines de diciembre y en los primeros días de febrero ya estamos presentándonos; en los recesos seguimos a disposición del Estado y del equipo directivo para cargar certificados o suplencias”, explica con firmeza. De todas formas, “las ganas de enseñar de que aprendan nuestros niños siempre están. Tratar de llegarles de la mejor manera. Las familias también pasan por situaciones difíciles en lo económico, como falta de trabajo de los padres y otras situaciones que afectan el aprendizaje de los chicos. En todos esos casos, cada docente siempre pone su granito de arena para colaborar, de una y otra manera para mejorar”, remarca.</p><p>Esta complejidad cotidiana se traslada de manera directa al aula. Para Celia, la falta de trabajo en las familias y las problemáticas sociales atravesadas por la vulnerabilidad impactan de lleno en los chicos y dificultan el proceso de aprendizaje. A eso se le sumó la dura prueba de la pandemia de COVID-19, un hito que desafió los métodos tradicionales de enseñanza: “Nos tocó aprender a marchas forzadas a los que éramos un poco más analfabetos digitales. Se preparaban fotocopias para las familias que no tenían conectividad ni dispositivos, mandábamos videos explicativos y nos conectábamos por Zoom o Meet. Sin embargo, cuando nos reencontramos, notamos claramente que la falta del contacto presencial entre el docente y el alumno había dejado su huella”.</p><p>A pesar de las adversidades, Celia rescata siempre la función social de la escuela pública como un espacio de oportunidades. Con emoción, recuerda los viajes educativos a Tecnópolis y a la ciudad de Buenos Aires —donde recorrían el Congreso, la Plaza de Mayo, la Catedral y el Aeroparque— organizados a fuerza de ferias de platos y venta de rifas. “Para muchos chicos, esos viajes organizados por la escuela fueron la única oportunidad de conocer esos lugares. Como docente, más allá de la responsabilidad y los nervios de cuidar niños ajenos más que a los propios, la satisfacción que te queda es enorme”, reflexiona.</p><p>El legado de la afectividad</p><p>En el tramo final de su carrera, Celia sintetiza el sentido de su profesión en los lazos construidos. Destaca la importancia del compañerismo, el trabajo compartido y el diálogo como la única herramienta válida para resolver cualquier desacuerdo dentro de las instituciones.</p><p>Su compromiso profesional se extendió también al ámbito gremial, donde se desempeñó como delegada escolar participando activamente de las movilizaciones y luchas por los derechos docentes. Pero, sin dudas, la recompensa más valiosa se la entrega el andar cotidiano por la ciudad.</p><p>“Lo más lindo que te deja esta profesión son los chicos. Hoy me encuentro en la calle o en el supermercado con ex alumnos que ya son papás y llevan a sus hijos a la escuela, o con chicos que estudiaron distintas carreras. Incluso en la misma Escuela 6 hay una docente que fue alumna mía en quinto grado. Se acercan y me dicen: ‘Seño, usted fue mi seño’. Que te recuerden con cariño y que te saluden en la calle es algo hermoso. Cuando uno les levantaba la voz en el aula no era por enojo, sino para aconsejarlos, guiarlos y formarlos como ciudadanos críticos para que sigan estudiando y salgan adelante”.</p><p>A punto de cruzar el umbral de la jubilación, Celia no olvida a su pilar fundamental: su esposo y sus hijos, quienes acompañaron de manera incondicional cada hora robada al descanso para armar materiales y corregir planificaciones. Con la tranquilidad de la labor cumplida, deja una certeza que sintetiza toda una vida de entrega: “La de maestro es una profesión hermosa. Es la primera de todas las carreras, la que enseña a las demás y por la que todo ciudadano debe pasar”.PD: Como si fuera una posdata, me mandó después de editada la entrevista: “Lo que me faltó decirte es que casi nunca falté al trabajo como docente. Solo caso de fuerza mayor”. Por si quedaban dudas de su compromiso.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/c_oahm8jU5WIAxpMIoscKulyDeI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/09/celia_provera.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Próxima a jubilarse y tras una trayectoria marcada por el esfuerzo, la vocación y el amor por la enseñanza, la docente Celia Provera repasa sus años de entrega en las escuelas de la ciudad. Desde sus primeros pasos en los caminos de tierra hasta su querido rol en la Escuela N° 6 Victoriano E. Montes, un viaje por los recuerdos, los desafíos de la docencia actual y el legado imborrable de ver a sus exalumnos convertidos en hombres y mujeres de bien.]]>
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                <published>2026-09-13T13:15:00+00:00</published>
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