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    <title>El Debate Pregón</title>
    <subtitle>Últimas noticias de Argentina</subtitle>
    <updated>2024-08-19T14:23:12+00:00</updated>
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            La vida y la causa de un joven criado en Barrio Norte que adoptó a siete hermanos y lucha contra la pobreza estructural
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/5Nzj4lM2DLGIZcqzsDO9E59wTXU=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2024/08/cuando_diego_tenia_24_anos_inicio_un_viaje_introspectivo_queria_escapar_de_la_mesa_comoda_de_la_queja_constante_y_se_descalzo_para_entrar_con_cuidado_y_respeto_a_las_poblaciones_mas_vulnerables_del_pais.JPG" class="type:primaryImage" /></figure><p>Diego Bustamante se despertará este domingo en su casa de Gualeguay, en Entre Ríos, como hace cinco años, rodeado de su familia. No lo hará en un coqueto edificio de Barrio Norte, en la ciudad de Buenos Aires, como hizo en sus primeras décadas de vida. No lo hará como el cuarto de siete hermanos, como el hijo de un papá biológico y una mamá del corazón. Lo hará entre William, Patricio, Mario, Maxi, Juana, Juancito y Ariel, en calor del Hogar Familiar “Los Gerez”. Lo hará en calidad de padre y madre, de hermano mayor, en carácter legal de tutor. Festejará el Día de la Niñez rodeado del amor de su familia adoptiva.</p><p>Nació con el regreso a la democracia, a mediados de la década del ochenta, en el seno de una familia acomodada. Finalizó su escolaridad en el umbral del siglo. Comenzó sus estudios para transformarse en técnico agropecuario. Pero el arte le resultaba inspirador. Se dedicó al teatro, se fue a vivir dos años a la capital de México, porque necesitaba -confiesa- romper mandatos del chico bien de Barrio Norte, encontrarse con su soledad, recuperar su historia. Volvió al país porque necesitaba -confiesa- resignificar sus vínculos familiares, retomar su visita al psicólogo y germinar una semilla que había brotado de la desigualdad.</p><p>Quería escapar de “la mesa cómoda de la queja constante”. Se descalzó. Tenía 24 años. Sus amigos salían a bailar los sábados a la noche. Él a veces iba, pero comúnmente no: prefería despertarse temprano los domingos para visitar un hogar de niños. Huía de los barrios más caros de la ciudad porteña para visitar familias humildes en Moreno y en Pontevedra, en la provincia de Buenos Aires. “Me volví más feliz. Mi vida cobró sentido. Hacía lo que quería. Mi gente me apoyaba, pero por ahí me preguntaba por qué prefería viajar al norte en lugar de ir de vacaciones. Aunque no era un cuestionamiento negativo”, retrató.</p><p>Descubrió “la sencillez, la humildad y la entrega” de los hermanos Franciscanos en la nobleza de sus misiones en el norte del país. Se volvió un misionero comprometido. Pero también necesitó recluirse: luego de recibirse en la facultad, inició un proceso de introspección en un campo familiar en Gualeguay, donde invirtió su tiempo en desarrollar su vocación y en darle apoyo escolar a los hijos de los peones. Pero al poco tiempo, volvió a sentirse vacío. Retomó sus viajes al norte del país para descubrir su designio. A mediados de 2014 le anunció a su papá su cambio de rumbo: “Me voy a dedicar a lo social. Quiero que mi vida sea ayudar al otro”. Habló con Catalina Hornos, de la fundación Haciendo Camino, y se fue a vivir a Monte Quemado, un pueblito recostado al norte de la provincia de Santiago del Estero, atravesado por la ruta nacional 16. “Estaba de lunes a lunes abocado a la gente y ahí descubrí todo lo que se lleva puesto la desnutrición infantil”, graficó.</p><p>Allí, en un paraje inhóspito del Impenetrable chaqueño, conoció a la que sería su familia. No pudo evitar la comparación: eran siete hermanos, como él. Sus padres no estaban en condiciones -según ordenó la justicia- de ejercer como tales. Su bienestar social estaba resquebrajado. Su contención económica era nula. El contraste con su infancia era involuntario. Presenció el momento -un jueves a las once de la noche- en el que la policía ingresó a su casa para llevárselos: eran todos menores, de entre dos y trece años. Intervino para que no durmieran esa noche en la comisaría, sino en el hogar de una religiosa. William, Patricio, Mario, Maxi, Juana, Juancito y Ariel ya no volvieron a su casa. A la mañana siguiente, fueron trasladados a un hogar de niños en Añatuya, a cuatrocientos kilómetros de distancia. “En ese momento entendí que yo iba a querer cuidarlos toda la vida. No sabía cómo. Pero algo se sembró en mi vientre”, dijo.</p><p>Fue un año revulsivo. A finales de ese 2014 insignia, en Yacuy, un humilde pueblito al norte de Tartagal y al sur de la frontera salteña con Bolivia, presenció una situación que eligió no naturalizar. Vio una cuadra y media de cola que rodeaba el perímetro de un centro de salud, en el marco de una población que no supera los dos mil habitantes. La imagen parió una epifanía. “¿Cómo puede ser que algunos tengan tanto y otros tan poco?”, se cuestionó. La pregunta de carácter existencial inspiró un vuelco: se instaló allí, a treinta kilómetros del límite norte del país, en una pequeña pieza, en el seno de una comunidad guaraní.</p><p>“Lo que hice fue buscar apoyo económico y gente amiga que colaborara y así empezamos. Con una nutricionista y una trabajadora social, que hacían los diagnósticos. Me encontré con una realidad de la que no podía escapar. Tuberculosis, chicos sin vacunar, hambre, que almuercen en la escuela y a la noche se vayan a dormir sólo con una tortilla o pan para acompañar el mate caliente. No se trataba de llegar y darles los peces a la gente, tampoco era darles la cañas para que pesquen. Para mí lo realmente importante era ponerme a pescar con ellos y luego comer juntos, vivir a su lado, conociéndolos y respetándolos”, dijo.</p><p>Armó una organización no gubernamental. Le puso de nombre Pata Pila. “Es como decir ‘pies descalzos’. Pila es desnudo en guaraní -explica-. En el norte argentino se usa vulgarmente: ‘Los changos andan pata pila’. Para nosotros el andar descalzo tiene mucha simbología, no solo como una asignación de la pobreza, de no tener un calzado para ponerse, sino porque cuando uno está descalzo entra mucho más en contacto con su contexto, no pasa corriendo por la vida, sino que vas más despacio. Es una forma de acercarnos a las comunidades, acercarnos a la vida del otro, sin avasallar, sin pisotear, sino entrar con cuidado, con respeto. Es un gesto de humildad y de reconocimiento que estás entrando en la vida del otro, así sea para aconsejar como para ayudar a criar a un niño o para recomendar lo que tendría que hacer un padre de familia”.</p><p>Es una entidad sin fines de lucro “comprometida en resolver los problemas que afectan a familias en pobreza extrema y estructural en Argentina”, dice su descripción. Conocen cómo viven la vida personas sin derechos fundamentales como salud, identidad, vivienda digna y acceso al agua potable. Montaron equipos de profesionales multidisciplinarios que trabajan en comunidades originarias en Salta y en áreas marginadas en Mendoza, Entre Ríos y Buenos Aires. Precisan que su propósito es “combatir la desnutrición infantil e integrar a las familias y comunidades al sistema público-privado, generando oportunidades de desarrollo económico y trabajando activamente en la restitución de los derechos perdidos”.</p><p>"Es un momento para poner en valor la vida. Si hay algo que aportan los niños en las comunidades es la increíble capacidad de ser felices en medio de situaciones que son muy dolorosas", asegura el fundador de Pata Pila</p><p>En Fortín Dragones, una pequeña localidad del departamento General José de San Martín en la provincia de Salta, entendió en un caso visceral las desigualdades, la distancia, la desconexión. “Hacíamos un relevamiento en una comunidad y al hacer el control antropométrico de dos niños notamos que estaban desnutridos y deshidratados al igual que su mamá embarazada. Como teníamos que trasladarlos a un centro médico, quedamos en volver a buscarlos a las cuatro de la tarde. Fue un error de inexperiencia. Cuando volvimos, la madre se había metido en el monte. La policía tardó dos días en encontrarla y recién ahí la pudo llevar al hospital, de donde volvió a escaparse. ¿Qué le pasaba? No entendía el idioma. Y no quería dejar a sus hijos con su marido, para que no les pegue. Eso pasa una y mil veces”.</p><p>Sostiene que no se trata de una asistencia, sino de la creación de un vínculo que parte desde el preconcepto nulo, desde la disponibilidad plena para impactar sin imposiciones ni capas de superhéroes. “No colocarte en el centro para ser el salvador. Es invitar a caminar. No decirles cómo se tienen que construir su casa. La cultura nunca es una barrera. Pero somos nosotros los que tenemos que desaprender un montón de cosas para descubrir cómo entiende la vida una mujer wichi, la educación una mamá guaraní y cuál es la perspectiva laboral de una chané”, ilustra.</p><p>En casi una década de servicio, se involucraron en 76 comunidades repartidas en cuatro provincias, integraron a sus programas a 1.348 niños y niñas, y a 1.098 mujeres, diagnosticaron a más de siete mil niños y niñas por primera vez, dictaron más de dos mil horas de talleres de oficios, desde donde egresaron más de ochocientos trabajadores, recorrieron 1.400.000 kilómetros en su programa móvil, realizaron doce obras de agua, distribuyen 26 mil kilómetros de leche y 2.250 bolsones de alimentos por año, destinan 85 profesionales y treinta voluntarios en sus tareas.</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>0 seconds of 2 minutes, 24 secondsVolume 0%</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>Diego Bustamente fundó Pata Pila en 2015 luego de instalarse en una comunidad en Yacuy, al norte de Salta</p><p>En simultáneo a su causa social en el norte salteño, Diego Bustamente se mantenía en contacto con el hogar santiagueño donde vivían los Gerez. Los llamaba por teléfono y cuando podía, los visitaba. Cada vez que iba, reincidía en interpelaciones: “Los veía crecer y no me bancaba que estuvieran en una institución, por más que fueran muy bien cuidados. Me di cuenta de que querían un referente y una casa. Eso quedaba resonando en mi, pero volvía y enterraba la cabeza como una avestruz. ‘No Diego, ¿cómo vas a hacer? No podés ni económica, ni psicológicamente. Es una locura’, me decía. Hasta que no pude escaparme más”.</p><p>Habían convivido en vacaciones. Atravesaron veranos en Gualeguay, Mar del Plata y Buenos Aires. Vivieron un mes en Salta los ocho juntos. En enero de 2018, les hizo una propuesta formal: si querían que la convivencia no estuviese sujeta a vacaciones o a veranos. “Les hablé de empezar todos de cero en Gualeguay. Mi familia estaría cerca, en la Ciudad de Buenos Aires, y podrían integrarse. Paralelamente, en marzo me presenté a la justicia y el juez consideró que la figura de tutor legal era la más viable. En abril conocieron a mi familia. Pasé todo el año viajando de Salta a Añatuya. E hicimos todo de a poco. Tuvieron audiencias con el juez y le dijeron que querían vivir conmigo”.</p><p>No quiere que le digan papá, ni tampoco se siente así. No persigue el reconocimiento. “No quiero apropiarme de ellos. Tampoco tiene que terminar necesariamente en una adopción. No elegí vivir con ellos porque quería ser padre. Esto es importante. No soy el centro. Es simplemente devolverle a la vida algo de todo lo que me regaló. Y claro que cuidarlos es lo que me hace feliz. Sino no podría sostenerlo. Con ellos, mi vida se plenifica, se potencia”, remarca.</p><p>"De diez niños, tres o cuatro sufren malnutrición. Nos pasa en todas las comunidades. A veces diagnosticamos cien casos y ese porcentaje se repite", dice con preocupación Diego Bustamante</p><p>Este domingo pasará con ellos el Día de la Niñez. William, el mayor, ya tiene 23 años y trabaja en un corralón. Patricio, con 21 años, es peluquero. Son los dos más grandes. Los otros están cursando la secundaria: algunos ya incursionan en oficios, otros mantienen el espíritu de un niño. Van en bicicleta a la escuela, juegan al fútbol en el Club Sociedad Sportiva. Los regalos de este domingo se circunscribirán a los tres más pequeños, porque la economía, dice Diego, no está para grandes gastos. “Seguramente el domingo nos va a encontrar compartiendo el día, comiendo y jugando juntos”, asume.</p><p>Lo mismo sucederá en los otros territorios donde Pata Pila actúa. Habrá chocolatadas, meriendas, juegos, golosinas. “En todos los centros va a haber festejos, en medio del dolor y de la injusticia. Porque también hay tiempo para celebrar. Es un momento para poner en valor la vida. Si hay algo que aportan los niños en las comunidades es la increíble capacidad de ser felices en medio de situaciones que son muy dolorosas”, describe. En esos lugares donde el techo son ramas y plásticos, donde el piso es el suelo, donde la casa es un rancho, donde las familias reciben agua una vez por semana, donde las infecciones respiratorias y las diarreas son habituales, donde la política no llega, donde la gente come poco y mal, se reservan espacios para festejar la vida.</p><p>“Los niños tienen una capacidad de alegría, de felicidad, de entrega y de ser dados al juego y al encuentro con el otro, que es inmensa. Y sobre todo los niños de las comunidades. A cada comunidad donde vaya, me la paso corriendo, saltando, jugando al fútbol, rodeado de muestras de cariño porque los niños se te trepan”, cuenta Diego, quien viene de pasar dos semanas recorriendo los centros de Pata Pila. En reflexión sobre esa capacidad de abstracción de la condición dramática de ausencia y vulnerabilidad, distingue una naturaleza que excede la inocencia infantil: “La perspectiva y la lectura de la situación que se vive en las comunidades no es la misma que podemos tener nosotros. Las familias nacen en ese contexto, viven en ese contexto, es su lugar, están acostumbrados a vivir así y eso no quiere decir que no sufran cosas concretas como no poder atenderse, como sentir el hambre en el cuerpo, como la tristeza de cuando no puedes resolver un problema ni hablar la muerte por desnutrición de los niños, que todavía hay en el territorio. Pero la vida de la gente no es un drama ni una angustia todo el día. Eso es justamente lo lindo: te encontrás con gente que sigue esperando buenas cosas de la vida, con unas ganas de vivir enormes, con alegría, con esperanza, con ganas de seguir empujando en medio de situaciones que son durísimas para cualquier cuerpo humano”.</p><p>Diego Bustamante con los siete hermanos que adoptó en Santiago del Estero: William, Ariel, Maximiliano, Diego, Juan, Patricio, Mario y Juana</p><p>No son escenarios brutales porque no son nuevos. La crudeza es cotidiana, obedece a la naturaleza de la normalidad. “Son familias que tienen en el ADN eso de rebuscárselas, de ir al monte, de ir a pescar, de hacer artesanías y cambiarlas en los almacenes por algo de mercadería, de salir y caminar kilómetros y kilómetros para hacerse atender”, profiere. Su agenda diaria, su proyecto de vida, su misión es contribuir para que estas personas construyan una vida mejor. Lo intenta desde hace diez años. Su gestión atravesó gobiernos, crisis, pandemias. Su mirada optimista tiene grietas coyunturales: “Me preocupa ver que los vientos de los gobiernos, los vientos de la política y los vientos de los manejos económicos en este país no van para el mismo lado que para donde yo quiero ir. Cada vez hay más gente fuera del sistema. Cada vez está más justificado que la gente pase hambre o no tenga para comer”. Un reciente estudio de Unicef Argentina alertó que un millón de chicos se van a dormir sin cenar, que más de siete millones viven en la pobreza monetaria y que cerca de diez millones consumen menos carne y lácteos en comparación con el año pasado.</p><p>&nbsp;</p><p>Pero su preocupación coexiste con su propia voluntad de cambio. “Por otro lado sigo siendo un tipo con esperanza, que está generando proyectos que me entusiasman. Veo gente que ya está cosechando miel, que tiene ganas de tener tres cajones más; grupos de artesanas que se están integrando a cooperativas y están ganando plata sostenida en el tiempo. Miro con esperanza, porque si no te ahogás. Es bueno, a su vez, mirar para atrás y también reconocer lo construido. Están pasando cosas buenas en el territorio, las comunidades están más organizadas, hay mucha red de ONG’s y de organizaciones que estamos trabajando cada vez más colectivamente. Entonces también me pongo un poco contento y me voy convencido de que estamos haciendo un trabajo que vale profundamente la pena”.</p><p>Trabaja en uno de los lugares con las Necesidades básicas insatisfechas (NBI) más bajas del país. Combate, como propósito insignia, la desnutrición infantil (“de cada cien niños que vemos, treinta tienen malnutrición y desnutrición”, grafica) y propone tres variables para corregir la pobreza estructural: invertir en capacitación laboral, alcanzar la potabilización del agua y firmar un compromiso real y multidisciplinario para cambiar las oportunidades. “Acompañar a la gente en la incorporación de herramientas que le permitan desarrollar capacidades para producir algo que les dé plata. Para eso necesitan acompañamiento técnico sostenido en el tiempo, no una capacitación aislada, y después un proceso de integración para vender lo que se produce fuera del territorio para que realmente pueda impactar en su economía. Por otro lado, el tema del agua potable: si no resolvemos las falencias estructurales de agua, la gente va a seguir constantemente enferma, los niños constantemente desnutridos. Y por último, para que ese proceso de integración social se siga dando, se necesita atención profesional y permanencia en el territorio. No es ir a llevar donaciones, no es ir una vez aislada a llevar un tallercito. Es constancia y camino colectivo, pero invirtiendo recursos en procesos, en equipamientos, en construcciones. Necesitamos crear espacios de centros de oficios, carpintería para las artesanas, centros de artesanas con conectividad para que puedan comercializar a través de las redes, necesitamos infraestructura, porque no se puede trabajar sobre la tierra o debajo de un techo de paja”.</p><p>FUENTE: infobae.com</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/5Nzj4lM2DLGIZcqzsDO9E59wTXU=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2024/08/cuando_diego_tenia_24_anos_inicio_un_viaje_introspectivo_queria_escapar_de_la_mesa_comoda_de_la_queja_constante_y_se_descalzo_para_entrar_con_cuidado_y_respeto_a_las_poblaciones_mas_vulnerables_del_pais.JPG" class="type:primaryImage" /></figure>Diego Bustamante tiene 41 años y vive en Gualeguay, Entre Ríos, junto a William, Patricio, Mario, Maxi, Juana, Juancito y Ariel, siete hermanos nacidos en Santiago del Estero de quienes asumió la tutela legal en 2018. Su camino para conformar una familia mientras en simultáneo fundaba Pata Pila, una organización sin fines de lucro que acompaña a 74 comunidades en cuatro provincias argentinas]]>
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            Estreno de Retratos íntimos
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El primer invitado será Diego Bustamante, fundador, Presidente y Director de la ONG Pata Pila.&nbsp;</p><p>Diego no sólo nos contó sobre su asociación civil sino que, además, charlamos acerca de su misión en este mundo como también a propósito de sus reflexiones, experiencias y miradas al respecto de esta enorme aventura y compromiso solidario que viene emprendiendo desde hace unos años junto a los 75 profesionales que conforman Pata Pila. Asimismo y muy importante, charlamos sobre la linda historia que lo vincula a los hermanos Gerez y cómo llegaron a nuestra ciudad a convertirse en vecinos de todos nosotros.</p><p>A continuación algunos de sus conceptos más importantes:</p><p>-Yo entiendo que la vida tiene un poco más de sentido si la vivimos en clave de compartir y entregar. Así que invitarte o invitarlos a que nos animemos a pensarnos en el vínculo con el Otro y que todos tenemos algo para aportar y también para recibir.&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>-Mi misión en este mundo me fue partiendo y me va a partir todos los días. Porque uno en la vida va dando pasos y va creciendo y cambiando de paradigmas. Yo tengo mucho para seguir aprendiendo, para seguir deconstruyendome y para continuar rompiendo con ideas. En mi caso particular y en el caso de Pata Pila que arrancó trabajando con comunidades originarias: ¿Quienes de Buenos Aires o de muchas provincias o, de por lo menos, el ambiente desde el cual yo provengo entiende qué es una comunidad originaria?. Hay una deuda pendiente en materia de derechos humanos y de reconocimiento con respecto a estas comunidades que es enorme. Existen derechos que están en la constitución vigente. A su vez, hay un montón de decretos, de leyes y de organismos del Estado involucrados. Pese a todo, aún falta mucho trabajo por hacer para que la sociedad conozca e identifique que en nuestro país hay un montón de comunidades que vienen ancestralmente de comunidades preexistentes a la constitución de Argentina como tal. Además de ésto, las familias pertenecientes a estas comunidades en el Norte experimentan cuestiones muy particulares y muy concretas dado que tienen una cosmovisión diferente del mundo. Son paradigmas y formas de identificar la vida, las relaciones, los vínculos, el trabajo, los tiempos, entre otras cuestiones, muy diferentes a las nuestras. Son muchísimas cosas que te chocan y te rompen, rompen con las lógicas mediante las cuales estamos acostumbrados a vivir.</p><p>&nbsp;</p><p>-A mí me llevó a hacer lo que hago el vínculo con el Otro, entender la importancia de mirarse para adentro y de mirar al otro y no juzgar. También de escuchar empáticamente y de involucrarse. Esto tiene que ver con el Hombre. En algún punto Pata Pila nace de ahí, de la humanidad y de lo que yo identificaba como un valor que quiero proteger.</p><p>-Pata Pila quiere decir “pies descalzos” o “pies desnudos”. Se cree que proviene del Quechua, aunque no está bien identificado. En todo el Norte del país la gente lo utiliza coloquialmente. Por ejemplo, cuando dicen “los changos andan pata pila”. Le pusimos ese nombre a esta asociación civil porque está ligado a identificarse descalzo frente al Otro, como un par también. Descalzos somos todos iguales. En este sentido, es importante involucrarse con el Otro pero no desde un lugar relacionado a “yo soy el que te va a ayudar, yo soy el que te va a salvar o yo soy el que sabe acá”, sino desde un lugar de pares, yo tengo algo para entregarte que te va a ayudar a transformar la pobreza en la cual vivís y vos vas a tener algo para entregarme que va a ayudarme a cambiar la pobreza que yo tengo. Ésto tiene que ver con la paridad con ese Otro. Todos somos seres humanos que tenemos riquezas y pobrezas y que vamos compartiendo y ahí, me parece a mi, se va transformando de a poco la realidad.</p><p>&nbsp;</p><p>- Pata pila es una asociación civil que armamos en el 2015, después de mi paso por Santiago del Estero. La idea era acompañar a las comunidades originarias. Yo me fui a vivir a una comunidad Guaraní en Tartagal, Salta. Allí empezamos a encontrarnos con las escuelas, el hospital, los caciques de las comunidades. Ahí identificamos en el lugar la problemática de la desnutrición infantil. Yo ya venía de Santiago del Estero de trabajar en centros de prevención de la desnutrición. Asi armamos inmediatamente una asociación que pueda juntar recursos para contratar equipos y pueda generar espacios donde podamos acompañar a los niños que tuvieran desnutrición, fortalecer a las familias que tuviesen chicos con desnutrición con equipos interdisciplinarios y con una metodología asertiva y directiva de estar viviendo todas las semanas con las personas. Justamente, Pata Pila se caracteriza porque nosotros vivimos en las comunidades. Actualmente somos 75 profesionales que trabajan en la asociación y que ponen su profesión al servicio de la realidad, de los cuales 50 viven en el Norte, en las comunidades. Además del tema de la desnutrición atendemos las cuestiones de desarrollo de la primera infancia cerebral, psicomotor, la parte de la legalización de la familia, si tienen DNI, el hospital, entre otros asuntos. Empezamos haciendo foco en lo nutricional, aún hoy continúa siendo la acción principal, hoy en Pata Pila estamos atendiendo a más de 1200 niños que acarrean malnutrición. De todos modos, al convivir en las comunidades nos empezamos a preguntar qué pasaba con el agua potable, con la conectividad, con la vivienda, con la incidencia pública para que la cosa cambie de fondo, qué pasaba con la economía familiar y con todas las potencialidad del lugar dado que nosotros trabajamos en el Chaco Salteño, el cual es una zona sumamente rica en recursos y culturalmente hablando. Yo estoy enamorado de las comunidades. Así Pata Pila fue creciendo para abordar estas otras temáticas que te mencioné.&nbsp; &nbsp;</p><p>-A los hermanos Gerez los conocí en el 2014 cuando fui a Monte Quemado en Santiago del Estero. Allí conocí a toda su familia dado que asistían al centro de la otra organización en la cual yo trabajaba en aquel entonces. Luego, la Justicia tomó la decisión de que los chicos se institucionalicen y pasen a vivir a un hogar dado que sus padres estaban un poco desbordados, lo cual es una realidad que viven muchas familias del Norte de nuestro país. No poder darle a tus hijos los que les tenés que brindar porque el contexto no te brinda las oportunidades para hacerlo. Así fue que mi vínculo se enraizó mucho más con ellos dado que me tocó acompañarlos en ese momento tan difícil. Al principio fue acompañarlos en el hogar en Añatuya al que tuvieron que concurrir durante un tiempo pero después, cuando me fui a Salta a construir Pata Pila y ellos tuvieron que quedarse en Santiago, los comencé a ver menos, una vez por año. En ese momento, cada vez que me encontraba con ellos me llenaba de preguntas: ¿Qué va a pasar con ellos? ¿Quién va a estar para protegerlos, acompañarlos y ofrecerles un futuro?. El hogar en el que se encontraban era muy bueno, pero ¿cuánto tiempo iban a poder estar allí?. Yo sentía que podía ofrecerles algo. Entonces les propuse ser su tutor legal y que vivan conmigo. Obviamente les di tiempo para que lo charlen con las personas que más querían. Finalmente decidieron que sí. Yo, por otra parte, me di cuenta que no quería empezar este camino en Salta y que se mudaran definitivamente conmigo en esta provincia dado que yo soy de Buenos Aires y quería integrar a estos hermanos a mi familia extendida: mis hermanos y demás. Ahí nació la idea de venirnos a Gualeguay. Además de la cercanía con Buenos Aires, yo sabía que en Gualeguay me iba a encontrar con una sociedad con mucha empatía y cordialidad. Lo cual al día de hoy lo considero una correcta decisión dado que tanto a los chicos como a mí nos resultó muy fácil integrarnos a esta ciudad. Hoy los chicos viven acá y estamos muy contentos.</p><p>-Para sostener la vida de los hermanos acá en Gualeguay necesitamos el acompañamiento de mucha gente que nos pueda dar una mano, por ejemplo profesionales de la educación para brindarles apoyo escolar (ellos están yendo a la Escuela Normal). Después, para las personas que les interese lo que hacemos en Pata Pila, tanto en Mendoza, Buenos Aires o Salta, pueden ingresar a nuestra página web que es www.patapila.org e investigar un poco, ver donde empatizan y qué pueden hacer. En concreto, Pata Pila se sostiene en el aporte económico de un montón de gente que realiza donaciones. Lo poco que puedan colaborar y fundamentalmente que puedan sostener en el tiempo sirve para contratar al equipo que vive y ayuda en el medio del monte en la frontera. También hay otras opciones como los viajes de voluntarios.</p><p>Mirá la entrevista completa en nuestro Canal de Youtube</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/hmECgXVbh6D2ZwveuuOc7sppOVo=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2022/07/retratosintimos.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Se estrenó la primera entrevista de este ciclo al cual hemos denominado Retratos Íntimos, con el objetivo de conocer y profundizar en aquellas historias de vida que conforman una parte de la trama de nuestra ciudad.]]>
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                <updated>2026-02-19T13:40:08+00:00</updated>
                <published>2022-07-31T14:15:00+00:00</published>
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            Diego Bustamante fue premiado en EY Argentina
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                <![CDATA[El Debate Pregón]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/YfyWS0Is9FO9J_WvQRolw5p1q0k=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2022/04/diego_bustamante.png" class="type:primaryImage" /></figure><p>En este marco, el gualeyo por adopción, Diego Bustamente fue premiado en la Categoría Social por su labor como Director General en Pata Pila, organización sin fines de lucro que, desde 2015, trabaja para la resolución de los problemas que afectan la vida de las familias que se encuentran en situación de pobreza extrema y estructural en la Argentina.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;</p><p>Pata Pila forma equipos multidisciplinarios de profesionales que viven y trabajan diariamente en las comunidades originarias de la provincia de Salta y en barrios periféricos y asentamientos en las provincias de Mendoza, Entre Ríos y Buenos Aires.</p><p>Diego Bustamante creó la Asociación Civil Pata Pila y en ese caminó formó su familia, adoptando a 7 hermanos Santiagueños, con quienes convive desde el 2018 en nuestra ciudad.&nbsp;</p><p>En este marco, Diego resultó galardonado y expresó “Gracias por el reconocimiento, a todos estos años de empuje, que hace que hoy Pata Pila tenga el nivel de impacto y legitimidad que tiene. Como siempre digo, nada se construye solo, asique este premio es extensivo a todo el gran equipo de Pata Pila y a todos los que pasaron estos años y dejaron su huella”</p><p>Y continuó “Un lujo compartir las categorías del premio con Guibert Englebienne, Verónica Marcelo Jerez, Gaston Taratuta, entre otros emprendedores de mucho impacto”</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/YfyWS0Is9FO9J_WvQRolw5p1q0k=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2022/04/diego_bustamante.png" class="type:primaryImage" /></figure>Los EY Argentina o Entreprenuer of the year, es un premio otorgado al emprendedor, dueño o principal accionista destacado por su espíritu emprendedor, su desempeño financiero, su dirección estratégica e impacto global, así como por su visión, innovación e integridad personal.]]>
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                <updated>2022-04-26T23:00:02+00:00</updated>
                <published>2022-04-26T23:00:00+00:00</published>
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