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    <title>El Debate Pregón</title>
    <subtitle>Últimas noticias de Argentina</subtitle>
    <updated>2026-10-18T18:59:03+00:00</updated>
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            El puchero
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                <![CDATA[El Debate Pregón]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/hpAeBQlHHznFyf32JsurdAc_fVk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/10/gari_baldi.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Trajo la “mamajuana” de tinto abocado, la calzó en su codo y sirvió dos griales comenzando el discurso:</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; “Tengo en la ‘azotea’ un tipo como tantos otros, arrastrando el carro del fracaso de no haber podido establecer vínculos profundos con las mujeres. Aunque su empeño o condición viril del sueño de un guerrero, tratando de vencer la vulnerabilidad que lo caracterizaba, me deja la sensación que dentro de su familia con el libro escrito por su padre ”El caudillo”, encaró sus propias batallas como su abuelo en campos entrerrianos -gérmen de su amistad con otro provinciano- pero siempre terminó en retirada.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Dicen que fueron varias las depositarias de su querer. Algunas perduraron más que otras pero siempre, por alguna u otra causa, él mismo se encargaba de naufragar la nave para regresar al regazo de las polleras de su madre. Aún, cuando toda la parafernalia de su virtual biblioteca de Alejandría supusiera un profundo conocimiento del amor ancestral por todos los siglos leídos, había algo terrenal en su ser que no lograba encajar en las bellas, románticas y sabias páginas de libros y cartapacios: ‘Las mil y una noches’, el hexámetro dactílico grecolatino de Virgilio devenido de Homero, Chesterton, Joyce, el latín, el inglés, lenguas orientales, el propio castellano antiguo del Mío Cid, El Hidalgo Don Quijote de Cervantes, La Divina Comedia de Dante, la impronta lunfarda de sus espartacos cuchilleros del Río de la Plata, su poesía, cuentos, ensayos y su ironía.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; ¿Qué Karma se desencadena en un músico que contrae la sordera, en un lector y escritor que va convirtiendo sus tinieblas en una ceguera, en aquellos desvalidos que con un lápiz o un pincel en la boca siguen resistiendo al fatalismo timoneando el arca de su propio destino?”</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El personaje central referido del monólogo -siguió el del convite- se vistió con saco, corbata y emprendió su rutina a la Biblioteca Nacional. “- ¿Qué le preparo para almorzar?”, preguntó aquella esposa del momento. “- Puchero.”, le respondió y se fue.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Le había explicado que la etimología de la palabra “puchero” tenía raíces latinas, germen de las lenguas romances. “Puctulus” era una ollita que portaban las huestes romanas para cocinar la comida en la expansión y conquistas del imperio donde preparaban sus cocidos cotidianos. Así como el latín vulgar generó aquellas lenguas romances por los territorios que&nbsp; invadió Roma, tanto las comidas como las palabras sembraron la cultura greco-latina de occidente. Y a él le encantaba tanto ese plato criollo como el origen de su denominación, como todos los papeles impresos que se devoraba de los anaqueles.</p><p>La mujer compró las vituallas, preparó el agasajo en la olla para su marido y cuando estuvo listo el cocido se quedó esperándolo. Pero no volvió nunca y ella se sorprendió cuando, en horas posteriores, aparecieron unas personas extrañas a llevarse las pertenencias de su marido, por orden de él: ropas, libros y otros enseres.</p><p>El curioso lector devenido en ensayista siguió con su teoría, encontrando la atención incólume de su amigo para ordenar sus conclusiones. Los desvelos y desvaríos de sus argumentos no hallaban la supuesta verdad del gran escritor y poeta, hasta que halló –releyéndolo- el poema que lo aproximó a su conclusión verdadera: “El amenazado” que le leyó al “oreja”:</p><p>"Es el amor. Tendré que ocultarme o huir. Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz. La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única. ¿De qué me servirán mis talismanes, el ejercicio de las letras, la vaga erudición, el aprendizaje de las palabras que usó el áspero Norte para cantar sus mares y sus espadas, la serena amistad, las galerías de la biblioteca, las cosas comunes, los hábitos, el joven amor de mi madre, la sombra militar de mis muertos, la noche intemporal, el sabor del sueño? Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo. Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran por las ventanas, pero la sombra no ha traído la paz. Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la esperanza y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo. Es el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles. Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar. Ya los ejércitos me cercan, las hordas. (Esta habitación es irreal; ella no la ha visto.) El nombre de una mujer me delata. Me duele una mujer en todo el cuerpo."</p><p>Concluida la faena, quedó meditando sobre su exposición. Conmovido, se sirvió otro vaso de vino y le preguntó a su interlocutor qué opinaba al respecto. El silencioso amigo, quien supuestamente siguió el relato, sentenció lo más banal y pragmático de la exposición. Respondió, fiel y le dijo: “-Lo del puchero me dio hambre”, capitulando los descules intelectuales del “cumpa” pensador.</p><p>Tratándose del protagonista del relato y su ironía particular, queda siempre la incógnita si su obra nos interpela fehacientemente o se trata de sus humoradas donde él se escuda, vulnerable, en su poesía y narrativa.</p><p>Los fantasmas y los infiernos habitan en todos nosotros como los ángeles, arcángeles, querubines y serafines del ejército celestial en cada recoveco del ser. La batalla continúa, atemporal e irremediablemente, en cualquier criatura humana.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/hpAeBQlHHznFyf32JsurdAc_fVk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/10/gari_baldi.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Se encontró con su amigo y le dijo: “-Le quiero convidar con el puchero.”
	Sorprendido le contestó: “- ¡Peeerooo, no se hubiera demorado…! ¿Llevo plato, cubiertos, alguna otra cosa? ¿Unos vinolis?”
	“- No se me apure, cumpa –contestó-. Quiero contarle y reflexionar sobre un hombre, una persona vulnerable y acosada por su propio destino. ¿Me sigue?”
	“Y bué…déale nomá…”.]]>
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                                <updated>2026-10-18T18:59:03+00:00</updated>
                <published>2026-10-18T18:58:34+00:00</published>
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            El Jefe
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                <![CDATA[El Debate Pregón]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/cuAA1bxzTRDtaQyZsSFVMnGGVCA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/10/gari_baldi_el_jefe.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>A decir verdad, manejaba esa herramienta pues Natura no le había otorgado el don de la belleza física con proporciones estéticas ideales y perfectas, como una escultura griega masculina esculpida en mármol de Carrara.</p><p>Su “perfomance” fue aceptable desde los inicios de cantor y guitarrero, bufón de encuentros, “entertaimet” pero no exitoso con las minitas. Sus propias estrategias y armas nunca pasaron de intentos fallidos y las batallas lo pusieron siempre en retirada.</p><p>Nadie de sus cumpas y amigos supo de su giro vertiginoso. Se fue a estudiar para ser “cana”, pero nunca abandonó sus albores musicales que compartió con sus compañeros estudiantes en la escuela policíaca.</p><p>Hizo carrera, trepó el escalafón hasta llegar a comisario, jefe de reparticiones departamentales desde donde usufructuaba su grado para cantar sus canciones entre la tropa y dentro del poder de las fuerzas vivas del pueblo. No era “moco ‘e pavo” tener un comisario cantautor.</p><p>Su poder castrense lo utilizaba cuando algún artista nacional o internacional que llegaba a los pueblos donde ejercía el comisariato, los recibía en el Casino de Oficiales de la Jefatura o en predios cerca del río del Círculo Policial.</p><p>En fechas patrias junto al intendente municipal, el cura párroco y representantes de las instituciones intermedias, el Jefe –de civil o con atuendos propios de su investidura- amenizaba los ágapes con sus canciones.</p><p>Fue en un aniversario del club donde concurría la clase media alta, terratenientes y “gente bien”. Participó el Intendente municipal del gobierno de-facto, un Jefe de área de un Regimiento distante junto al Comisario y otros milicos. Invitaron a participar a un cantor y guitarrista local quien se despachó con “El orejano”, lo que puso una incomodidad a la cúpula del poder golpista. La “yuta” se retiró y regresaron con ropa de fajina para apresar al impertinente artista, peronista, zurdo o subversivo por la provocación.</p><p>Aquel abogado criado en el barrio cerca del río estaba presente y pudo enfriar la situación. El compañero quedó libre.</p><p>En tiempos siguientes y oscuros del país, el tipo se encontró involucrado en hechos propios de la época. Un “perejil” para los acontecimientos de persecución y desaparición de personas en el régimen de la dictadura. Comentan que a sus pares artistas los alertó de una redada militar en el pueblo por tener información calificada. El asunto fue que quedó inmerso en ese “intríngulis” como culpable, lo imputaron, pero la Justicia lo declaró inocente “sin culpa ni cargo” como sucede con la mujer vendada sopesando los platillos en estos casos.</p><p>Un fiscal representante del pueblo propuso reabrir la causa, aportando otros argumentos. Pero la principal acusación del funcionario –ya que consideraba endebles aquellas pruebas-, presentó una nueva acusación por “Delitos de lesa musicalidad” por la obra del comisario, argumentando que “su ‘pedorro cancionero’ favorece la mediocridad, banalidad y vulgaridad en perjuicio de la bien denominada cultura popular, no esa obra vulgar, pasatista y complaciente que no debe confundirse con la auténtica y genuina tradición de los pueblos latinoamericanos que siguen luchando por La Patria Grande y no depender de la ‘industria cultural’ del mercado neoliberal que todo lo convierte en ingresos para empresas, mientras los obreros de la música: compositores, autores, intérpretes cobran migajas de las millonarias regalías que embolsan las compañías discográficos y otros mediocres trepadores del sistema que se suben al Caballo del consumo masivo para vencer a una Troya que representa el sentir de identidad regional y cultural.</p><p>Antes, los comerciantes debían pagar para obtener el reconocimiento de su negocio con la Cinta Azul de la Popularidad. En este caso, sin ninguna erogación, son pasibles de la Cinta Azul de la Vulgaridad.”</p><p>Demás está decir que los argumentos fueron desestimados y se volvió a archivar la causa.</p><p>Como paradoja, las canciones del Jefe gozan de buena salud en la población que las escucha, las canta, las reivindica, como sucede con las otras de otro corte, “más masivas y comerciales en formatos diferentes con textos, música y ritmos carentes de contenidos estéticos” según la fiscalía.</p><p>Al fin y al cabo, estas reflexiones del funcionario no aportaron nada y se diluyen en el mar de los tiempos presentes. La música y la poesía desde el cronos inmemorial sigue vibrando como cuando fuimos conscientes que nuestra existencia está más allá de la terrenalidad.</p><p>“Si en la música que escuchas ya no hay vida, / si la letra ya no tiene inspiración. / Si aunque aumentes el volumen ya no hay fuerza, / son los tiempos que están huecos de emoción.” Ton – Ton – Tonnnnn…</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/cuAA1bxzTRDtaQyZsSFVMnGGVCA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/10/gari_baldi_el_jefe.webp" class="type:primaryImage" /></figure>De chico aprendió a tocar la guitarra y cantar canciones. Además que le gustaba encontró admiración y respeto entre compañeros que lo convocaban para animar fiestas y cumpleaños, reuniones de amigos en patios, la costa del río y sobre todo ante la presencia de niñas y mujercitas de la escuela donde desplegaba su talento tratando de seducirlas.]]>
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                                <updated>2026-10-12T14:47:37+00:00</updated>
                <published>2026-10-12T14:47:16+00:00</published>
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            Mateo
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                <![CDATA[El Debate Pregón]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/gEnxs8gQKB0DJbk0zdGNNo56zZw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/10/mateo.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Esperando, pacientes, los carruajes descansaban en la acera del predio después de transportar pasajeros para abordar el tren y esperando otros que llegaban para distribuirlos en casas, hoteles u hospedajes como los servicios actuales “Puerta a puerta”.</p><p>Con el tiempo, los vehículos tracción a sangre compartieron con el colectivo que llevaba los pasajeros a la Estación Carbó, o el “auto de alquiler” privado que los trasladaba hasta el andén para subirse al “Gran Capitán” que venía de Misiones, hasta llegar al destino de la Estación Chacarita en la Capital Federal o se abordaba para viajar al noreste.</p><p>El viaje se presentaba largo en el ferry-boat con la muchedumbre en los vagones, llenos de olores de vituallas diversas para aguantar el viaje de casi dos días y otras fragancias olvidables. La travesía desde Carbó hasta las maniobras en Ibicuy para subir el convoy al barco “Avellaneda” y luego los vericuetos por el Paraná, tardaban aproximadamente diez horas hasta llegar a la metrópolis capitalina.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; La vieja terminal de ómnibus con su bar también reunía carruajes y vehículos modernos a explosión que pasaban horas estacionados esperando la llegada de los micros. Las “diligencias” conservaban su clientela de personas humildes de las chacras y del campo que preferían al cochero y su matungo y no la parafernalia mecánica a la que no le tenían confianza.</p><p>Quien ocupa su memoria es “el Sapo”, conductor de aquella maravilla tirada por su “noble bruto”, integrante de una familia humilde por la calle Ancha al sur, a unas cuadras del parque. La gente los conocía por su baja estatura, férreos laburantes y el batracio cuidaba tanto su “cumpa” equino como a su móvil que le daban de comer.</p><p>Los reconocían vulgarmente como “los sapos”, como lo apodaron a su padre sin saber por qué.</p><p>El tipo se las rebuscaba y su predisposición estaba siempre para cumplir con el servicio. Finalizadas las noches del corso en San Antonio -después de cenar- un amigo, sus primos porteños y él hacían “dedo” en la esquina del Banco Mesopotámico para que los arrimaran a los bailes del Club Central: “La naranja mecánica”.</p><p>Frustrados al no conseguir algún gaucho solidario, esperaban que “el Sapo” regresara de la terminal para su casa y le pedían que los llevara, así se hacía de otros mangos para culminar la jornada. Sucedieron varios años de carnavales con esa rutina.</p><p>No recuerda si los cumpas “cabeceaban” y bailaban con algunas de las concurrentes. Su pasión pasaba por ir al borde del escenario para ver y escuchar las orquestas en vivo (sin disck-jockey) y aprender. Con el tiempo, una canción folklórica se le hizo carne: “El que toca, nunca baila…”</p><p>Con el sol amanecido, culminada “La naranja…”, caminaban hasta llegar a sus casas para el descanso reparador.</p><p>Deben haber existido otros colegas del cochero que competían por las mismas tareas. Solo recuerda una semblanza, contada por un viejo amigo, de otro servidor que aparcaba en la plaza “Nueva” –San Martín- cuando el sector era “una boca ‘e lobo”, sin alumbrado público. Algunas parejas recurrían a que los llevara a sitios oscuros, calles de tierra donde lindaban baldíos, lugares arrabaleros para convertir el carruaje en un nidito de amor por un rato, como si fuera un “albergue transitorio” móvil.</p><p>Vuestra merced, el servidor, pelaba el rebenque y se ocupaba, vigilante,&nbsp; que nadie viniera a molestar la noche romántica de los ocasionales amantes pasajeros.</p><p>En otra oportunidad, una pareja le pide que los lleve a la pista del Sportivo, la “Teneme el nene” en el Parque donde había bailanta, en el gran quincho que luego fue “La tarucha loca”. El cochero emprendió el viaje rumbo a la calle Ancha y los amantes ardientes dieron rienda suelta a sus pasiones. Pero hubo un error, una confusión, una equivocación y la dama exclamó:</p><p>“-¡Por ahí nooo, por ahí nooo!!”.</p><p>Y dicen que el viejo mayoral respondió ofuscado a sus pasajeros: “-¡Nacido y criado en Gualeguay no voy a saber cómo se llega al Sportivoo!!!</p><p>Los “cumples de quince” de las compañeras de la secundaria los convocaban. Las fiestas se celebraban en los salones del Social o del Jockey y aparecía “el Sapo” con su carruaje trayendo algunas doncellas con sus vestidos largos, todas maquilladas, impecables como diosas del Olimpo,&nbsp; bien “glamour” a participar de la fiesta entre risas y carcajadas. El cochero, vestido con saco y corbata para la ocasión, abandonaba el pescante y ayudaba a las ninfas a bajar del carruaje. Un caballero.</p><p>La producción de un audiovisual rememorando aquellos carruajes se estrenó también durante aquellos años en blanco y negro por un teatrero copoblano. Lamentablemente la obra se ha perdido en archivos familiares.</p><p>Otra historia alucinante fue cuando un grupo de teatro local denominado “Gente de la legua” –en homenaje a los trashumantes “Cómicos de la legua” del Renacimiento y Siglo de Oro Español-, puso en escena la obra “Mateo”. Fueron a participar de una Muestra de Teatro Provincial en Concepción y llevaron el último carruaje de “el Sapo” en un camión de la Municipalidad. Su dueño fue como custodio y no quiso ir a dormir en el alojamiento destinado, quedándose en el teatro para cuidar su fiel compañero.</p><p>“¿Por qué a los viejos carruajes se los denominó ‘Mateo’?”- se preguntó-.</p><p>Dicen que antiguamente se los denominaba “placeros” por sus parajes en paseos públicos. Pero es el nombre del caballo de tiro de la obra teatral “Mateo” de Armando Discépolo, estrenada en 1923, de donde se tomó el nombre que identificó al viejo vehículo con tracción a sangre.</p><p>No hay final abierto, solo lo implacable. Las antiguas maderas de la estructura y las ruedas del carruaje duermen su sueño en algún galpón, mientras los huesos de “el Sapo” cochero y su partenaire equino –como sus colegas- descansan bajo tierra.</p><p>Ya no se escucha el paso de los cascos con sus herraduras en el cemento de las arterias. Los carros, los sulkys y los Mateos, tras la prohibición de vehículos con tracción a sangre en el centro del pueblo, se silenciaron en nombre del “progreso”.</p><p>Ese ayer vertiginoso, tan presente en la memoria y en los forillos de nuestra historia, renacen en el sueño de la vida atravesada, compartida, añorada de los que no se han ido todavía. Las nuevas formas de los servicios mutaron en un cambio, aggiornándose a la supervivencia para “parar la “olla” como hizo “el Sapo”, sus colegas y otros laburantes en un pasado reciente y en el propio presente.&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/gEnxs8gQKB0DJbk0zdGNNo56zZw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/10/mateo.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Cuando soplaba el pampero, escuchaba el silbato de la locomotora que llegaba o partía de la estación del ferrocarril “General Urquiza”. Ese sonido y otros formaron parte de aquel ambiente que pertenecía a una época remota.]]>
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                <published>2026-10-04T18:00:00+00:00</published>
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            “In vino veritas”
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/jzG8eynIf3I8QP8wtZ8oA2gHd3I=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/09/gari_baldi_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>El gurí, crecido ya, había comenzado a participar de encuentros rituales con gente mayor quienes lo fascinaban escuchando anécdotas y personajes de un pasado que ignoraba, anotando en un cuadernito las historias orales no oficiales grabadas en su memoria y escritas en papel.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; A don Albino Blanco, los parroquianos lo apodaron gestualmente haciendo la mímica con el dedo pulgar hacia la boca como empinando el trago. Era uno de los tantos habitués que llegaban al bar del club de barrio a compartir la copa con los feligreses concurrentes todas las noches. Laburantes de diversos oficios se reunían para hacer la pausa de la jornada laboral, truquear, chinchonear, jugar a las bochas o al villar y comentar sus vivencias de otro día bíblico de trabajo y compartir la copa.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Sentados a la barra de la cantina entablaron la conversa. Hablando de una y otra cosa, el hombre “sesentoso” abrió su arcón tras tomar un trago de vino servido por el cantinero.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; “-Me hace acordar a los vinos Galardón.”, dijo mientras retenía el sabor entre sus papilas gustativas como un “catador”. Ahí nomás el muchacho le preguntó qué recuerdos tenía y se despachó con uno de ellos. Rezó: “-Hasta verte Cristo mío.”, vaciando el vaso y pidiendo otro.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Gonzalo de Berceo pidió en su copla medieval “un vaso de bon vino” por su poesía. Omar Khayyam, poeta, matemático y astrónomo persa, en su obra “Rubaiyat” dedica varios poemas sintetizando: “¡Bebe vino!”.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Empezó mezclando el torbellino de su memoria y le contó que cuando era chico e iba a la escuela, había una distribuidora de la marca Galardón muy cercana. En principio, las bebidas eran jugos de naranja y pomelo, medio concentrado para ingerirlos con agua o soda, aquellos sifones que repartían por los domicilios las firmas Fernández y Yáñez –garrafas de vidrios gruesos para contener el agua gasificada- con sus picos de plomo y después de plástico.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Recordaba la etiqueta de la botella de vidrio de un litro donde la figura de un pomelo o una naranja con rostro humano, apoyadas en una rama, escupían o vomitaban su sumo para convencer y publicitar que el producto era cien por ciento natural. El muchacho frunció el ceño y toda su cara pues le resultó desagradable, a lo que Albino respondió “Era el ‘merchandai’ de la época.”</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Lo vio entusiasmado al viejo partícipe vespertino y lo siguió escuchando.</p><p>Recordó que luego incorporaron el vino con sabor abocado, ligeramente dulzón, también en botellas de vidrio con un litro de contenido: tintos, blancos y rosados con el hermético corcho en los esqueletos de alambre para seis unidades como los jugos. La rutina de los “menchos changarines” y su mano de obra hacía que, bajando las estructuras alámbricas con las botellas, algunas terminaran hecha añicos vertiendo el líquido dionisíaco en la calle y su posterior olor a vinagre rancio desplegado por toda la cuadra.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El galpón donde se reunía la mercadería tenía una gran puerta metálica pintada con otra rima comunicacional: “Jugos y vinos Galardón, sáquele el tapón.” La publicidad en radios de aquella época solicitaba a los locutores que realizaran la onomatopeya del descorche con un dedo en la boca para imitar el sonido del tirabuzón&nbsp; sacando el cilindro de alcornoque.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Se lee por ahí que Urquiza en su residencia del Palacio San José plantó cerca de veinte varietales traídos de Estados Unidos, Francia y una cepa del Rey Luis XVI que había encargado y prosperara en el siglo XX denominada Tannat. Actualmente, dicen, sobreviven tres de aquellas veinte en Palacio y tras la llegada de los inmigrantes franceses, suizos e italianos a las tierras entrerrianas, propiedades del general terrateniente, éste repartió esquejes a los nuevos pobladores que se asentaron en sus dominios para que los plantaran y tuvieran su vergel.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Otro dato interesante es que la producción vitivinícola entrerriana ocupaba el tercero o cuarto lugar en el país. Después del golpe del 30, se prohibió la elaboración de vino en la provincia dejándole a la zona cuyana y otros sectores andinos el monopolio. La policía entrerriana controlaba y desbastaba viñedos, alambiques de la economía lugareña y apresaba a sus dueños por decisión del gobierno de-facto y a la organización productiva del país en plena crisis.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Los parrales de las casas en las galerías daban sombra con la uva “chinche” y la blanca, las que después de la vendimia -con las manos y los pies de la familia- se elaboraba el elixir en la fiesta dionisíaca o bacanal para pasar el invierno.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; ***</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; A la famosa parrilla en la entrada norte del pueblo concurrieron unos amigos a cenar. Por la avenida transitaban todo tipo de vehículos rumbo hacia localidades distantes o la Capital. Camiones y acoplados con hacienda hacia el Mercado de Liniers y cisternas llenas de vino que llevaban la producción vitivinícola cuyana a las bodegas Peñarol en Palermo para fraccionar. Uno de los comensales, en un momento de silencio, suspiró y recordó: “-Si me habré tomado más de uno de esos…”</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El padre de Albino, un catedrático de la “uva”, conoció a un personaje buscavidas quien devolvió la venta del vino “tirado” como se estilaba en épocas remotas con la harina y el azúcar.</p><p>“El Manco” abrió en el pueblo una venta de vino “suelto”, toneles de madera con canilla donde se compraba lo que el consumidor necesitaba: medio litro, uno entero o una damajuana según las necesidades del consumidor que debía llevar el envase.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &nbsp;Habiendo hecho buenos hollejos entre su padre y “el Manco”, éste le confesó que traería una vendimia de los andes embotellada en cilindros vítreos de 700 cc, propia de los vinos de calidad. Aquel primitivo blender era un corte de varietales y estaba dispuesto a enfrentarse al mercado con otra marca. Le decía que el producto que vendería no era como el famoso “vino de la casa”, servido en jarras o pingüinos en comedores de poca monta,&nbsp; aspirando a lanzar una bebida categórica, presente en restaurantes de clases altas.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Había repensado el nombre que figurara en la etiqueta de su proyecto: “Vino Prestancia”, mientras le confesaba la genialidad del slogan que lo había tenido ocupado en semanales vigilias y acompañaría el emprendimiento: “Vístase con elegancia. Beba vinos Prestancia.”</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; La memoria popular rememora unas notas de color rescatadas por algunos escritores del pueblo. Don Albino le contó que otro personaje nacido en el pueblo, fue a estudiar abogacía a la entonces Capital Federal. Cuando regresaba a su solar del Barrio Molino se encontraba con su gran amigo de la infancia y volvían a las rutinas de la niñez: iban al río a pescar, andar en canoa, rememorar los juegos terminando “re-mamados” en boliches del barrio. En medio de la borrachera, el estudiante soltaba la lengua con términos académicos y jurídicos y el amigo le pedía: “-Negro, habláme como antes…”.</p><p>Cuando el sol salía, se los veía abrazados como comadres en desgracia volviendo para&nbsp; dormir “la mona”. Los vecinos madrugadores daban pausa a sus rutinas para ver un “par de pájaros” temulentos y cuchicheaban:&nbsp;</p><p>“-Ahí van el “Chino” mamáo con el ‘dotor’ descompuesto…”.&nbsp;&nbsp;&nbsp;</p><p>El flamante Doctor en Leyes nunca se olvidó de su pueblo. Trabajó en un estudio de Buenos Aires comprando producciones cuyanas que etiquetaba con su nombre para florearse en el Social entre la comunidad del ámbito pudiente y oligárquico, cuando antes nunca pudo ingresar.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Un senador entrerriano en la cámara alta de la Nación, conocido por “el Choclo”, propuso un proyecto de ley para que aquella decisión del golpe del 30 concluyera y se pudiera plantar viñedos en el territorio insular del sur mesopotámico como medio siglo antes. Se creó la ley y así fue que con los años proliferaron emprendimientos y volvieron las vendimias a teñir de tannat y malbec las tierras del trigo, maíz, girasol, lino, el sorgo y la soja.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; La frase “In vino veritas” dicen que pertenece al romano “Plinio el viejo” en el siglo I d. C, aunque subyacen réplicas años atrás en la antigua Grecia. La cita total en latín de la frase “In vino veritas. In aqua sanitas.”, significa: “En el vino la verdad, en el agua la salud”.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Albino era muy gurí cuando su padre lo llevó a la cava donde jugó entre los toneles y no pudo responder cuánto sobrevivió el emprendimiento de “el Manco”. Quedó callado, pidió otro vaso de vino y siguió inmerso en sus recuerdos, mientras el joven amigo lo entendió y también se llamó a silencio, con los vasos girando sobre su eje…rememorando uno de ellos aquel pasado y el otro buscando en su paladar imaginar esas historias.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/jzG8eynIf3I8QP8wtZ8oA2gHd3I=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/09/gari_baldi_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Dentro de los barcos surcando el océano, los sacerdotes católicos trajeron en su morral sarmientos de parra para plantarlas en el Orbe Novo y obtener el santo grial para el sacrificio de la misa, la catequesis y conversión de los salvajes aniquilando su cultura milenaria. Esto fue así y se trata del comportamiento humano universal con sus imperialismos, apetito de poder y conquista de otros territorios fabricando guerras, ocupaciones, muertes y vejaciones a lo largo y ancho del planeta.]]>
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                                <updated>2026-09-27T23:28:46+00:00</updated>
                <published>2026-09-27T23:28:30+00:00</published>
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            El almacén
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                <![CDATA[El Debate Pregón]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/adfEPUoEevbhueE-OpvK6k-V9GE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/09/el_almacen_gari_baldi.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por ejemplo: de lunes a sábado pasaba el carretón del panadero con galletas, teleras, pan flauta, bizcochitos, tortas negras y facturas; lunes, miércoles y viernes el carro del lechero –que debía pasar por el control municipal para confirmar que el producto natural no estaba alterado con agua-; martes y viernes el carro del verdulero con su producción chacarera o algún vendedor ambulante con su canasta de mimbre llena de la cosecha de su huerta.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El gran Felipe siempre recurría a la anécdota del vendedor ambulante que recorría las calles comerciando la producción de su pequeño vergel, canasta en mano. Alrededor del mediodía, ya vendidos casi todos sus productos, pegaba el grito: “-Voy a terminaaar…! Y los chiquilines le respondían: “- ¡ Mamáo en el bolicheee !!, sabiendo que se gastaba en copas la “tranza” del día.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Depende como había sido el pique, se escuchaba “¡Pescado frescooo!!”, viendo los pescadores, uno por cada vereda, con un palo en los hombros a modo de balancín con sartas de bagres amarillos, patíes, mandubíes al igual que los ajeros quienes colgaban&nbsp; las ristras de las cabezas anudadas en las puntas del palote.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; En invierno era habitué el camioncito con el kerosén para estufas, la lámparas con mechas y tubo de vidrio “por si las moscas” fallaba la Usina.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; No faltaba algún golpe en la aldaba de la puerta de un muchacho, ofreciéndose para una changuita de barrer la vereda por unas monedas y algunas galletas aunque fueran de ayer.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Al mediodía todo se calmaba y después del revoloteo de la gurisada que asistía a la escuela, llegaba la siesta para un descanso.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Por la tarde se agitaba el avispero pero no con tanto frenesí hasta que llegaba la noche. El silencio acudía, se apagaban las luces internas de los hogares y la calma de la oscuridad seducía el descanso.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Así transitaban las semanas, los meses y los años.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; “En el silencio nocturno / se oían silbatos de ‘canas’: / vigilantes, santo y seña que no pasaba nada. /</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Algunos pasos perdidos / de taco aguja, gastados / por veredas y empedrados / y un silbido trasnochado. /</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Un trino agudo en rocío / de cadena no engrasada: / el ‘chiqui, chiqui’, pedaleando / volviendo de madrugada. /</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; O algún ‘choborra’ intentando / un ‘Targo’, desafinando / como imitando al ‘Polaco’ / en el Colón, chamuyando. /</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Las noches de verano, cuando el azote del sol había incendiado el zinc y los ladrillos de la pieza de la esquina con una media ochava que no se habían enfriado, dormíamos con las puertas abiertas que daban a la calle con una abertura pequeña para que entrara el fresco nocturno. Más de una de aquellas sombras en las que no se podía dormir ni descansar, se escuchaban transeúntes, alguna bicicleta ruidosa, escándalos gatunos sobre los techos y algún borracho hablando solo o cantando. Uno de esos ignotos noctámbulos, embebido de alcohol, detuvo su marcha para orinar mientras, en media lengua o en “medio diente” susurraba una canción tropical: “Río Mamoré, regálame ‘trillizos’. Río Mamoré…”, mientras escuchaba el chorro de una canilla abierta en la antigua ochava.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; “Algún barullo en un patio / de guitarra milongueada, / con la ginebra y el vino / se armaba una visteada. /</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Noches de asado y de truco / los viernes, más descansados. / El almacén de los Leiva / reunía a los parroquianos. /</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Con ‘¡Quiero! y ‘¡Quiero retruco! / escuchaba la jarana / cuando al naranjo del patio / se iluminaban sus ramas. /</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Se afilaban los cuchillos / en esos tiempos de ‘veda’ / y otros chispeaban sus filos / en el cordón de la acera.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Cuando algunos viernes escuchaba movimientos de despliegue en el patio contiguo del almacén, intuía que esa noche estaban de asado. Cuando el sol caía, se encendía la luz de una portátil y el naranjo añoso revivía. El olor de la leña, el fuego con sus chispas y el humo invadía el patio lindero de mi casa.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Mi padre me llevó varias veces a la ceremonia de la fogata y cuando el ambiente se empezaba a picar, me enviaba a casa. Me quedaba en nuestro patio tratando de escuchar qué conversaban, qué decían pero el griterío y las carcajadas interferían los diálogos.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Esperaba ansioso el regreso de mi viejo con unas ricas costillas o un trozo de vacío, algún “chori”, una morcilla y algún “chinchu” para compartir con la familia a modo de picada antes de la cena. Luego, mi viejo regresaba a la reunión hasta que la luz del foco se apagaba y los parroquianos se retiraban con la panza llena.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Era común cuando se cocinaba un asado o una comida de olla –como un locro-, se compartiera una buena porción con alguna familia vecina.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; “El almacén de los Leiva / a la vuelta de mi casa, / con sueltos y la balanza / y yo esperando la yapa. /</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Harina, azúcar y yerba, / la cuchara de latón / y el papel gris dando vueltas / como un gran caramelón.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Los mediodías, después&nbsp; / de acabada la jornada, / en una pieza seguía / la copa y la truqueada. /</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Ya no hay boliche en el barrio / ni aquella infancia remota. / Solo un recuerdo fugaz: / bici, bolilla y pelota. /</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Los hermanos Leiva, siempre vestidos con bombachas campesinas, “camperas” o “chamarras” con guardas pampas, botas de cuero con medida caña entera, infaltable pañuelo al cuello y boina o sombrero, retrataron en el lienzo blanco el óleo imborrable del recuerdo de mi infancia.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Por ahí ando recordando / vericuetos de la historia. / Y el almacén de los Leiva / es parte de mi memoria.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/adfEPUoEevbhueE-OpvK6k-V9GE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/09/el_almacen_gari_baldi.webp" class="type:primaryImage" /></figure>La mañana se despabilaba con el ajetreo de la vida cotidiana. Algunos vehículos irrumpían con el ruido de sus motores: motocicletas, camiones, camionetas, automóviles pero sobretodo la tracción a sangre con carros, sulkys, jardineras tiradas por caballos y bicicletas.]]>
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                <published>2026-09-20T18:00:00+00:00</published>
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            La tabla
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                <![CDATA[El Debate Pregón]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/dx1FoaYNt4TWFq-4i_xbaIWnsy4=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/09/gari_baldi.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Nació y lo criaron en ese inmobiliario de arquitectura italiana adquirida por los abuelos y la familia, después de andar deambulando por alquileres en lugares del casco urbano. La casa los eligió para cobijarlos y abandonar el nomadismo pueblerino.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; La abuela le preparaba un brebaje con huevo, vino abocado y una pizca de azúcar que mezclaba en una jarra con un batidor manual de alambre.&nbsp;“-Tomate el “Cótel” –seguramente por “cóctel”- que eso es alimento. Todos los días, alrededor de las once de la mañana se repetía el ritual. Era exquisito, la espuma de la clara del huevo era un elixir, pero cuando volvía a la pelota en el patio, el micro estadio se daba vueltas por todos lados.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Hay fotos de la familia en blanco y negro sobre la vereda sin fresnos en la calle, con los abuelos, la tía y la prima, su madre y el gurrumín abrazando una guitarrita de juguete.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Los espacios de las cuadras del barrio alimentaban la sociabilidad. La escuela, los vecinos coetáneos se involucraban con pelota, figuritas, payanca en las siestas y a pesar de vivir en calles céntricas con afirmado, a una cuadra estaban las arterias de tierra con piedras blancas que se convertían en escenarios para jugar a la bolilla en el cuadrito dibujado con una rama: las “de barro”,&nbsp; las “finóreas” de vidrio y las bolitas de acero para tirar desde la línea al cuadro improvisado.</p><p>“Estire y cama”, “Mengua”, “Arrime mal a cual” eran solicitudes del jugador. Si había “Bochinche” reclamaban los otros cuando el tirador no lanzaba con la técnica y acudía a empujar como en una cancha de bochas los pequeños esféricos, propio de quienes carecían de ciertas habilidades.</p><p>Más de una vez volvió frustrado perdiendo bolillas, figuritas y se refugiaba en la cocina donde la abuela ejercía el dominio de la comida diaria.</p><p>“-¿En qué la ayudo?”, ofreciéndose para alguna tarea culinaria.</p><p>“- Rallá el pan duro, hoy preparo milanesas.”</p><p>Buscaba la maquinita manual que ajustaba en el borde de la mesa, trozaba las piezas de las teleras, las ubicaba en un cubículo de metal con un bloque de madera que presionaba y daba vueltas la manija del aparato para moler parte del alimento desechado y lograr el empanado. Si sobraba el pan viejo, ella cortaba la pieza en rodajas, las embebía en huevo y leche y luego las freía; cuando estaban tiernas preparaba un almíbar y las terminaba cubriéndolas con el dulce caramelo.</p><p>La máquina manual era multiuso pues servía para rallar el queso provolone para las pastas, moler granos de café, nueces para acompañar el pesto y variedad de alimentos. Antes se usaba una botella de vidrio como molienda.</p><p>Las otras sinfonías se olían en adagios y andantes de pucheros, guisos, el amasado de la harina para los tallarines y de vez en cuando ravioles los domingos. Los sábados, su padre encendía el fogón y cosechaba brasas para el asadito del mediodía.</p><p>El ritual de la abuela con la artesanía de la masa, producto de sus propias manos, lo llevaba a ver el despliegue del palote con lluvia de harina a fin de lograr una delgada masa para los fideos o los ravioles sobre la tabla de pino que ocupaba el centro de la mesa redonda de la cocina y comedor. Era tan grande el soporte a sus ojos que, en puntas de pie, celebraba la magia de aquellas manos y la exquisitez posterior de las comidas. Cuando sabía que el grosor era el adecuado, la dejaba descansar y luego la arrollaba como un cilindro para después cortarla con cuchillo y surgían los tallarines como cabellos de ángeles que colgaba para que perdieran su humedad, se secaran y estuvieran listas para introducirlas en el agua hirviendo con sal para cocinarlas.</p><p>Con los ravioles pasaba lo mismo, pero antes blanqueaba la acelga, sofrito de cebolla y a veces sesos vacunos, picadillo o restos de pollo. Cubría un plano de masa estirada, incorporaba el relleno y tapaba con otra. Ahí aparecía la ruedita dentada que cortaba vertical y horizontalmente para que surgieran los almohadoncitos cuadrados. En la olla alta y profunda doraba la carne y agregaba los vegetales para el suculento estofado como guarnición, con abundante caldo para cocinar la pasta y comulgara con todos los sabores.</p><p>La plataforma no tenía descanso. La nona trabajaba la masa para el pan casero, las tortas criollas, los buñuelitos bañados con caramelo y salpicados con grageas de colores, los bollitos estirados con el pequeño palito para la tortas fritas, las tapas para la pasqualina, empanadas, pastafrola, pastelitos criollos en flor con corazón de dulce de membrillo.&nbsp; ¡Mmmmmm!</p><p>Cuando no estaba en la cocina, la abuela tejía al crochet con las mujeres de la casa comadreando, mateando, aprovechando el sol de la tarde que se invitaba a la reunión tras los cristales.</p><p>Mucho tiempo después preguntó qué sería de la vida de aquella tabla de pino de la abuela. La prima, habitante y custodia de la casa ancestral se la legó. Cuando la vio le pareció más pequeña de la imagen que tenía de ella. Estaba impecable, el mismo color, el pino inmaculado después de tanto tiempo y la llevó a su morada.</p><p>El soporte, tan caro a la memoria, retribuyó algunas experiencias culinarias del recuerdo. La rebautizó “la Nicolasa” en homenaje a su abuela.</p><p>Cuando usó la tabla reviviéndola, inmensa a los ojos de niño, supo que ya no tenía sentido pararse en puntas de pie.&nbsp; Se dio cuenta que ella fue siempre la misma con su tamaño genérico de un cuadrado, pero él había crecido y la miraba con la perspectiva de los años.</p><p>Esas dimensiones del recuerdo infantil y la mirada del hombre que llegó a ser, tienen la misma raíz. Aquel tablero de pino mutó del gurisito al adulto mayor convergiendo con el devenir del río. La teta de su madre, las manos de la abuela fueron el alimento del sagrado matriarcado.</p><p>La antigua tabla como piedra fundacional, erigió la catedral imaginaria de aquellos irrepetibles sabores de la infancia.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/dx1FoaYNt4TWFq-4i_xbaIWnsy4=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/09/gari_baldi.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Los domingos vivía una fiesta en el recinto de la cocina de la casa antigua. El pequeño patio reverdecido de plantas con techo de parra y jazmín creaba un vergel de colores y aromas. Mientras tanto, los juegos con la pelota surcaban el breve estadio de sus primarias aspiraciones futboleras.]]>
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                                <updated>2026-09-13T18:00:03+00:00</updated>
                <published>2026-09-13T18:00:00+00:00</published>
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        <title>
            Réquiem
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                <![CDATA[El Debate Pregón]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/nccwSXUXIfcRpo1beUi6RNsbYTs=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/09/requiem.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>La cofradía deambulaba entre uno y otro pero sin tener una asamblea masónica en algún templo o domicilio fiable para la congregación, dadas las asperezas que se suscitaban entre la colonia de abejorros que confluían y generaban conflictos en la colmena a fin de alcanzar la abeja reina de la verdad con el vuelo nupcial de los zánganos para alcanzar el conocimiento.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Dijo que hacía unos días había recibido un mensaje de uno de los integrantes, tras el fallecimiento de un músico popular de la otra orilla pero profundamente arraigado en la cultura rioplatense. Se trataba del clasificado como “el doctor Cuatro”, memoria de elefante que recordaba situaciones y anécdotas que al&nbsp; receptor se le habían perdido en neuronas desprovistas de mortajas.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; La misiva decía textualmente:</p><p>“No sé si recordáis cuando fuimos a la última convocatoria musical en 1988.</p><p>Entre tantos referentes de la música popular en estado asambleario permanente, el convite a ese músico conocido solo por una ‘elite’ rockera de fusión había sido bastante disruptiva. Si bien el afro-uruguayo siempre había sido un “jipi” absoluto en el manejo de su carrera, algunos ‘hits’ que habían trascendido al ámbito de escucha masiva no hacían del “Negro” el paradigma de la producción independiente como para cerrar el festival más ambicioso de la producción.</p><p>El festival fue gigantesco, cuatro días que tuvieron que amontonarse en tres por la lluvia del viernes. Como complemento, seminarios, charlas, ponencias de los iconos de la producción independiente, la grilla de artistas, movida gigantesca -todo lo que estaba emergiendo en aquel entonces castigado novel de cultura en democracia-, con anclaje en las siempre manoseadas raíces, para bien y para mal. Todas las tensiones centro-periféricas del pequeño nicho de la creciente música alternativa independiente.</p><p>Desde el “Zurdo” Martínez con su ética de resistencia al límite hasta el matrimonio Vitale, con Lito en pleno ascenso con su muy moderno cuarteto, pasando por el “Gordo” Avalos, los MPA del Chango Farías Gómez (con Peteco, Jacinto, el “Mono” y Verónica), Luis Borda, Raúl Carnota, Liliana Herrero, Jorge Fandermole, Lucho González, etc,&nbsp; armaron la grilla.</p><p>El receptor me amplió la cartelera: Juan Falú, Ramón Ayala, Aníbal Sampayo, Walter Heinze, Jorge Marziali, Antoñito Tarragó Ros, “Cuchi” Leguizamón, M.I.A. (Músicos Independientes Asociados con los Vitale y sus hijos Lito y Liliana), Alberto Muñoz, El Molino, Grupo Maíz, Rudy y Niní Flores, Trío Corradini-Campos y los anfitriones Magma entre tantos otros convocados en la patriada.</p><p>El tipo empezó a enredar el discurso. Respetuosamente lo seguí. Volvió a irse de viaje en un R12 con tres compañeros como había sucedido hacía mucho tiempo. Recordó las peripecias de una aventura para arribar a la capital provincial, los problemas del diafragma del automóvil por la alconafta que se había implementado como combustible, paradas accidentadas en la ruta 11, pedidos de auxilio en casas y boliches para continuar y llegar al destino.</p><p>Bastante perdido en ese delirio, le pregunté: “-¿Qué tiene que ver esto que me cuenta con lo que le envió su camarada?” Y respondió que él y sus cumpas fueron a participar del concierto multitudinario invitados por los organizadores, ante mi expresión asombrada.</p><p>El chofer fue “el doctor Cuatro” con el auto de su mamá junto al bajista, otro guitarrista y él –me dijo-. Pudieron llegar, participaron en el gran escenario. Culminado el concierto se desbandaron, cada uno por su lado y vaya a saber donde pasaron la noche.</p><p>Al otro día, de regreso, nos enteramos entre tres que uno de ellos se fue de joda, recaló en un banco de la plaza principal, se durmió hasta que llegaron las autoridades y lo rajaron. Sin saber adónde ir, volvió al departamento donde supuestamente descansaban sus compañeros pero no lo atendieron y se tiró a dormir en el R12 estacionado que tenía las puertas abiertas. El resultado fue que lo despertó la “cana” y lo llevaron a la comisaría para averiguación de antecedentes si era un marginal “ocupa” de autos.</p><p>De regreso, las dificultades técnicas del 12 se repitieron pero pudieron llegar sanos y salvos después de la recreada odisea.</p><p>Fue la tercera vez que habían sido invitados y los cielos diáfanos después del ’83 se iluminaban con canciones y manifiestos de democracia y libertad, luego de las sombras de la dictadura y los desaparecidos.</p><p>Las dos novedades –leía en la misiva- fueron la murga Falta y Resto (que iniciaría una comunión con el “Pelado”-uno de los convocantes de la movida- que continúa hasta nuestros días como luego con Raúl Barboza) y el polémico cierre a cargo del “Negro” Rada. Entre bambalinas, nuestros comandantes habían barajado hasta la posibilidad de Los Redonditos de Ricota vía los Vitale, estandarte absoluto ya entonces del rock de producción independiente y cuando cayó esa posibilidad cerraron con Rada.</p><p>El “Negro” no tenía ningún drama en venir por el modesto caché socialista implementado por “el Pelado”, por el cual cada acomodador, cada plomo, cada técnico cobraba exactamente lo mismo que cada uno de los músicos participantes sin distinción de cartel, pero manifestó que era imprescindible para él y sus músicos el pasaje aéreo y un alojamiento mínimo tres estrellas para esa noche, que sería la única que contara con su presencia, por lo que no iba a ser posible participar de las jornadas de ponencias y debates, indispensables para la construcción de la confraternidad independiente. Todo ese combo era poco menos que un atentado al espíritu del encuentro y de ahí todo un ‘run-run’ de mala onda: “¿Quién se cree que es este “Negro?”.</p><p>Lo cierto es que más o menos a las 23 de ese domingo de verano, la media luz del escenario en aprontes dejó vislumbrar el armado de un ‘backline’ de emergencia muy poco glamoroso: unas congas desvencijadas de ocasión, una batería multiforme que denotaba el mismo origen, un equipito de bajo, un Fender ‘twin’ de guitarra.</p><p>Se encendieron las luces y aparecieron tres músicos de leyenda: Osvaldo Fattorusso, “Beto” Satragni y Ricardo Lew. Detrás y con un cencerro en la mano, la imponente figura del chamán del Río de La Plata: Rubén Rada.</p><p>Lo que siguió fue algo parecido a un volcán y la multitud de psicobolches perdió la compostura y bailó como en el casamiento de un primo cuando sonaba un disco samba. Las gradas probaron su resistencia al salvajismo, mientras la élite de música popular argentina, absorta, miraba desde el costado con idéntica curiosidad lo que sucedía en el tablado y la locura de la tribuna. Inolvidable.</p><p>Confesó que creyó una fantasía de su amigo, pues había olvidado los sutiles detalles de su crónica compartida. Aun así, los fantasmas se pierden deambulando la memoria y vertiginosamente recordó la primera canción del “yorugua” que escuchó en la década del ’80: “Malísimo”, que lo hechizó.</p><p>La alegría, la belleza, su impronta vital dejó el repertorio de un gran artista quien será difícil olvidar por su obra prolífica, hermosa y claramente ícono de nuestra generación que la trascenderá por habernos representado, de una y otra manera.</p><p>“¿Quién va a cantar, quién va a soñar, quién va a tocar la melodía del amor? ¿Quién va a cantar, quién va a soñar, quién va a pedir para que no calle el cantor?</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/nccwSXUXIfcRpo1beUi6RNsbYTs=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/09/requiem.webp" class="type:primaryImage" /></figure>La vida los había reunido en un séquito “intelectualoso” después de experiencias compartidas transformadas en amistad duradera. Intentó una clasificación arbitraria para identificarlos dentro del anonimato. Así aparecía “el profe Uno”, “el licenciado Dos”, “el falso galeno Tres” mientras se sumaban los catedráticos, filósofos, melómanos, artistas, poetas, escritores y artistas visuales a fin de salvaguardar las verdaderas identidades, todavía bajo el influjo de las persecuciones del poder militar.]]>
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                <published>2026-09-06T18:00:00+00:00</published>
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            La tormenta
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                <![CDATA[El Debate Pregón]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/lzGbqXg18DA6-x9k56FaASYlrok=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/08/la_tormenta_gari_baldi.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>El clima, tan diferente y contradictorio entre “los de arriba” y “los de abajo”, planteaba ceremonias que se vinculaban con aquellos y su poder conquistador. Así, “el veranito” de junio por aquí, anticipando el invierno, quedó establecido como “los veranitos de San Juan” que se sincretizaban con el verano norteño y el ritual de San Juan Bautista con la quema del Judas.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; En el centro del pueblo, la Casa Caliani propiciaba la celebración del acontecimiento quemando un gran muñeco de paja, trapos, “cuetes” en su interior que hacía las delicias de niños y adultos presentes.</p><p>No fue el único. La celebración de la Natividad el 25 de diciembre, con el pesebre y la cuna humilde en un establo con animales para darle calefacción al Niño, está representando un crudo invierno “allá arriba”, según la escritura bíblica.</p><p>La voraz ingesta de Navidad y Año nuevo, con alimentos provistos de calorías para zonas frías impusieron el menú boreal sobre el austral, cuando por estos lares el calor era y es extremadamente alto.</p><p>El miércoles de ceniza con el ayuno después del carnaval, la Semana Santa, el domingo de Pascua y otras imposiciones culturales y religiosas fueron cambiando la cosmogonía nativa cuando los invasores se aventuraron al gran mar y nos colonizaron.</p><p>Pero hay, además, otros acontecimientos climatológicos que sucedían en ese Nuevo Mundo “descubierto”, que año a año se repetían y pertenecía al saber ancestral de la población original del hemisferio sur.</p><p>Según los especialistas y científicos, para esta época&nbsp; llega un aire más cálido, más humedad y por ende, condiciones favorables para el desarrollo de tormentas. De aquí surge la renombrada “Tormenta de San Rosa”, por Santa Rosa de Lima, la primera canonizada y patrona de la capital peruana y de América.</p><p>Numerosos meteoros azotaron el “pozo” de Rocamora durante muchos inviernos. Hubo veces que las tormentas pasaron por arriba y se fueron camino al norte y la ciudad zafó, pero otras se concentró en el hoyo y trajo catástrofes, vientos feroces, inundaciones, voladuras de techos y desastres edilicios del vecindario.</p><p>Así como el Diluvio Universal, presente en cosmogonías de diferentes culturas del mundo, la tormenta seglar en estas latitudes después del solsticio de invierno o Año Nuevo del Sur, haya sido parte de las comunidades originarias de esta gran región sin ningún arca, solo con canoas, pequeñas embarcaciones talladas y ahuecadas con los árboles de su selva a quienes le ofrecían el perdón y rogativas por ofrecer su materia en un ceremonial religioso, ajeno a lo que después les impusieron.</p><p>Remitiéndonos a la denominación, en el supuesto relato original, Isabel Flores de Oliva había impedido –mediante oraciones junto a otros fieles en la Iglesia Nuestra Señora del Rosario de Lima-&nbsp; el desembarco de una expedición pirata holandesa en su ciudad natal. La intensidad y la fe puesta de manifiesto en sus plegarias, convocó una gran tormenta con fuertes vientos y lluvias que provocaron el naufragio de los acosadores, sucumbiendo las naves y su tripulación por la gracia de Dios.</p><p>Dicen que nació un 30 de agosto, por eso –tras su canonización- se estableció el día religioso del meteoro.</p><p>No se trata de cuestionar la fe, si no de investigar y hallar las respuestas científicas y concretas.</p><p>Aunque coincida muy pocas veces con el almanaque, la Tormenta de Santa Rosa llega cuando la Madre Naturaleza lo dispone: unos días antes u otros después.</p><p>Más de algún vecino y copoblano recordará resacas de chapas volando como alas de zinc, tapas de los tanques de agua, escombros de tapiales derrumbados y la mugre dispersa por doquier después de la tormenta.</p><p>Atravesando el primer embarazo con mi compañera, ya en nuestra casa, una noche se desató una fuerte ventisca seguida de granizo y lluvia. Voló una chapa traslúcida del techo en la madrugada: “afuera llovía y adentro…también llovía.” La tormenta pasó y no hubo daños significativos, salvo el agujero por donde el agua y el viento se “coló” sin invitación por la chapa que voló vaya a saber hacia dónde.</p><p>La preparación para el evento aferra la memoria de los abuelos para que estemos alerta. Repasar la estructura de la vivienda, los techos, los enseres y estar atentos con lo que pueda suceder.</p><p>Aun cuando Santa Rosa haya&nbsp; descendido en el “rating” pero no su permanencia ante los fenómenos de “El Niño” y “La Niña”, ellos y otros con sus fuerzas naturales nos interpelan como seres terrenales y vulnerables, igual que en los comienzos de la humanidad hace millones de años.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/lzGbqXg18DA6-x9k56FaASYlrok=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/08/la_tormenta_gari_baldi.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Cuando fuimos gurises, nos criaron con diversos calendarios más europeos y católicos que empíricos y sudamericanos. Tras el famoso “descubrimiento” del Orbe Novo, el poder eurocéntrico y religioso nos legó celebraciones que tenían que ver con el hemisferio norte.]]>
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                <published>2026-08-30T18:00:00+00:00</published>
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            La mansión
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                <![CDATA[El Debate Pregón]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/MPwciCT_Yrq5bIsa2Plp9WU1oUw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/08/gari_baldi.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;El guitarrero tenía alguna experiencia “orejera”. En el género, su bautismo fue con su padrino quien después de dormir la siesta lo convocaba para “pelar” con su mandolín tangos de la “Guardia vieja” como el “Don Juan”. Después, otro cantorazo y amigo lo convocó para acompañarlo, cumpa de orquestas de baile. Con esas cucardas y la oreja se defendía.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;La calle de su casa era de tierra con profundas cunetas y poco alumbrado público. Se hizo noche y apareció un vehículo. Seguramente quien lo había llamado lo conocía pues cuando lo vio detuvo la marcha. Se apearon del auto y el músico con la caja del fuelle trastabilló y cayó a la cuneta que no era tan profunda y estaba seca pues hacía semanas que no llovía. Lo auxiliaron, el chofer tomó el estuche y lo ayudaron a reincorporarse, limpiándose pastos y tierra de su traje negro y enderezó sus anteojos.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Los invitó a pasar y con buena luz en su humilde morada, reconoció al chofer pero no su nombre –en pueblos chicos todos se junan-. El músico tenía en sus lentes unos gruesos cristales como “culo ‘e botella”. &nbsp;Contó que andaban en gira con Susy, cantante y su novia, que viajaban en el tren “Gran Capitán” y bajaban en cualquier estación para ofrecer su “show” y después seguían su bohemia hacia otros andenes hasta llegar a Misiones y conocer las Cataratas del Iguazú.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;También le presentó sus credenciales: empleado de una empresa de energía eléctrica, que su pasión era la música con su “cumpa asmático” y había integrado varias orquestas en las décadas gloriosas del 40 y el 50 cuando era joven, como segunda fila de bandoneones repitiendo las líneas de los arreglos, que se habían enamorado con Susy y decidieron quemar las naves de sus matrimonios y lanzarse a la aventura.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Despertó del sueño a su compañero en el pequeño sarcófago, lo hizo respirar y le preguntó al convidado:&nbsp;“-¿Conoce El entrerriano?”“-Dele que lo sigo.”, le dijo y surgieron otros, algún vals, una milonga. Tras el breve ensayo, lo miró detrás de los gruesos cristales, los acomodó para verlo mejor y le dijo: “-Hay 50 pesos…”. Y al ver esa patriada de amor de dos viejos enredados y en concubinato con el tango y sus deseos de vivir lo último que les quedaba, respondió: “-¡Meta, Maestro!&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; * * * * *Llegó al lugar y vio el pizarrón: “Hoy 22 horas canta SUSY DE BUENOS AIRES.”Lo recibió el chofer y el bandoneonista y le presentaron la cantante: una mujer entrada en años, look de rubia Mireya, mucho revoque en su rostro, labios “carmesí” y vestido glamour.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Comenzaron su show con bonitas páginas archiconocidas, ella desplegando su encanto y emoción para seducir al breve público con sutiles desafinadas y su partenaire respirando el forillo sonoro con su eterno camarada, el órgano de capilla a fin de cumplir la liturgia.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Para cerrar, presentaron al invitado y se desplegaron las orilleras composiciones instrumentales para que se luciera el viejo fuelle. Antes del último “bis” solicitado por el escueto público convocado, el “gatillador culo ‘e botella” agradeció la recepción, lo miró y se detuvo confesándose ante el público pidiendo disculpas: “-Esto no se debe hacer” y mirándolo con respeto le preguntó al guitarrista invitado: “-¿Cuál es su nombre?”. No se habían presentado y supuso que no era necesario, habían hecho lo que debían hacer.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Susy de Buenos Aires y su bandoneonista volvieron al andén y un tren se los llevó, quien sabe a qué incierto destino.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Mucho tiempo después, el chofer asumió como intendente y le ofreció al guitarrero la dirección de la Escuela de Música Municipal. ¿Casualidad o causalidad?&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Los años pasaron vertiginosos como el agua bajo el puente. El viejo músico guitarrista conoció a otros especímenes de la fauna musiquera construyendo manadas y cofradías.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Siempre se preguntó por el final de tantos artistas peregrinos con su personal camino de Santiago de Compostela y la fe de sus propios destinos. ¿Qué habrá sido de su música, sus vidas, los sueños y bohemia, el ser fiel a sus convicciones?&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Lo cierto es que hay personas que patean el tablero del orden social y cultural y construyen lo propio a pesar de ser marginados por el stabilishment.¿Por dónde andará cantando Susy de Buenos Aires, en algún pueblo perdido con su miope compañero bandoneonista enamorado, de quien el guitarrero convidado nunca supo su nombre…?</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/MPwciCT_Yrq5bIsa2Plp9WU1oUw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/08/gari_baldi.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Un sábado a la tarde, día de descanso de sus actividades laborales, sonó el teléfono fijo. Atendió y desde el otro lado se presentó la persona:”- Le hablo desde La Mansión, un pub situado frente a la plaza principal, no sé si lo conoce.” El asunto, le cuenta, que había aparecido una pareja –una cantante y un bandoneonista- y necesitaban un guitarrista que los acompañe esa misma noche, si estaba dispuesto a sumarse. No le escapó al convite. Dijo el emisario que el bandoneonista quería conocerlo antes para evaluarlo, escucharlo y tomar una decisión si cumplía sus expectativas. El quía le indicó la dirección, que los esperaría afuera, afinó la “vieja viola” y los esperó.]]>
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                <published>2026-08-23T18:00:00+00:00</published>
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            País azul
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                <![CDATA[El Debate Pregón]]>
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        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.diariodebatepregon.com/locales/pais-azul">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/pyb5vUxAZdPf7Emdk9VyQ1Q0T18=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/08/pais_azul.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Las rutinas domingueras se mezclaban con la misa de las diez de la mañana, el almuerzo con las pastas de la abuela, la matineé en el Mayo y luego de la siesta de mi padre, ir a un boliche en ruta once al borde del Arroyo Clé.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El cascarudo “Chivo 37” llevaba la familia a disfrutar los días de guardar a un lugar elegido por mi viejo, asiduo habitué de boliches de cualquier estirpe, sitio ideal para distenderse de la semana pasada y encarar la venidera.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Don Vicente Estévez abrió un almacén de ramos generales en ese páramo, una construcción antigua –supuestamente asentada en barro- con estilo italiano de “casa chorizo” que, supongo, había comprado. América Almenares, nacida en Gobernador Mansilla, era su esposa y compañera y entre ambos reflejaban un matrimonio de criollos viejos a mi joven mirada por sus cabelleras blancas, con cordial bonhomía a los visitantes de toda laya, tanto del boliche como en la casa. Gente sencilla y trabajadora con una pequeña hacienda: vacunos, huerta, un chiquerito y algunas ovejas que contribuían a sobrellevar la condición humilde.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El “chivo” aparcaba a las cuatro de la tarde entre los postes de quebracho donde, silenciosos, los matungos esperaban sus jinetes entregados a copas y naipes. Mi viejo acudía a mezclarse con la paisanada, truquear, beber y después de unos “califoratos” o vinos&nbsp; contaba cuentos para seducir la peonada, mientras mi madre visitaba a doña América en el patio rebosante de plantas, flores y helechos con vista al arroyo.</p><p>Mientras tanto y según la época, yo con mis amigos del barrio invitados pescaba en el arroyo Clé mojarritas, boguitas, taruchitas y alguna doradilla. Cuando venían mis primos de Buenos Aires compartíamos la rutina. Otras veces nos perdíamos en la galería de sauces para conocer el monte, jugar con la pelota o irnos bajo los puentes a escuchar pasar los vehículos que estremecían la estructura de cemento, una experiencia temerosa que experimentábamos con adrenalina que se nos cayera la ingeniería encima. Otras veces, si el invierno estaba bravo, llevaba papeles y lápices y dibujaba lo que miraba a través de las ventanillas del “Chivo”, siempre bajo la sobreprotección de mi madre para que no pasara frío y me enfermara.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Mientras mi padre confraternizaba con los peones rurales, mi madre compartía mates con doña América y alguna exquisitez que preparaba para alimentarnos: pan casero con chicharrones, torta criolla con huevo, azúcar y semillas de anís o una torta alta con harina leudante y cubitos de dulce de membrillo en su interior con huevo y azúcar de cobertura, conversando de bueyes perdidos entre comadres.</p><p>La anfitriona, quien no tuvo hijos con Vicente, había adoptado un lorito encontrado en el monte que desde pichón lo crio y bautizó Rodolfo. El ave participaba en la reunión mientras comía las migas desparramadas en el suelo después de la merienda y, parlanchín educado por su dueña, decía: “-Rodolfo: ¿Querés torta?</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; La otra habilidad circense de Rodolfo fue cuando lo vi con mis propios ojos, desplegando su perfomance en el patio con pisos de ladrillos, las sillas de sauce tejidas con paja mansa y doña América presentando la mejor de las aptitudes artísticas de su “niño”. Lo alzó con sus manos, puso a Rodolfo en su hombro y comenzó a silbar el Pericón Nacional, mientras el pajarraco bailaba dando vueltas en círculo moviendo su cabecita siguiendo el ritmo del tres por cuatro.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Inaugurando mi curiosidad investigué la denominación del viejo arroyo,&nbsp; afluente del Gualeguay y no hay registros certeros. Antes de Rocamora el arroyo ya se lo identificaba como Clé, Cleé según los documentos. ¿Una voz indígena, un apellido de algún forastero terrateniente en tiempos lejanos? Siempre escuché que las mejores tierras del mundo estaban en sus márgenes por la profundidad del humus, residuo de sedimentos seglares. Todo bien argento: la avenida más larga, la otra más ancha, la calle angosta y otros imaginarios. Esos arroyos siempre estuvieron presentes en lecturas antropológicas donde el agua proveía comida, la sobrevivencia y encanto de vivir en las riberas como patrimonio de los primitivos y genuinos dueños de la tierra.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Decía mi viejo que un día se le presentó a don Vicente un hombre mayor, diciéndole que era su hijo. No hubo conflicto ni rencilla y sin ADN el bolichero lo reconoció, le dio una parte del predio. Armó un rancho para vivir con su familia, puso una carnicería y convivieron en paz.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Mi padre, encopado, daba rienda suelta a sus intervenciones artísticas recitando. Su más celebrada era “Dicen que me voy a morir…” cuando la tarde caía y era hora de regresar. Ante el mutis de la paisanada y el descanso del mazo, el viejo copaba la atención:</p><p>” -¡Dicen que me voy a morir…!”. Y agudizando el parlamento lo repetía cada vez más angustiado. ” -¡Dicen que me voy a morir…!”. Hasta que en un momento de dramatismo existencial concluía su lírica:</p><p>” -¡Dicen que me voy a morir…! ¡¡Si se cagan, mierdas!!”, haciendo un corte de manga mientras la paisanada aplaudía y reía pidiendo a don Vicente “otra vuelta” de copas para reanudar el truco.</p><p>* * *</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; “País azul” es una canción que escribí hace décadas rememorando esa vivencia temprana de tantos domingos inaugurales.</p><p>Mucho tiempo después supe que doña América, ya viuda, vivía en el pueblo y la visité. Sin su Vicente ni Rodolfo se encantó de recibirme. Siempre generosa, me convidó con lo que su austeridad le permitía. Al momento de irme, me entregó un sobre con dinero a lo que me rehusé, pero dada su insistencia lo tuve que aceptar.</p><p>Entrado en bulines de la bohemia, recibía correspondencia epistolar de amigos, músicos y periodistas del país y el mundo. Un día recibo una carta a mi nombre que no tenía identificación de domicilio y se leía solo el remitente. Los carteros, duchos de quien era el depositario por otras tantas epístolas semanales, sabían que era el destinatario y la dirección. La misiva era de doña América, disculpándose por si me había ofendido, que no hubo intención para que me haya sentido mal por su actitud.</p><p>Después, nunca más la vi.</p><p>” -¡Dicen que me voy a morir…!”, como recitaba en joda mi viejo, pero que al fin de cuentas no deja de ser una perogrullada. Aquellas rutinas domingueras son parte del recuerdo, la propia historia: mi padre, mi madre, Vicente, América, mis amigos de la infancia. Todos siguen estando presentes y aun cuando perezca como cualquier mortal, esa y otras historietas se diluirán en cenizas mientras la palabra escrita resguarde el valor del tiempo vivido, con su paleta colorida en laberintos de la mezquina memoria.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/pyb5vUxAZdPf7Emdk9VyQ1Q0T18=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/08/pais_azul.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Las semanas transcurrían con el tic-tac de un antiguo reloj de péndulo, a cuerda, que marcaba el paso del tiempo en el comedor principal de la casa. La escuela, la pelota, el dibujo conformaban la trilogía principal de la infancia.]]>
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                <published>2026-08-16T18:00:00+00:00</published>
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            La abuela vieja
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                <![CDATA[El Debate Pregón]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/UAK1GsZvi8myy55k87Q09cD4IKg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/08/la_abuela_vieja.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Su bisabuela Anselma, “la abuela vieja” como le decía la familia, pertenecía a este lugar elegido donde tuvo familia, hijos y su bisnieto en su imaginario pensó que fue feliz en su breve pasar por la vida. Estaba convencido que, con sus condiciones, era analfabeta y formaba parte de esa gente laburante, emprendedora, creyente para solucionar los días de comida, trabajo y atención de su prole.</p><p>Los calendarios americanos cambiaron su mentalidad haciendo que el primero de agosto celebrara el día de la Pacha-mama, bebiendo la caña con ruda. Antes, según el tiempo del solsticio de invierno, celebraba el Año Nuevo del Sur en la veintena de junio. Los rituales que la ocupaban en esas ocasiones era la Fiesta de Juan Bautista con la quema de Judas, un muñeco armado con pajas y “cuetes” escondidos en su interior para comenzar el nuevo año como ocurría en el hemisferio norte y deshacerse de cosas inútiles a fin de comenzar un año nuevo, sin carga del pasado.</p><p>La “abuela vieja” transitó una serie de deslumbramientos tecnológicos de la época como la radio, la que no quería escuchar pues la aterraba la presencia de los diablos en una caja de madera que hablaban y ella no los veía.</p><p>Estaba convencida que el dicho popular “Julio los prepara, Agosto se los lleva” era tan certero como romper ese hechizo bebiendo en ayunas un trago de la caña con la&nbsp; rama de ruda macho macerada desde el año pasado. Salía bien temprano con su botella a visitar parientes, amigos y vecinos con una copa breve de aguardiente destinada al ritual, ejerciendo el oficio de una shamana para alejar males y enfermedades de sus seres queridos.</p><p>Su padre Vignoles, según los relatos familiares, era como herradura pegada al vaso. Con oficio humilde recalaba en las fondas del pueblo y regresaba temulento a su casa, danzando en el río de alcohol que inundaba su sangre caminando en zig-zag. La frase latente en la memoria familiar era que decía, noche a noche, a sí mismo: “-¿Quién te reempuja viejo Vignoles que vientos no hay?”.</p><p>Un hermano de la bisabuela Anselma con pretensiones, cruzaba frente de la Comisaría por donde estaba prohibido circular y se le cobraba multa a todo jinete hijo de cualquier vecino. El tipo arremetía al galope y cruzaba por la calle de la antigua comandancia ante el despliegue de los servidores de la ley y les tiraba las monedas para pagar la multa, en una actitud de soberbia, dinero y poder.</p><p>Una tía escribió una semblanza de su abuela donde en un cumpleaños, siendo ya muy anciana, en el despliegue de celebrar su cantidad de años vividos con su familia y músicos invitados para el jolgorio, pidió una acordeona y tocó un par de piezas musicales ante el asombro de su dinastía. Nadie sabía de ese talento oculto que guardaba, celosa, en lo más íntimo.</p><p>Todavía viva, su yerno trajo la noticia de que en otra caja más grande se veían personas en una pantalla como si estuvieran vivas. Así como no iba al cine, frente a las estrategias de Lucifer, tampoco miró la televisión y se santiguaba haciendo la señal de la cruz.</p><p>Después de algunas décadas, un ministro de economía reinventó la máxima con una frase que hasta hoy nos resuena: “Hay que pasar el invierno.”, como una analogía.</p><p>Ella siguió haciendo caña con ruda para convidar a sus afectos.</p><p>El bisnieto hizo lo propio y por varios años salió a compartir el elixir Shamánico de su bisabuela por la Pacha-mama, dándole de beber a la tierra un traguito para que ella nos dé su generosidad y celebrar la tradición con sus afectos: los parientes y amigos.</p><p>En su alacena sigue teniendo caña con ruda. Ya no visita sus amistades pues le cuesta movilizarse y los espera en su humilde morada, a corazón abierto, para el ritual del primero de agosto.</p><p>La “abuela vieja” junto a San Pedro, quién sabe dónde, en estos días celebran lo pagano y religioso, lo terrenal y la mística con el aguardiente hechicero del sincretismo.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/UAK1GsZvi8myy55k87Q09cD4IKg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/08/la_abuela_vieja.webp" class="type:primaryImage" /></figure>No sabía bien si ella había nacido en estos pagos o había venido de las latitudes de la iberia. Lo cierto es que se había emponderado como una criolla, al igual que tantos otros que se arraigaron en el sur entrerriano.]]>
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                <published>2026-08-09T18:00:00+00:00</published>
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            La cantora
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                <![CDATA[El Debate Pregón]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/78Quof_KFMrMQAhiKwQMiNWc1RI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/07/la_cantora_gari_baldi.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>La conoció por la naciente amistad con su hijo, uno de los grandes vínculos de amigos y hermanos que cosechó de su siembra. Después, en pueblo chico donde todo se enreda, fueron compañeros de laburo con ella en la “Muni”. Una mujer inolvidable.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Era creyente, militante de la Acción Católica, de la UCR y hechizaba con los encantos de su bonhomía. En la vieja casona de su marido en una esquina cerca del parque se alzaba una alta palmera como un obelisco, un faro silencioso que conversaba con el viento y hogar de palomas y murciélagos. Allí se abrieron puertas generosas a los primeros intentos del derrotero musical de su pichón –el hijo más chico-, el amigazo quien compartió esta anécdota.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Las mateadas de los ensayos sonoros se extendían en el parque con el flaco saxofonista y clarinetista que estaba preparándose para viajar al Viejo Mundo, culminando en el patio de una anciana que les servía unos blancos abocados bien fríos con unos bocaditos de pan casero, ahí, bien cerca del gran patio del pueblo en el barrio del Molino cuando las tardecitas estivales se apagaban.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Ella, en las juntadas con su amiga “La Negra” y otras de la cofradía de la Acción, se reunían a compartir la vida y la amistad y más de una vez se iban de “picoteada” en jolgorio interminable hasta que irrumpían la velada cantando a cappella tangos y valsecitos. Entre risas, chusmerías, aplausos y brindis celebraban su fiesta pagana.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Varias veces le preguntó a su amigo que le recordara la anécdota del cumpleaños, un episodio extraordinario que, con su frágil memoria, enredaba la situación. El hijo le dio una nueva oportunidad y le relató los hechos como fueron contados por la cantora, aunque se mezcle la historia real con el imaginario.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Fue en el cumpleaños de un conocido y amigo quien quería festejar varias décadas de su existencia. Estaba enfermo y deseaba celebrar su existencia que inexorablemente se apagada. Preparó el encuentro, tiró la casa por la ventana, invitó a sus parientes y al séquito de compañeras para vivir una noche inolvidable. El ágape fue en su casa y todos acudieron. La opípara cena con empanadas, sanguchitos de miga bien regados de bebidas desembocó en una hermosa jarana de los invitados. Un bandoneonista tocaba piezas de la guardia vieja con el “lorerío” y carcajadas de fondo de las damas invitadas. En un momento, el cumpleañero le pidió que cante sabiendo de sus virtudes. Se disculpó amablemente y le respondió:</p><p>“-No traje la guitarra…”</p><p>Ya había comenzado su acting pues ella conocía de vista la guitarra y nunca había tenido una entre sus manos, salvo que atendía la actitud de los guitarreros que desde niña observaba en los boliches de su casa natal por las tierras blancas cuando iba a comprar el pan y algunas vituallas para el almuerzo, donde se reunían para el vermú los viejos musiqueros.</p><p>En principio zafó, pero el insistente convocante en un momento desapareció y luego regresó con la guitarra de un vecino que le había prestado. Sus comadres empezaron en coro:</p><p>“-¡Que caaante, que caaante!!”, aplaudiendo paradas para escuchar el show.</p><p>Lejos de amilanarse, con su actitud incólume y seguramente envalentonada por la sangre de Cristo, alzó una pierna en una silla, abrazó la guitarra y lo encaró al anciano del fuelle:</p><p>“-¡La menor, Maestro!!!”. Y empezó a rascar un vals con su mano derecha: “tún da ta, tún da ta” mientras su siniestra mentía como que acompañaba la armonía con acordes recorriendo el diapasón sin pisar un tono. Y ahí nomás se largó a cantar un viejo valseado de aquellos que escuchaba en la radio a válvulas de su infancia. ¿Habrá sido “Las margaritas”, “Mate amargo” o “Desde el alma”, “Romance de barrio”, “Pedacito de cielo”?</p><p>Cuando el “mandoleón” marcó el final con el chan-chón, la algarabía se desató en la platea del cumpleaños aplaudiendo estruendosamente la perfomance de la cantora, silbidos de aprobación improvisados desde las prótesis, el “chin-chín” entre vasos y copas, besos y felicitaciones a la renacida Libertad o Edith que había resurgido y coronado la fiesta con una digna interpretación criolla que emocionó la breve multitud convocada.</p><p>Después del efímero petit concert y el éxito conquistado de la artista, los invitados se despidieron. Flotaba en el aire de las almas la magia, la liturgia de la música como si Apolo hubiera tañido su lira y hechizado a las bestias como en la mitología.</p><p>El último en saludarla, antes que la estrella de la noche se fuera, fue el anciano del fuelle mientras los dueños de casa levantaban el desbarajuste de platos y copas. La felicitó, emocionado y con tono de admiración le hizo su devolución:</p><p>“-¡Qué hermosa voz y su interpretación, pero no estaba enterado que usté sabía música!!”</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/78Quof_KFMrMQAhiKwQMiNWc1RI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/07/la_cantora_gari_baldi.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Como siempre, al abrir el arcón de los recuerdos, encontraba papeles escritos de su puño y letra que eran su tesoro. Memorias de situaciones, personajes, anecdotario, cuentos que traían esa antigua historia del pueblo olvidado y lo fascinaban pues como un arquitecto –que alguna vez quiso ser- reconstruía ladrillo a ladrillo, piedra a piedra, adoquín a adoquín las pinturas casi rupestres de la vida transcurrida en su contemporaneidad.]]>
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                                <updated>2026-07-26T17:00:04+00:00</updated>
                <published>2026-07-26T17:00:00+00:00</published>
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            El comedor
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                <![CDATA[El Debate Pregón]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/QyFkVjvhzpWzFbrfIguNhyEc8Us=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/07/el_comedor.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Recuerdo una charla con doña Geroma Moreyra –quien dirigía y bordaba las comparsas de gauchos de los corsos antiguos- cuando habló de la “Fonda del austriáco” donde ella trabajó en sus mocedades, el famoso Comedor “El Abrojito” sobre la “calle ancha” cerca de lo que fue el mítico “Bar de lo Barneda” -allá lejos y hace tiempo- y contemporáneamente el “Irun”, “El aeroplano” sobre ruta 11, el “Ferreccio” y los restaurantes del Jockey y el Social. Seguramente me olvido de muchos otros que tal vez no conocí pero quiero referirme a uno en particular a donde asistí cuando fui adolescente.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; La memoria me trae el recuerdo de ese comedor, como a tanta gente partícipe de éste u otros que permanecen en las “saudades” de los vecinos que disfrutaron los encuentros familiares.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; La atracción del lugar hechizaba por la calidad de su breve carta: pastas caseras y milanesas con fritas, una empresa familiar regenteada por sus propios dueños. Él salía de mañana a comprar la mercadería en bicicleta y su esposa era la encargada de preparar las pastas, además de los manteles y servilletas de telas que ella misma cosía pues trabajaba también de modista.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Las puertas del comedor se abrían varios días a la semana y la clientela era fundamentalmente familiar, algún grupo de amigos, viajantes de comercio, gente sola, un transeúnte al paso que cuando pasaba quedaba hechizado por los olores de la salsa o la fritanga. La higiene del local era una obsesión del matrimonio y el ambiente siempre estaba impecable sin ningún olor invasivo o desagradable.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; La mano derecha fue un tipo alto y flaco en la cocina. Los hijos del matrimonio colaboraron en el emprendimiento, pero el dueño cumplía el abanico de actividades: además de gerente era mozo o “garzón” tomando los pedidos y también cocinero cuando ayudaba en el fogón si había muchos clientes. Uno de los hijos que colaboró en las hornallas de aquellas épocas de generosidad, invitaba a sus amigos y no les cobraba. La época fuerte era el verano cuando el comedor cerraba con luz de día, esperando alguna reserva de amigos o parejas que volvían de los bailes de carnaval para recuperar energías después de la ajetreada diversión.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Muchos de mis amigos y conocidos de la adolescencia contaban la experiencia de haber ido a cenar al Comedor de Burlando, a tal punto que uno ellos fue un persistente habitué de su servicio gastronómico y no tardó en entusiasmarnos: “-¿Y si vamos una noche a cenar?”, y ahí nomás aceptamos el convite y decidimos ir a celebrar el Día del Amigo.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Bien acicalados, los zapatos rebosantes de betún y con las mejores pilchas, concurrimos. Mi timidez adolescente inauguró una salida burguesa entrando en el palacio condecorado con una simbólica “cinta azul de la popularidad gualeya” a vivir una ignota experiencia. No había muchos parroquianos todavía, nos sentamos a una mesa y empezó a poblarse de comensales el salón. Ahí apareció en escena el susodicho, impecablemente vestido.</p><p>“-¡Buenas noches!”.</p><p>“-¡Buenas noches don Burlando!”-dijo el conocido-.</p><p>“-¿Qué les sirvo?”</p><p>“-Aquí traje unos amigos que quieren probar la mejor milanesa con fritas que se come en Gualeguay! Y para tomar tres gaseosas”.</p><p>Era de cajón que siendo unos imberbes no nos iban a servir alcohol, ni cerveza ni vino. Y allí vimos el primer paso de comedia, yendo a la cocina, descolgando el delantal y ordenando la comanda:</p><p>“-¡Marchen tres milanesas compleetaaas!, perdiéndose entre bambalinas, mientras el otro amigo y yo empezamos a participar de la obra teatral que se repetía cotidianamente. Tal vez era un pasaje de la Comedia del Arte con Arlequín, Colombina y otros personajes.</p><p>Despertado el apetito llegó Burlando con tres platos voladores con unas alpargatas del cuarenta y cinco atiborrados de papas fritas y nos dimos al festín. Nos costó depredar semejante manjar generoso, pero sucumbiendo al hedonismo nos entregamos a los placeres del paladar y no dejamos ni una miguita.</p><p>Pipones, con los cintos flojos, volvió el dueño-cocinero-mozo a preguntar si íbamos a pedir algo más. Como todo era un ritual y la puesta en escena teatral estaba prolijamente ensayada, el conocido le pregunta:</p><p>“-¿Qué hay de postre don Burlando?”. Y éste era el segundo paso de comedia tan ansiado por escucharlo y vivirlo. Con una voz aguda nos respondió el parlamento del libreto:</p><p>“- Queso y dulce, dulce y queso, dulce solo o queso solo”.</p><p>Le pedimos tres gaseosas más y nos morfamos el mítico “vigilante” después de las milanesas completas. Mi amigo y yo le agradecimos la invitación al conocido habitué por la experiencia compartida y cada uno de los comensales pagó su parte. Luego de embolsar la billetera, le agradecimos al anfitrión resaltando la calidez de la atención y calidad de sus milangas con fritas. Al recuerdo de una nieta, su Tata y su Lala eran tan buenos como el pan que servían.</p><p>De allí nos fuimos a “La Mayo” a celebrar con unas cervezas negras y unas “bolillas”- botellitas de “Naranjina” con o sin gas fabricada localmente para mezclarlas con la birra-&nbsp; a charlar sobre la obra de teatro pueblerina y costumbrista que habíamos vivido en tiempo real, dentro del mítico escenario.</p><p>Décadas después de aquella emblemática cena, cuando comentaba la singular experiencia del Comedor de Burlando, alguien arrastrando su carro de más de seis décadas me dijo: “-¡Yo también fui al bodegón del “Dulce y queso” con mi novia después de un baile en Sportiva, la que hoy es mi mujer!”</p><p>Pero ésta es otra historia…</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/QyFkVjvhzpWzFbrfIguNhyEc8Us=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/07/el_comedor.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Cuántas fondas, bodegones habrán encendido los fogones y abierto sus puertas con el mobiliario de mesas, sillas o banquetas rústicas, viandas, platos y cubiertos a lo largo de más de tres centurias en el pueblo de la ribera. No he encontrado un trabajo de investigación que rescate del olvido algún sitio de ellos, salvo un libro sobre boliches antiguos familiares que amalgamaban copas con truqueadas y convocatorias esporádicas de asado, pescado frito y variedad de exquisiteces como en otras cantinas de clubes.]]>
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                <published>2026-07-19T16:00:00+00:00</published>
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            El número 18
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/XyCgcOsuecjducp6IndvpZbS2W8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/07/acuarelas.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>La sobreprotección de su familia –devenida por un destino trágico- hizo que al sobreviviente lo condenaran a un cuidado exagerado de todo tipo y tono. Por eso del resfrío no lo dejaban ir al Centro; así, cubierto con campera o sacón, bufanda, guantes y pelota, esperaba algún contemporáneo cristiano que le regalaba unos toques –un tiki tiki- y continuar su camino hacia el Parnaso de contención que era el Centro Nacional de Educación Física.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Su padre lo llevó para comprarle una pelota de cuero pequeña para su edad con cascos azules y amarillos. “Camarada”, el dueño y vendedor, trató de concretar la venta adornando el producto: “-¡A esta ni el Loco Gatti la ha tocado!!!”</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Al regreso del “entrenamiento”, en el patio de los vecinos, era pasar por la mano de la mama como control antidoping quien metía su mano en la espalda bajo la ropa y comprobando que la camiseta estaba mojada, casi ahogada de transpiración, soportaba estoicamente los chirlos y coscorrones por desobediente. Cuando se puso de moda el softbol, lo practicó y habiendo sido convocado para la selección del pueblo para participar en un torneo argentino en Bahía Blanca, no lo dejaron ir.</p><p>Así y todo, era feliz.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Pero no todo era fútbol. Había mística con su abuelo guitarrista &nbsp;y a pesar de una tía que lo taladraba con que “la guitarra es un adorno personal” estaba presente el mandato, la herencia del abuelo depositada en él. Llegaba del jardín de infantes y preguntaba por el abuelo; ya viejito, al borde de su cama, abrazado a su guitarra –con la que aprendió, con clavijas de madera- y él con una de juguete acompañándolo, molestándolo. Y según sus mayores, el viejo celebraba la inquietud diciendo y vaticinando que iba a tocar la “viola”…</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Domingos de “Apolito”, pizza y “Cola”. Elegían la mesa contigua al exhibidor de golosinas que tenía un vidrio roto, alguna cargada por teléfono en el teléfono público de la Compañía bien enfrente, joder al mozo don Antonio en una o dos porciones y una gaseosa y Titas y Rodhesias robadas para el postre en plaza Constitución.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Tal era la pasión por la pelota, que el Doctor dueño de casa –donde el patio de baldosas se convertía en un microestadio- incentivó a formar un equipo de babyfútbol. Las tardes de “entrenamiento” fluctuaban entre los patios vecinos de “Madalena” al este –por Monte Caseros- y el de madame Pelayo por Remedios Escalada de San Martín, (ambas familias vecinas sin hijos). Cuando la pelota invadía los predios privados, era regla que el pateador compulsivo debía hacerse cargo e ir a buscar el esférico.</p><p>El asunto fue que la cofradía de los supuestos “elegidos” deportistas y futboleros inauguraron el modus-operandis de lo que hoy se conoce como bullying: lo ningunearon y destrataron como un pobre burro, adjudicándole en el equipo de bayfutbol de cinco o siete integrantes el número 18, siendo como un aguatero o cobrador de una cuota mucho más importante que su inclusión como jugador.</p><p>Desde temprano sus facilidades artísticas lo destacaron del resto. Dibujaba bien, en la escuela dibujaba goles de los equipos de sus compañeros por un sánguche de mortadela y queso con una gaseosa. Con la guitarra y buen oído estrechó un vínculo con el hijo del medio del doc y empezaron a componer canciones, armaron una batería con envases de cartón de dulce de leche y platillos de lata con la tapa circular de los envases de dulce de batata o membrillo. Y en las siestas u otros momentos, lograba intimidad con las damas de la servidumbre de esa cuadra quienes le abrían las puertas del Paraíso del placer. Pero nunca acusó gran talento para el deporte. Aunque haya sido ordinario fue uno del montón y el proyecto del equipo baby nunca se concretó.</p><p>&nbsp;</p><p>Pasaron años, décadas; no supo algo ni nada de aquellos compañeros de infancia. Nunca supo si alguno de aquellos se jugó por jugar. No los volvió a ver.</p><p>La pasión por el arte, la música, la composición lo llevó a participar en conciertos emblemáticos de la recuperada democracia, registrada “en letra de molde” en diarios de tirada nacional.</p><p>Como no abandonó su solar natal, el destino quiso que la casa de Madame Pelayo –donde antes vivió el escritor Amaro Villanueva- fue propiedad de la familia de su amigo y compadre.</p><p>Un día, una tarde, celebrando un reencuentro con el padrino de su hijo y otro amigo, &nbsp;pelotudeando en el patio de la otrora huerta de Madame Pelayo, el número 18 presentó sus credenciales. Fue como si se calzara los “sacachispas” de aquella infancia remota en el patio de su casa natal. Pateó la pelota que cobró vida propia y se fue rápida, veloz y fuerte a culminar su destino en un vidrio de una claraboya de aquel potrero infantil: el microestadio del Doctor.</p><p>¿El destino hizo lo que nunca se hubiera atrevido? ¿Venganza celestial, mandato de los Dioses? ¿Tanto rencor tuvo tanto tiempo para madurar? Si no hubiera sido por ese pelotudeo se hubiera llevado el hilo sin el nudo para siempre.</p><p>En el apretado tejido de la cuadra de ese barrio, la infancia, los compañeros que no llegaron a ser amigos, las pasiones quedaron así en la urdimbre del recuerdo. Y una vieja pelota volvió a rodar para cicatrizar los viejos rencores y a cerrar un capítulo.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/XyCgcOsuecjducp6IndvpZbS2W8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/07/acuarelas.webp" class="type:primaryImage" /></figure>“_ Máaa ¡!!! Voy a la vuelta ¡!!!!!”
“_ No vayas a jugar al fóbal que vas a transpirar y te vas a enfermar ¡!!!!”, respondía la mama.
	Él tenía un pequeño estadio en el conciso patio de su casa donde jugaba solito pero su imaginación lo llevaba a competir desde los clubes pueblerinos hasta Boquita y la Selección Argentina en un microcosmos que duraba lo interminable hasta antes de la merienda.]]>
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                <published>2026-07-12T20:06:31+00:00</published>
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            El ensayo
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                <![CDATA[El Debate Pregón]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/mBmOknSd8qnHPOFqXPWJvRX486s=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/07/gari_baldi_el_ensayo.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Él, escritor, investigador y divulgador amasaba sus primeros cacharros con breves publicaciones en una etapa de aprendizaje. Trabajaba en un ensayo sobre la muestra de Marcel Duchamp y su obra “La fuente” (Fountain), creada en 1917,&nbsp; un urinario –mingitorio o inodoro- presentado en una exposición de sus obras en New York que marcó un hito fundamental en el arte contemporáneo y el movimiento “Dadá”. La visión del arte conceptual lo puso en uno de los primeros vanguardistas donde un objeto de uso sanitario y escatológico desafió la idea del “buen gusto” imperante del “arte bello”, visualmente placentero definido como “arte encontrado”. Eran los inicios del siglo XX con nuevas corrientes estéticas.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; En sus investigaciones de los artefactos del baño logró encontrar el origen de bidé, un pequeño mueble para higienizarse que tiene su origen en bidet: “caballito” o pony en alusión a la postura que se emplea durante su uso, invención francesa del siglo XVIII.</p><p>Casi concluyendo su trabajo, se comunicó con el Maese para que lo desasnara con la historia y el origen etimológico de la pieza higiénica de cerámica, tan preciada y tan presente en las rutinas diarias, a fin de completar el ensayo sobre el urinario de Duchamp, obra del arte contemporáneo.</p><p>El Maestro, generoso, le respondió y envió una breve y detallada historia del artefacto que cambió esas maneras primarias de perderse entre piedras o montecitos, resguardando la intimidad del ser con las propias concentraciones y meditaciones de un animal encontrándose con sí mismo.</p><p>“Los elegidos que partieron al medio las antiguas costumbres antiguas y salvajes, en esa grieta cosecharon revolucionarios inventos. El excusado o retrete fue paulatinamente perdiendo protagonismo de las necesidades ancestrales con las nuevas generaciones que pueblan las urbes cosmopolitas y el derrame en ciudades y pueblitos para tener una calidad de vida acorde a tiempos presentes y venideros.”</p><p>“Ninguno de los seres vivos sabe e ignora la potencialidad de la reflexión en el momento aciago donde la existencia provee y dicta el discernimiento en la pausa gravitacional del ser.”, escribió en su ensayo.</p><p>El epílogo del trabajo lo remató el Gran Maestro con una joya etimológica que no deja dudas de su brillante saber e ilustración:</p><p>La palabra “inodoro” no tiene origen latino, como la mayoría de los etimólogos suscribe, como inodorus (“sin olor”), sino de una antigua expresión del desaparecido pueblo de los Dorios, una civilización que habría florecido hacia el 3200 a.C. en algún lugar entre Mesopotamia y el Plomerio Hitita.</p><p>Cronistas griegos mencionan vagamente a un legendario rey llamado Ino de los Dorios de la dinastía de los Cloacos, también conocido como “El Sentado”. La tradición cuenta que Ino el Dorio, gobernaba desde un trono de mármol perforado, convencido de que las mejores decisiones de Estado surgían durante los momentos de reflexión intestinal.</p><p>Con la caída del reino, los mercaderes fenicios llevaron el invento por el Mediterráneo. Los romanos adoptaron el término como inodorum, creyendo erróneamente que significaba “lugar donde se medita”.</p><p>Existe incluso una leyenda según la cual el rey Ino el Dorio (a la postre Ino-Doro) desapareció misteriosamente durante una sesión particularmente prolongada de deliberación estratégica. Sus súbditos, preocupados por la demora, derribaron la puerta de la cámara real y sólo encontraron una inscripción grabada en piedra:</p><p>“Fui a inventar el papel, pero vuelvo enseguida.”</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/mBmOknSd8qnHPOFqXPWJvRX486s=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/07/gari_baldi_el_ensayo.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Lo conoció por sus publicaciones en sitios y revistas especializadas, un monje agustino que daba cátedra con su insuperable sapiencia en la etimología.]]>
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                                <updated>2026-07-05T18:00:04+00:00</updated>
                <published>2026-07-05T18:00:00+00:00</published>
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            El entrerriano
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                <![CDATA[El Debate Pregón]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/a7TMcLZxPWCZmAAu-Ianv-_TNrM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/06/acuarelas_pueblerinas.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Recibido de la secundaria, tuvo su primer trabajo en la radio local como locutor e informativista. Allí conoció a compañeros avezados en el éter por su experiencia. La programación musical le ofreció un abanico de géneros desconocidos: tango, rock, además del folklore que formaba parte de sus escuchas infantiles y familiares.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Ya crecido como pibe de veinte y pico, en las nochecitas se escapaba al club a dos cuadras de su casa y allí conversaba con los parroquianos concurrentes, todos trabajadores de oficio: albañiles, carpinteros, plomeros, electricistas, en fin. Era como un “Juan Preguntón” queriendo saber de las rutinas y la vida de esos guerreros de la supervivencia.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Uno de esos habitués trabajaba la madera. Se las rebuscaba con su mano de obra arreglando muebles viejos. Conocía el oficio por su familia y ese era su pan cotidiano que regalaba en el boliche del club. La breve hacienda de la casa heredada por abuelos y padres comenzó un periplo de irse como el agua.</p><p>Una noche trajo una guitarra y quebró el truco y las ginebras tocando –bien pifiadas- unas piezas musicales. Tocó un valsecito intitulado “Lejos de Gualeguay” y un tanguito que fascinó al muchacho pues la presentó como “El entrerriano”. Al gurí curioso lo fascinó de tal manera que quiso saber –más allá de la belleza de la composición-, quién era el autor o el compositor. El hombre campechano le tiró bardo y le dijo que no importaban esos “rascatripas” de conservatorio si no la melodía, pues no sabía de quien era.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; En noches subsiguientes, después de un truco y unas ginebras en el boliche, el joven lo llamó aparte preguntándole sobre el tango. Había averiguado escuetamente la historia de la composición antigua y el creador. El viejo músico y carpintero ratificó que nada sabía del tal señor, que lo único que él hacía era tocar ese tango que le gustaba.</p><p>Pero, entre los vahos de alcohol y unas barajas sin fortuna le confesó un sueño que tuvo: “Un cantor y una cantante de los que escuchaba en la radio me convocaban: esas figuras mayores querían venir al pueblo y que yo las acompañara con mi vieja “viola” y después que fuera a Buenos Aires para acompañarlos con unos tanguelis. Presionado por el convite me dije: si voy, tengo que tocar “El entrerriano” y me calcé el saco y el “funyi y un poncho con la bandera del Pancho”. Y ahí lo aprendí, como pude, soñando ir a Buenos Aires, ser músico exitoso y olvidarme de la cotidianidad del yugo.</p><p>* * * * *</p><p>Nació en Buenos Aires en 1868, un afroargento que estudió piano motivado por su pasión&nbsp; recibiendo una herencia de su abuela que lo había criado y la dilapidó. Desde joven tocó en casas de bailes modestos y en prostíbulos clandestinos como “La vieja Eustaquia”, “La parda Adelina” y “María la Vasca” con clientelas de buena posición social. Las teclas negras del piano reflejaban su piel y la zurda estrepitosa y hábil lo distinguían como un músico singular.</p><p>Dicen que en 1897 estaba amenizando veladas en la casita de María Rangolla, “La vasca”, tratando de ganarse unas monedas como en todos los “piringundines” de esos días de posguerra de la Guerra contra el Paraguay y la Campaña al Desierto. Aquellos músicos eran más malabaristas que instrumentistas y bufones de la Edad Media, sobrevivientes empedernidos de conseguir algo de pan y puchero para calmar su pobreza diaria.</p><p>Las propinas eran su haber porque no había derechos de autor en aquella época. Se estilaba dedicar composiciones improvisadas con nombre y apellido para algunos concurrentes pudientes que celebraban la dedicatoria con un billete de cien pesos a los compositores que los habían homenajeado. Un bailarín del sucucho le sugirió al pianista que le dedicara su obra recién estrenada a un cliente, Ricardo Segovia, estanciero entrerriano que llegaba para tirar “manteca al techo” al ranchito y burdel de “la Vasca”. El hacendado se llevó el honor y el músico sus bolsillos llenos con los cien pesos.</p><p>Los registros dicen que la partitura de “El entrerriano” (circa 1897/98) es una de los primeros tangos impresos y fundacionales de la “guardia vieja”.</p><p>Anselmo Rosendo Cayetano Mendizábal, enfermo, casi ciego, postrado con parálisis y en la miseria falleció a los cuarenta y cinco años.</p><p>Al joven ya adulto le preguntaron por su investigación. Respondió que solamente era un curioso y lamentaba que no hubiera reconocimiento para esa fauna que deambula por los márgenes y pretéritos de la cultura popular. La academia prescinde del valor identitario, aun cuando los cimientos simbólicos de los pueblos la trascienden.</p><p>Rosendo no se fue como otros que no se han ido. Están aquí, todavía,&nbsp; acompañándonos con sus creaciones. ¿Serán eternos como Gilgamesh?</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/a7TMcLZxPWCZmAAu-Ianv-_TNrM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/06/acuarelas_pueblerinas.webp" class="type:primaryImage" /></figure>El pueblo natal ofrecía alternativas para encontrar tanto el puchero como la vocación. Así, en las gambetas del destino deambuló por distintos oficios: dibujante desde gurí, artesano, consiguió laburo en un diario. Su madre había trabajado en una imprenta antigua conociendo el tablero de la imprenta de Gutenberg relacionada con pequeñas galeras de plomo y diagramar tarjetas, algún periódico y otros menesteres que la gráfica con letras de molde y tinta le ofrecía sobrevivencia.]]>
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            El almuerzo
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/BGYUZjZpXd57He0RmIbduaJhOsQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/06/el_almuerzo.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Ella era hija de un médico del pueblo y él un advenedizo doctor clínico recién recibido. Sentados en un banco de la pérgola con cielo de glicinas, concertaron verse una vez a la semana, luego fueron dos y el asunto amoroso prosperó. La cosa iba en serio. Él, enamorado, le hizo declaración de matrimonio; ella, enamorada también, le dijo que había que formalizar la relación y tendría que&nbsp; ir a su casa a pedirle “la mano” a su padre. Después de un breve silencio, él respondió: “Así debe ser…”.</p><p>Esos cánones sociales, culturales y porque no religiosos eran lo común de aquellas épocas. Nuestra generación&nbsp; ya no participó de esa regla y ni hablar de las nuevas con nuestros hijos que se ennovian y se casan a la vez.</p><p>Por supuesto que hubo siempre otros pretendientes que elegían apuntar a una presa adinerada para salvaguardar un futuro promisorio y “tener la vaca atada”, prácticas desleales de personajes oscuros. Pero este no era el caso.</p><p>Ella habló con sus padres y luego con sus hermanas y hermanos de su incipiente noviazgo. Le parecía buena persona, transparente, profesional, que se sentía cómoda y respetada, era educado, muy caballero, que no tenía nada que objetar y que al fin: estaba enamorada.</p><p>Sus padres no respondieron inmediatamente y quedó un silencio que cubrió los días siguientes como si estuvieran nublados. Ella soportó estoicamente la mudez de sus padres, sintiéndose firme de haber blanqueado su situación. Quería casarse con él.</p><p>Pasó una semana y su padre la convocó. El patriarca facultativo, sentado en su cómodo sillón con un vaso de whisky antes de cenar “pues abre el apetito” junto al hogar que calentaba el estar, escuchaba música clásica en su radio a válvulas y le pidió que se sentara. Le brindó la respuesta a su petición, que con su esposa habían accedido y les encantaría recibir al pretendiente con un almuerzo.</p><p>Domingo al mediodía. Ella se vistió con lo mejor de su ropero mirando insistentemente el reloj de mármol que con su tic-tac implacable y sus agujas parecían que detenían el tiempo.</p><p>A las doce y media se escuchó el timbre y todo el mundo de la casa agilizó sus quehaceres pues llegaba la visita. Ella lo recibió, espléndida, él de traje y corbata con un ramo de flores y una botella de vino agradeció tímidamente. Le retuvo el saco y lo condujo al estar donde estaba su padre escuchando Bach y su vaso de whisky. Hicieron la ceremonia de la presentación, el médico lo convidó con la bebida para distenderlo pero se opuso. Conversaron entre colegas y el pretendiente realizó su discurso interminablemente pensado para pedir la mano de su hija, hasta que desde la cocina se escuchó el llamado al “rancho”: “- ¡Ya está la comidaaa!!!</p><p>El futuro suegro lo invitó a pasar al comedor. La mesa servida con mantel, platos y copas para el agua y el vino montaron una escenografía teatral de ágape y un grato recibimiento expresado. El médico, ocupando el lugar del dueño de casa ubicó al pretendiente a la derecha de la mesa y en la otra punta estaba su esposa, la futura suegra que parecía muda y los demás lugares para la pretendida, sus hermanas y hermanos. Faltaban los candelabros con velas pero como era medio día, la luz a través de los vidrios de colores de la mampara, como un arco iris, iluminaban el ritual.</p><p>El patriarca llamó a la servidumbre y apareció en escena Juana, mujer morena entrada en años, cocinera, ama de llaves, criada cama adentro quien resolvía el fogón y la limpieza diaria de la pequeña mansión.</p><p>“-¿Qué nos ha cocinado para esta ocasión?”-dijo el dueño de casa-.</p><p>Juana agachó la cabeza, hizo una pantomima reverencial respondiendo:</p><p>“- Ravioles con estofado. ¿Le gustará al señor?”</p><p>“-¡Por supuesto!! ¡Muy agradecido!- respondió el invitado-.</p><p>En esas conversaciones en la plaza, ella no había indagado en sus gustos gastronómicos: lo otro era importante.&nbsp; Él odiaba los ravioles pero ella nunca lo supo pues no le preguntó.</p><p>Los platos no presentaban porciones abundantes pero era una regla servir caliente para luego repetir, conservando la temperatura en la olla de fierro que comandaba Juana. Servida la mesa, el anfitrión dio la orden de largada abriendo las gateras: “-¡ Bon appetit!” y los comensales se entregaron al festín.</p><p>Culminado el almuerzo, Juana empezó a retirar los platos y preguntó al pretendiente:</p><p>“-¿Le gustó al señor?”</p><p>“- ¡Exquisito! ¡Un manjar!” – agradeció amablemente-.</p><p>En sucesivos encuentros, antes de casarse, cada vez que venía a almorzar o cenar, ya consumado el noviazgo y el inminente casamiento, Juana le cocinaba ravioles.</p><p>Esa complacencia lo ardió como un leño del fogón de la morena y en tiempos de matrimonio, en la cocina “económica” daba rienda suelta a churrascos y costeletas con ensalada, buseca y algunos guisos carreros.</p><p>Nacieron dos hijos. Sus suegros, Juana, los cuñados y el paso del tiempo lo dejaron solo con su viudez. El reloj de mármol detuvo su andar a la hora que su bendita esposa dejó el mundo terrenal.</p><p>Sentado en su sillón, mirando la tele con su vaso de whisky –hábito heredado de su suegro “para abrir el apetito”- y como ritual rutinario de sus últimas tardecitas después de cerrar el consultorio, se quedó dormido para siempre, sin almorzar ni cenar ravioles junto al hogar donde la leña y su crepitar fueron testigos de su breve y vertiginosa existencia.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/BGYUZjZpXd57He0RmIbduaJhOsQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/06/el_almuerzo.webp" class="type:primaryImage" /></figure>La verdad es que no sé cómo se conocieron. Tal vez en la famosa “vuelta del perro” que otrora se realizaba los domingos en la plaza principal, donde las columnas de damas y caballeros se cruzaban y “entre mirada viene y mirada va” –como dice la canción-, las flechas de Cupido se lanzaban como dardos.]]>
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                                <updated>2026-06-21T18:00:04+00:00</updated>
                <published>2026-06-21T18:00:00+00:00</published>
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            La nao sinfónica
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                <![CDATA[El Debate Pregón]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/HIt4tt2LOpVlWiMAWrlMEH1FEBs=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/06/gari_baldi.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Antes, los pueblos originarios nómades -cazadores y recolectores- convivieron con el agua, el monte, su cultura ancestral, su economía natural o “edenística” que les ofrecía el entorno. El paganismo o salvajismo de los naturales a la mirada de los invasores de aquellos que tenían su propia cultura, religiosidad, simbolismos heredados desde tiempos seglares de los antiguos dueños de la tierra, fue la sacrílega “evangelización” con la cruz y la espada de los conquistadores.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Nuestro gran poeta nos reza: “Me atravesaba un río…”. Sí, nos atraviesa el flujo temporal, vertiginoso que viaja hasta el mar, como la vida misma.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El parque y el balneario convocaba como si fuera el patio abierto del pueblo para disfrutar y compartir en comunidad. En aquellos días infantiles crecimos, húmedos de verde, anzuelos, lombrices, mates y bicicletas buscando -quién sabe- un reencuentro espiritual primigenio con los otros, uno mismo y la Madre tierra y el Padre Río. El olor del barro, la arena húmeda, perfume de mojarras, el bigote de los bagres, la fragancia de los árboles y el viento emponchándonos del aliento del patriarca nos vestía con los mismos bagajes que aquellos dueños del Paraíso.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; A la vera del río se alzaron construcciones de todo tipo, muchísimas humildes y otras sofisticadas. Un predio alojaba una pequeña vivienda de material, techo de tejas a dos aguas, un par de arcadas en la reducida galería y una sola pieza. Supimos que pertenecía al “Dr. M.” Era encantadora, situada al borde el río donde la calle San Antonio se ahoga en el sitio antiguo de Puerto Barriles.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Algunas mañanas llegaban al parque lanchones del Tigre con frutas y verduras. “El chingolo”, “El rosarino” cargados con una paleta de colores de la circundante producción. Era una fiesta ir a comprar frutas como caquis, sandías, melones, tomates, calabazas, frutos de la tierra cosechadas en otros sitios distantes a buen precio. Y un paseíto con papá y mamá.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Las siestas se pasaban a la vera del río, mate por medio con el manto de sombra de sauces y el sonido del agua fluyendo. Los pájaros en coro componían una sinfonía acorde al paisaje fluvial y vegetal donde nosotros, gurises, liberados de solapas, pintábamos con el silencio mágico de la costa.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; En una de aquellas, en la quietud serena de los duendes no advertimos que los pájaros se habían llamado a silencio. Un murmullo indescifrable empezó a crecer propagándose por la galería de agua. A medida que se acercaba tomaba forma y oímos música. Sorprendidos nos miramos en silencio. Observamos abajo y arriba y la música crecía en volumen, se aproximaba. La orquesta sinfónica frotaba sus cuerdas, sus vientos en un concierto como si la masa líquida reverberara aún más los armónicos.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; A medida que se acercaba, Mozart, Beethoven, Bach, Vivaldi o no sé quienes inundaban de sonidos el corredor del río como si fuera la nave central de una basílica natural. Parecía que íbamos a ver una flota de varias embarcaciones con músicos y remeros en un convoy. Pero allí aparecía el “Dr. M.” remando en su “guigue” con una radio a pilas, silencioso, desplazándose en el carrito de su nao monoplaza como el director con la batuta de sus remos río arriba, provocando la magia. Absortos, lo vimos pasar en su delgada embarcación como un Almirante solitario dirigiendo la orquesta.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Manejaba los remos con el andante del primer movimiento. El adagio desaceleraba el ritmo cardíaco como un descanso hasta que el andante maestoso lo impulsaba hasta el final de la sonata.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El “Dr. M.” sintonizaba Radio El Sodre, estación uruguaya que transmitía música clásica y acompañaba sus ejercicios físicos, remando hacia un puerto indefinido o certero donde arribar y culminar para luego regresar de su rutina.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Las escapadas siesteras a conversar con el río se volvieron cotidianas, esperando que el tiempo y territorio de la solapa nos trajera el concierto del Capitán. Pero no lo vimos ni escuchamos más la música que transcurría como el agua.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El tiempo pasó. Aquellos gurises hoy son adultos, padres de familia, algunos abuelos y jubilados. El río navega su viaje eterno por su cauce antiguo y aquel de las siestas es un charco quieto en el reservorio. La música también es otra y se escuchan desde los automóviles, con sofisticados reproductores y parlantes, las nuevas tendencias que identifican a las nuevas generaciones.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Seguramente, la nao sinfónica tocó su último concierto cuando encontró el muelle del puerto que estaba esperando al Almirante, ya cansado de tantas remadas.</p><p>Un silencio se escribió en el último compás del concierto y la batuta se hundió en el río…</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/HIt4tt2LOpVlWiMAWrlMEH1FEBs=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/06/gari_baldi.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Somos criaturas de río. Desde que el fundador decidió desmontar y nombrar “Pago del Habra” a la tierra donde se distribuirían los sitios de las manzanas a los primeros pobladores colonos, cerca del río, la decisión marcó el destino.]]>
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                                <updated>2026-06-14T18:00:05+00:00</updated>
                <published>2026-06-14T18:00:00+00:00</published>
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            La música de Eolo
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                <![CDATA[El Debate Pregón]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/bDpXVcXzVZzPpbroqGDg_pqv6d0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/06/la_musica_de_eolo.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>La escucha se volvía mística, sobrenatural. Caminando las cuadras del antiguo damero, esa música extraña, monocorde acompañaba el ritmo de los pasos por las veredas o el transitar de la “bici” en las calles arboladas.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; La explosión de la televisión cubrió techos y azoteas con aquellas torres delgadas como obeliscos para colocar en sus cimas las antenas, refugio de bandadas de golondrinas. Tres o cuatro tiros de alambre tensado cual obenques, sostenían la estructura de metal desde las paredes de las casas. En un tiempo vertiginoso, el paisaje aéreo fue multiplicándose y no quedó manzana del pueblo que no estuviera plagada de antenas con alojamiento temporal de las aves migratorias.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Cuando la señal era nítida en el televisor, en su casa decían “se ve como un espejo”. La mayoría de las veces se veía imagen borrosa, “con lluvia” supuestamente por la mala señal y en días y noches de mal tiempo se abandonaba el monitor blanco y negro y se encendía la radio, aunque con descargas, como antes.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Escuchando atentamente, me sumergía en el relato del hombre mayor que hablaba convocando sus recuerdos, ante un joven ignorante del pasado de su solar natal. Claro, nunca vi esas antenas, salvo alguna u otra que todavía sobrevive preguntándome el porqué de esas torres metálicas.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Entre mate y mate continuó la charla. Pasó mucho tiempo para que él comprendiera lo que sucedía con el fenómeno. En realidad lo tenía en sus manos cuando comenzó a estudiar guitarra, pero fue más allá por su curiosidad que por ser un buen instrumentista. Las cosas se compensan.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Atrapado por resolver el enigma se volvió un estudioso de la acústica, a pesar de su básica formación escolar. Conoció a Pitágoras con su teoría de la música cósmica, de la división del monocordio con sonidos consonantes a través de la aritmética y sus Tetraktis y por ende el funcionamiento de los cordófonos. Ahí encontró la punta del ovillo para entender y comprender el sonido extraño y fascinante que acompañaron sus primeros días: los tiros tensados de las antenas eran sacudidas por el viento; al agitarse un cuerpo elástico –como una cuerda de guitarra- sus moléculas entran en vibración y producen sonido, un hecho natural explicado por la física, como la cuerda prístina tensada del arco para lanzar la flecha o la “voz” de las casuarinas.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; “La luz viaja más rápido que el sonido. Basta ver los relámpagos, los rayos y luego el gruñido del trueno. Pero en este caso fue al revés: la luz del conocimiento llegó después.”, reflexionó.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Las arpas eólicas de la antigüedad resonaron en el aire de su niñez, como si el tiempo no hubiera transcurrido. Realizó una prueba en el patio de su casa y se produjo el milagro.</p><p>“-Cuando lleguen los días ventosos de primavera haremos la experiencia” – me dijo-.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Estuve ansioso hasta que un día pasó por mi casa. Venía con su guitarra y me dijo:&nbsp; “-Vamos al río…”.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; En el tiempo de siembra con los vientos desatados pude encontrar a Odiseo o Ulises en su desesperado regreso a Ítaca desde la pluma de Homero, en la Isla del Rey Eolo que le dio una bolsa con los vientos para reencontrarse con su amada Penélope y volver a su morada: Ítaca, trocando el mar mediterráneo por nuestro río de agua dulce.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El son inquietante en el aire dejó de ser un misterio. Pero él mismo se preguntó si habiendo resuelto el enigma por la razón, le había quitado la magia a ese arcano que habitó sus primos albores. La aventura de la curiosidad que lo rescató de su ignorancia y el encanto de preguntar y preguntarse, tal vez sea una manera de salvaguardar la verdad genuina y primigenia, desnuda para vestirla -como hace tiempo- con las ropas que impone el poder y la dominación cultural global del actual conocimiento, aunque todavía no se descubren como las culturas antiguas dilucidaron hace milenios aquellas prístinas sapiencias.</p><p>De todas maneras la aventura, la adrenalina, el éxtasis de ir transitando el proceso creativo es en sí mismo lo más rico y deslumbrante. Ya lo dijo un poeta: “Caminante no hay camino: se hace camino al andar.”</p><p>Después de esa inolvidable experiencia con el amigo, intento balbucear algunas notas con la guitarra tratando de hallar respuestas a los acertijos de la música, reencontrándome en los pasos perdidos y las arpas del viento del Maese.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/bDpXVcXzVZzPpbroqGDg_pqv6d0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/06/la_musica_de_eolo.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Fue en los remotos días de su infancia. Sobre las casas y calles del pueblo, un sonido –tal vez celestial- inundaba el aire y los oídos. A veces –recordaba- los vientos traían babas del diablo que se enredaban en el cableado de la electricidad y flameaban como banderas desflecadas. La respuesta de los mayores decía que eran “resabios del mar cuando está bravo” y el viento del este traía las estopas de espuma del océano. La ciencia dice que esos “hilos de la virgen” son producidos por arañas que flotan en el aire.]]>
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                                <updated>2026-06-07T18:00:19+00:00</updated>
                <published>2026-06-07T18:00:00+00:00</published>
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            Álava tras el mar. El músico del País Vasco a Gualeguay
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/AnaWgUo5-cm3K6Bg5dN6UJnb2zY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/05/gari_baldi_musico_vasco.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Allí conoció a una compañera que había arribado de algún lugar de Buenos Aires con su familia. En el segundo período radical le acercó una carta enviada desde un Centro Vasco de Zárate, provincia de Bs.As. No hay certezas si la misiva llegó a la “muni” o a la sede de SEGUAY donde ella cumplía horario, inmueble legado por el generoso “Ratón” Hartkopf. Solicitaban información sobre un músico vasco, compositor radicado en el pueblo ya fallecido, cuya obra supuestamente descansaba en los anaqueles de Tribunales, legados en custodia antes de fallecer. Ambos ignoraban al referido de la epístola. Su nombre: Germán María Landazábal Garagalza.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; La obsesiva curiosidad de la historia pueblerina lo llevó a dilucidar la historia del músico vasco. Recabó información y comenzó a deshilar el entramado: un hijo “natural”, una posibilidad de hallar la obra y que los derechos de autor y difusión contribuyeran a las arcas de la tesorería municipal según un abogado allegado al ejecutivo. Fueron charlas de pasillo en la casa comunal y ningún integrante del gobierno se encargó del asunto, diluyéndose entre “dimes y diretes”.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Sucedido el conocimiento del forastero arraigado –me siguió relatando-, continuó tras las huellas y volvió la mitología del paquete de partituras con sus opus de puño y letra.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Ya había detectado fisonómicamente al supuesto hijo “natural” y tuvo la oportunidad de cruzar unas palabras, preguntándole si conocía un músico español radicado y fallecido en el pueblo. Puso cara de “yo no sé” e hizo” mutis por el foro”. La historieta se hacía más atractiva.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Siguió abocándose al derrotero del misterioso vasco-gualeyo y encontró oralidades de su participación en cines de aquella época, películas mudas en blanco y negro como pianista ilustrando el celuloide -lo que hoy se denomina música incidental, improvisando sonoramente el argumento-, tertulias domingueras en casa de estancieros vascos y profesor de piano en su inaugurada residencia.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El siguiente itinerario de la investigación fue tratar de dilucidar el porqué de la elección de este sitio perdido en el mapamundi como su lugar en el mundo.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Llegó en 1923, suponiendo el informante que fue un autoexiliado del “franquismo” o huyendo de sus propios fantasmas. Pero la historia devela aquel año como fundamental del siglo XX con la llegada al poder –tras un golpe de estado- de Miguel Primo de Rivera de la derecha española y no del Gral. Franco en 1936. Intuyó que el exilio se debió al temor de persecución ideológica, pero abandonó la vaga conjetura.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Al Gualeguay Grande llegaron numerosas familias de origen vasco en los siglos XVIII y XIX, cuyos apellidos permanecen hoy en día. Otra fuente&nbsp; nonagenaria le dijo que ya vivían unas primas vascas llegadas desde hacía tiempo a la aldea con nombre de río.</p><p>Ambas teorías podían echar luz en la elección de su destino.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Otra circunstancia ocurrió cuando el famoso arpista español Nicanor Zabaleta llegó al pueblo para ofrecer un concierto dentro de su gira internacional. Una selecta comitiva se reunió en el andén de la estación del ferrocarril para darle la bienvenida. Cuando llegó la locomotora atrasando su paso por los rieles, el músico descendió de uno de los pocos vagones con su equipaje y su instrumento. Zabaleta, agradecido por el recibimiento, dentro de la escueta comitiva reconoció a uno de los anfitriones. Sorprendido, exclamó: “-¡Maestro Landazábal!”, y lo abrazó como a un viejo conocido ante la mirada atónita de la breve muchedumbre que se miraba perpleja, observando al visitante y al vasco ese que nadie sabía de donde ni cómo ni por qué había recalado en la villa.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Nunca supo ni se sabe de la existencia de la obra. El informante también se enteró que llegaron vascuences rastreando el tesoro musical y cultural. La imaginación lo llevó a suponer que su hijo las vendió al mejor postor ignorando el legado artístico-cultural., o que tal vez se las llevó el vasco a su tumba. El misterio sigue intacto.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; En su pueblo natal, Salvatierra de Álava en el País Vasco, hay una asociación cultural y musical con el nombre “Germán María Landazábal Garagalza”, en reconocimiento a la talentosa trayectoria del hijo ilustre. Aquí, en su otro pueblo donde vivió ignorado por “motus-propio” y feneció en 1953 –como sucede normal o naturalmente en este lugar que él eligió y puja en evitar sus memorias-, me pregunto: ¿Habrá una lápida que identifique el descanso de sus huesos?</p><p>En la administración del cementerio no figura en las actas el nombre del vasco. Pero, supuestamente, su osamenta descansa en el Panteón Español de acuerdo al obituario publicado en un diario local de 1953 con el que se lo despidió.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Tal vez, junto a los restos en su sepulcro de madera, las hojas pentagramadas con su obra duerman el sueño eterno extinguiéndose con el tiempo, convirtiéndose en polvo como parte de la materia y pasión de su existencia terrenal.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/AnaWgUo5-cm3K6Bg5dN6UJnb2zY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/05/gari_baldi_musico_vasco.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Quien me contó esta historieta, trabajó en la comuna en el advenimiento de la nueva democracia en 1983. Su ingreso fue por un compañero de promoción, concejal electo, pues necesitaban cubrir el puesto de Prensa y Difusión en el primer gobierno después de la dictadura.]]>
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                                <updated>2026-06-01T15:50:07+00:00</updated>
                <published>2026-05-31T18:00:00+00:00</published>
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