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    <title>El Debate Pregón</title>
    <subtitle>Últimas noticias de Argentina</subtitle>
    <updated>2026-07-19T16:00:04+00:00</updated>
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            El comedor
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                <![CDATA[El Debate Pregón]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/QyFkVjvhzpWzFbrfIguNhyEc8Us=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/07/el_comedor.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Recuerdo una charla con doña Geroma Moreyra –quien dirigía y bordaba las comparsas de gauchos de los corsos antiguos- cuando habló de la “Fonda del austriáco” donde ella trabajó en sus mocedades, el famoso Comedor “El Abrojito” sobre la “calle ancha” cerca de lo que fue el mítico “Bar de lo Barneda” -allá lejos y hace tiempo- y contemporáneamente el “Irun”, “El aeroplano” sobre ruta 11, el “Ferreccio” y los restaurantes del Jockey y el Social. Seguramente me olvido de muchos otros que tal vez no conocí pero quiero referirme a uno en particular a donde asistí cuando fui adolescente.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; La memoria me trae el recuerdo de ese comedor, como a tanta gente partícipe de éste u otros que permanecen en las “saudades” de los vecinos que disfrutaron los encuentros familiares.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; La atracción del lugar hechizaba por la calidad de su breve carta: pastas caseras y milanesas con fritas, una empresa familiar regenteada por sus propios dueños. Él salía de mañana a comprar la mercadería en bicicleta y su esposa era la encargada de preparar las pastas, además de los manteles y servilletas de telas que ella misma cosía pues trabajaba también de modista.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Las puertas del comedor se abrían varios días a la semana y la clientela era fundamentalmente familiar, algún grupo de amigos, viajantes de comercio, gente sola, un transeúnte al paso que cuando pasaba quedaba hechizado por los olores de la salsa o la fritanga. La higiene del local era una obsesión del matrimonio y el ambiente siempre estaba impecable sin ningún olor invasivo o desagradable.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; La mano derecha fue un tipo alto y flaco en la cocina. Los hijos del matrimonio colaboraron en el emprendimiento, pero el dueño cumplía el abanico de actividades: además de gerente era mozo o “garzón” tomando los pedidos y también cocinero cuando ayudaba en el fogón si había muchos clientes. Uno de los hijos que colaboró en las hornallas de aquellas épocas de generosidad, invitaba a sus amigos y no les cobraba. La época fuerte era el verano cuando el comedor cerraba con luz de día, esperando alguna reserva de amigos o parejas que volvían de los bailes de carnaval para recuperar energías después de la ajetreada diversión.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Muchos de mis amigos y conocidos de la adolescencia contaban la experiencia de haber ido a cenar al Comedor de Burlando, a tal punto que uno ellos fue un persistente habitué de su servicio gastronómico y no tardó en entusiasmarnos: “-¿Y si vamos una noche a cenar?”, y ahí nomás aceptamos el convite y decidimos ir a celebrar el Día del Amigo.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Bien acicalados, los zapatos rebosantes de betún y con las mejores pilchas, concurrimos. Mi timidez adolescente inauguró una salida burguesa entrando en el palacio condecorado con una simbólica “cinta azul de la popularidad gualeya” a vivir una ignota experiencia. No había muchos parroquianos todavía, nos sentamos a una mesa y empezó a poblarse de comensales el salón. Ahí apareció en escena el susodicho, impecablemente vestido.</p><p>“-¡Buenas noches!”.</p><p>“-¡Buenas noches don Burlando!”-dijo el conocido-.</p><p>“-¿Qué les sirvo?”</p><p>“-Aquí traje unos amigos que quieren probar la mejor milanesa con fritas que se come en Gualeguay! Y para tomar tres gaseosas”.</p><p>Era de cajón que siendo unos imberbes no nos iban a servir alcohol, ni cerveza ni vino. Y allí vimos el primer paso de comedia, yendo a la cocina, descolgando el delantal y ordenando la comanda:</p><p>“-¡Marchen tres milanesas compleetaaas!, perdiéndose entre bambalinas, mientras el otro amigo y yo empezamos a participar de la obra teatral que se repetía cotidianamente. Tal vez era un pasaje de la Comedia del Arte con Arlequín, Colombina y otros personajes.</p><p>Despertado el apetito llegó Burlando con tres platos voladores con unas alpargatas del cuarenta y cinco atiborrados de papas fritas y nos dimos al festín. Nos costó depredar semejante manjar generoso, pero sucumbiendo al hedonismo nos entregamos a los placeres del paladar y no dejamos ni una miguita.</p><p>Pipones, con los cintos flojos, volvió el dueño-cocinero-mozo a preguntar si íbamos a pedir algo más. Como todo era un ritual y la puesta en escena teatral estaba prolijamente ensayada, el conocido le pregunta:</p><p>“-¿Qué hay de postre don Burlando?”. Y éste era el segundo paso de comedia tan ansiado por escucharlo y vivirlo. Con una voz aguda nos respondió el parlamento del libreto:</p><p>“- Queso y dulce, dulce y queso, dulce solo o queso solo”.</p><p>Le pedimos tres gaseosas más y nos morfamos el mítico “vigilante” después de las milanesas completas. Mi amigo y yo le agradecimos la invitación al conocido habitué por la experiencia compartida y cada uno de los comensales pagó su parte. Luego de embolsar la billetera, le agradecimos al anfitrión resaltando la calidez de la atención y calidad de sus milangas con fritas. Al recuerdo de una nieta, su Tata y su Lala eran tan buenos como el pan que servían.</p><p>De allí nos fuimos a “La Mayo” a celebrar con unas cervezas negras y unas “bolillas”- botellitas de “Naranjina” con o sin gas fabricada localmente para mezclarlas con la birra-&nbsp; a charlar sobre la obra de teatro pueblerina y costumbrista que habíamos vivido en tiempo real, dentro del mítico escenario.</p><p>Décadas después de aquella emblemática cena, cuando comentaba la singular experiencia del Comedor de Burlando, alguien arrastrando su carro de más de seis décadas me dijo: “-¡Yo también fui al bodegón del “Dulce y queso” con mi novia después de un baile en Sportiva, la que hoy es mi mujer!”</p><p>Pero ésta es otra historia…</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/QyFkVjvhzpWzFbrfIguNhyEc8Us=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/07/el_comedor.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Cuántas fondas, bodegones habrán encendido los fogones y abierto sus puertas con el mobiliario de mesas, sillas o banquetas rústicas, viandas, platos y cubiertos a lo largo de más de tres centurias en el pueblo de la ribera. No he encontrado un trabajo de investigación que rescate del olvido algún sitio de ellos, salvo un libro sobre boliches antiguos familiares que amalgamaban copas con truqueadas y convocatorias esporádicas de asado, pescado frito y variedad de exquisiteces como en otras cantinas de clubes.]]>
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                                <updated>2026-07-19T16:00:04+00:00</updated>
                <published>2026-07-19T16:00:00+00:00</published>
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            El número 18
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/XyCgcOsuecjducp6IndvpZbS2W8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/07/acuarelas.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>La sobreprotección de su familia –devenida por un destino trágico- hizo que al sobreviviente lo condenaran a un cuidado exagerado de todo tipo y tono. Por eso del resfrío no lo dejaban ir al Centro; así, cubierto con campera o sacón, bufanda, guantes y pelota, esperaba algún contemporáneo cristiano que le regalaba unos toques –un tiki tiki- y continuar su camino hacia el Parnaso de contención que era el Centro Nacional de Educación Física.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Su padre lo llevó para comprarle una pelota de cuero pequeña para su edad con cascos azules y amarillos. “Camarada”, el dueño y vendedor, trató de concretar la venta adornando el producto: “-¡A esta ni el Loco Gatti la ha tocado!!!”</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Al regreso del “entrenamiento”, en el patio de los vecinos, era pasar por la mano de la mama como control antidoping quien metía su mano en la espalda bajo la ropa y comprobando que la camiseta estaba mojada, casi ahogada de transpiración, soportaba estoicamente los chirlos y coscorrones por desobediente. Cuando se puso de moda el softbol, lo practicó y habiendo sido convocado para la selección del pueblo para participar en un torneo argentino en Bahía Blanca, no lo dejaron ir.</p><p>Así y todo, era feliz.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Pero no todo era fútbol. Había mística con su abuelo guitarrista &nbsp;y a pesar de una tía que lo taladraba con que “la guitarra es un adorno personal” estaba presente el mandato, la herencia del abuelo depositada en él. Llegaba del jardín de infantes y preguntaba por el abuelo; ya viejito, al borde de su cama, abrazado a su guitarra –con la que aprendió, con clavijas de madera- y él con una de juguete acompañándolo, molestándolo. Y según sus mayores, el viejo celebraba la inquietud diciendo y vaticinando que iba a tocar la “viola”…</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Domingos de “Apolito”, pizza y “Cola”. Elegían la mesa contigua al exhibidor de golosinas que tenía un vidrio roto, alguna cargada por teléfono en el teléfono público de la Compañía bien enfrente, joder al mozo don Antonio en una o dos porciones y una gaseosa y Titas y Rodhesias robadas para el postre en plaza Constitución.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Tal era la pasión por la pelota, que el Doctor dueño de casa –donde el patio de baldosas se convertía en un microestadio- incentivó a formar un equipo de babyfútbol. Las tardes de “entrenamiento” fluctuaban entre los patios vecinos de “Madalena” al este –por Monte Caseros- y el de madame Pelayo por Remedios Escalada de San Martín, (ambas familias vecinas sin hijos). Cuando la pelota invadía los predios privados, era regla que el pateador compulsivo debía hacerse cargo e ir a buscar el esférico.</p><p>El asunto fue que la cofradía de los supuestos “elegidos” deportistas y futboleros inauguraron el modus-operandis de lo que hoy se conoce como bullying: lo ningunearon y destrataron como un pobre burro, adjudicándole en el equipo de bayfutbol de cinco o siete integrantes el número 18, siendo como un aguatero o cobrador de una cuota mucho más importante que su inclusión como jugador.</p><p>Desde temprano sus facilidades artísticas lo destacaron del resto. Dibujaba bien, en la escuela dibujaba goles de los equipos de sus compañeros por un sánguche de mortadela y queso con una gaseosa. Con la guitarra y buen oído estrechó un vínculo con el hijo del medio del doc y empezaron a componer canciones, armaron una batería con envases de cartón de dulce de leche y platillos de lata con la tapa circular de los envases de dulce de batata o membrillo. Y en las siestas u otros momentos, lograba intimidad con las damas de la servidumbre de esa cuadra quienes le abrían las puertas del Paraíso del placer. Pero nunca acusó gran talento para el deporte. Aunque haya sido ordinario fue uno del montón y el proyecto del equipo baby nunca se concretó.</p><p>&nbsp;</p><p>Pasaron años, décadas; no supo algo ni nada de aquellos compañeros de infancia. Nunca supo si alguno de aquellos se jugó por jugar. No los volvió a ver.</p><p>La pasión por el arte, la música, la composición lo llevó a participar en conciertos emblemáticos de la recuperada democracia, registrada “en letra de molde” en diarios de tirada nacional.</p><p>Como no abandonó su solar natal, el destino quiso que la casa de Madame Pelayo –donde antes vivió el escritor Amaro Villanueva- fue propiedad de la familia de su amigo y compadre.</p><p>Un día, una tarde, celebrando un reencuentro con el padrino de su hijo y otro amigo, &nbsp;pelotudeando en el patio de la otrora huerta de Madame Pelayo, el número 18 presentó sus credenciales. Fue como si se calzara los “sacachispas” de aquella infancia remota en el patio de su casa natal. Pateó la pelota que cobró vida propia y se fue rápida, veloz y fuerte a culminar su destino en un vidrio de una claraboya de aquel potrero infantil: el microestadio del Doctor.</p><p>¿El destino hizo lo que nunca se hubiera atrevido? ¿Venganza celestial, mandato de los Dioses? ¿Tanto rencor tuvo tanto tiempo para madurar? Si no hubiera sido por ese pelotudeo se hubiera llevado el hilo sin el nudo para siempre.</p><p>En el apretado tejido de la cuadra de ese barrio, la infancia, los compañeros que no llegaron a ser amigos, las pasiones quedaron así en la urdimbre del recuerdo. Y una vieja pelota volvió a rodar para cicatrizar los viejos rencores y a cerrar un capítulo.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/XyCgcOsuecjducp6IndvpZbS2W8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/07/acuarelas.webp" class="type:primaryImage" /></figure>“_ Máaa ¡!!! Voy a la vuelta ¡!!!!!”
“_ No vayas a jugar al fóbal que vas a transpirar y te vas a enfermar ¡!!!!”, respondía la mama.
	Él tenía un pequeño estadio en el conciso patio de su casa donde jugaba solito pero su imaginación lo llevaba a competir desde los clubes pueblerinos hasta Boquita y la Selección Argentina en un microcosmos que duraba lo interminable hasta antes de la merienda.]]>
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                                <updated>2026-07-12T20:06:58+00:00</updated>
                <published>2026-07-12T20:06:31+00:00</published>
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            El ensayo
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                <![CDATA[El Debate Pregón]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/mBmOknSd8qnHPOFqXPWJvRX486s=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/07/gari_baldi_el_ensayo.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Él, escritor, investigador y divulgador amasaba sus primeros cacharros con breves publicaciones en una etapa de aprendizaje. Trabajaba en un ensayo sobre la muestra de Marcel Duchamp y su obra “La fuente” (Fountain), creada en 1917,&nbsp; un urinario –mingitorio o inodoro- presentado en una exposición de sus obras en New York que marcó un hito fundamental en el arte contemporáneo y el movimiento “Dadá”. La visión del arte conceptual lo puso en uno de los primeros vanguardistas donde un objeto de uso sanitario y escatológico desafió la idea del “buen gusto” imperante del “arte bello”, visualmente placentero definido como “arte encontrado”. Eran los inicios del siglo XX con nuevas corrientes estéticas.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; En sus investigaciones de los artefactos del baño logró encontrar el origen de bidé, un pequeño mueble para higienizarse que tiene su origen en bidet: “caballito” o pony en alusión a la postura que se emplea durante su uso, invención francesa del siglo XVIII.</p><p>Casi concluyendo su trabajo, se comunicó con el Maese para que lo desasnara con la historia y el origen etimológico de la pieza higiénica de cerámica, tan preciada y tan presente en las rutinas diarias, a fin de completar el ensayo sobre el urinario de Duchamp, obra del arte contemporáneo.</p><p>El Maestro, generoso, le respondió y envió una breve y detallada historia del artefacto que cambió esas maneras primarias de perderse entre piedras o montecitos, resguardando la intimidad del ser con las propias concentraciones y meditaciones de un animal encontrándose con sí mismo.</p><p>“Los elegidos que partieron al medio las antiguas costumbres antiguas y salvajes, en esa grieta cosecharon revolucionarios inventos. El excusado o retrete fue paulatinamente perdiendo protagonismo de las necesidades ancestrales con las nuevas generaciones que pueblan las urbes cosmopolitas y el derrame en ciudades y pueblitos para tener una calidad de vida acorde a tiempos presentes y venideros.”</p><p>“Ninguno de los seres vivos sabe e ignora la potencialidad de la reflexión en el momento aciago donde la existencia provee y dicta el discernimiento en la pausa gravitacional del ser.”, escribió en su ensayo.</p><p>El epílogo del trabajo lo remató el Gran Maestro con una joya etimológica que no deja dudas de su brillante saber e ilustración:</p><p>La palabra “inodoro” no tiene origen latino, como la mayoría de los etimólogos suscribe, como inodorus (“sin olor”), sino de una antigua expresión del desaparecido pueblo de los Dorios, una civilización que habría florecido hacia el 3200 a.C. en algún lugar entre Mesopotamia y el Plomerio Hitita.</p><p>Cronistas griegos mencionan vagamente a un legendario rey llamado Ino de los Dorios de la dinastía de los Cloacos, también conocido como “El Sentado”. La tradición cuenta que Ino el Dorio, gobernaba desde un trono de mármol perforado, convencido de que las mejores decisiones de Estado surgían durante los momentos de reflexión intestinal.</p><p>Con la caída del reino, los mercaderes fenicios llevaron el invento por el Mediterráneo. Los romanos adoptaron el término como inodorum, creyendo erróneamente que significaba “lugar donde se medita”.</p><p>Existe incluso una leyenda según la cual el rey Ino el Dorio (a la postre Ino-Doro) desapareció misteriosamente durante una sesión particularmente prolongada de deliberación estratégica. Sus súbditos, preocupados por la demora, derribaron la puerta de la cámara real y sólo encontraron una inscripción grabada en piedra:</p><p>“Fui a inventar el papel, pero vuelvo enseguida.”</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/mBmOknSd8qnHPOFqXPWJvRX486s=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/07/gari_baldi_el_ensayo.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Lo conoció por sus publicaciones en sitios y revistas especializadas, un monje agustino que daba cátedra con su insuperable sapiencia en la etimología.]]>
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                                                <category term="locales" label="Locales" />
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                <published>2026-07-05T18:00:00+00:00</published>
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            El entrerriano
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/a7TMcLZxPWCZmAAu-Ianv-_TNrM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/06/acuarelas_pueblerinas.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Recibido de la secundaria, tuvo su primer trabajo en la radio local como locutor e informativista. Allí conoció a compañeros avezados en el éter por su experiencia. La programación musical le ofreció un abanico de géneros desconocidos: tango, rock, además del folklore que formaba parte de sus escuchas infantiles y familiares.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Ya crecido como pibe de veinte y pico, en las nochecitas se escapaba al club a dos cuadras de su casa y allí conversaba con los parroquianos concurrentes, todos trabajadores de oficio: albañiles, carpinteros, plomeros, electricistas, en fin. Era como un “Juan Preguntón” queriendo saber de las rutinas y la vida de esos guerreros de la supervivencia.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Uno de esos habitués trabajaba la madera. Se las rebuscaba con su mano de obra arreglando muebles viejos. Conocía el oficio por su familia y ese era su pan cotidiano que regalaba en el boliche del club. La breve hacienda de la casa heredada por abuelos y padres comenzó un periplo de irse como el agua.</p><p>Una noche trajo una guitarra y quebró el truco y las ginebras tocando –bien pifiadas- unas piezas musicales. Tocó un valsecito intitulado “Lejos de Gualeguay” y un tanguito que fascinó al muchacho pues la presentó como “El entrerriano”. Al gurí curioso lo fascinó de tal manera que quiso saber –más allá de la belleza de la composición-, quién era el autor o el compositor. El hombre campechano le tiró bardo y le dijo que no importaban esos “rascatripas” de conservatorio si no la melodía, pues no sabía de quien era.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; En noches subsiguientes, después de un truco y unas ginebras en el boliche, el joven lo llamó aparte preguntándole sobre el tango. Había averiguado escuetamente la historia de la composición antigua y el creador. El viejo músico y carpintero ratificó que nada sabía del tal señor, que lo único que él hacía era tocar ese tango que le gustaba.</p><p>Pero, entre los vahos de alcohol y unas barajas sin fortuna le confesó un sueño que tuvo: “Un cantor y una cantante de los que escuchaba en la radio me convocaban: esas figuras mayores querían venir al pueblo y que yo las acompañara con mi vieja “viola” y después que fuera a Buenos Aires para acompañarlos con unos tanguelis. Presionado por el convite me dije: si voy, tengo que tocar “El entrerriano” y me calcé el saco y el “funyi y un poncho con la bandera del Pancho”. Y ahí lo aprendí, como pude, soñando ir a Buenos Aires, ser músico exitoso y olvidarme de la cotidianidad del yugo.</p><p>* * * * *</p><p>Nació en Buenos Aires en 1868, un afroargento que estudió piano motivado por su pasión&nbsp; recibiendo una herencia de su abuela que lo había criado y la dilapidó. Desde joven tocó en casas de bailes modestos y en prostíbulos clandestinos como “La vieja Eustaquia”, “La parda Adelina” y “María la Vasca” con clientelas de buena posición social. Las teclas negras del piano reflejaban su piel y la zurda estrepitosa y hábil lo distinguían como un músico singular.</p><p>Dicen que en 1897 estaba amenizando veladas en la casita de María Rangolla, “La vasca”, tratando de ganarse unas monedas como en todos los “piringundines” de esos días de posguerra de la Guerra contra el Paraguay y la Campaña al Desierto. Aquellos músicos eran más malabaristas que instrumentistas y bufones de la Edad Media, sobrevivientes empedernidos de conseguir algo de pan y puchero para calmar su pobreza diaria.</p><p>Las propinas eran su haber porque no había derechos de autor en aquella época. Se estilaba dedicar composiciones improvisadas con nombre y apellido para algunos concurrentes pudientes que celebraban la dedicatoria con un billete de cien pesos a los compositores que los habían homenajeado. Un bailarín del sucucho le sugirió al pianista que le dedicara su obra recién estrenada a un cliente, Ricardo Segovia, estanciero entrerriano que llegaba para tirar “manteca al techo” al ranchito y burdel de “la Vasca”. El hacendado se llevó el honor y el músico sus bolsillos llenos con los cien pesos.</p><p>Los registros dicen que la partitura de “El entrerriano” (circa 1897/98) es una de los primeros tangos impresos y fundacionales de la “guardia vieja”.</p><p>Anselmo Rosendo Cayetano Mendizábal, enfermo, casi ciego, postrado con parálisis y en la miseria falleció a los cuarenta y cinco años.</p><p>Al joven ya adulto le preguntaron por su investigación. Respondió que solamente era un curioso y lamentaba que no hubiera reconocimiento para esa fauna que deambula por los márgenes y pretéritos de la cultura popular. La academia prescinde del valor identitario, aun cuando los cimientos simbólicos de los pueblos la trascienden.</p><p>Rosendo no se fue como otros que no se han ido. Están aquí, todavía,&nbsp; acompañándonos con sus creaciones. ¿Serán eternos como Gilgamesh?</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/a7TMcLZxPWCZmAAu-Ianv-_TNrM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/06/acuarelas_pueblerinas.webp" class="type:primaryImage" /></figure>El pueblo natal ofrecía alternativas para encontrar tanto el puchero como la vocación. Así, en las gambetas del destino deambuló por distintos oficios: dibujante desde gurí, artesano, consiguió laburo en un diario. Su madre había trabajado en una imprenta antigua conociendo el tablero de la imprenta de Gutenberg relacionada con pequeñas galeras de plomo y diagramar tarjetas, algún periódico y otros menesteres que la gráfica con letras de molde y tinta le ofrecía sobrevivencia.]]>
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                <published>2026-06-28T18:00:00+00:00</published>
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            El almuerzo
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                <![CDATA[El Debate Pregón]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/BGYUZjZpXd57He0RmIbduaJhOsQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/06/el_almuerzo.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Ella era hija de un médico del pueblo y él un advenedizo doctor clínico recién recibido. Sentados en un banco de la pérgola con cielo de glicinas, concertaron verse una vez a la semana, luego fueron dos y el asunto amoroso prosperó. La cosa iba en serio. Él, enamorado, le hizo declaración de matrimonio; ella, enamorada también, le dijo que había que formalizar la relación y tendría que&nbsp; ir a su casa a pedirle “la mano” a su padre. Después de un breve silencio, él respondió: “Así debe ser…”.</p><p>Esos cánones sociales, culturales y porque no religiosos eran lo común de aquellas épocas. Nuestra generación&nbsp; ya no participó de esa regla y ni hablar de las nuevas con nuestros hijos que se ennovian y se casan a la vez.</p><p>Por supuesto que hubo siempre otros pretendientes que elegían apuntar a una presa adinerada para salvaguardar un futuro promisorio y “tener la vaca atada”, prácticas desleales de personajes oscuros. Pero este no era el caso.</p><p>Ella habló con sus padres y luego con sus hermanas y hermanos de su incipiente noviazgo. Le parecía buena persona, transparente, profesional, que se sentía cómoda y respetada, era educado, muy caballero, que no tenía nada que objetar y que al fin: estaba enamorada.</p><p>Sus padres no respondieron inmediatamente y quedó un silencio que cubrió los días siguientes como si estuvieran nublados. Ella soportó estoicamente la mudez de sus padres, sintiéndose firme de haber blanqueado su situación. Quería casarse con él.</p><p>Pasó una semana y su padre la convocó. El patriarca facultativo, sentado en su cómodo sillón con un vaso de whisky antes de cenar “pues abre el apetito” junto al hogar que calentaba el estar, escuchaba música clásica en su radio a válvulas y le pidió que se sentara. Le brindó la respuesta a su petición, que con su esposa habían accedido y les encantaría recibir al pretendiente con un almuerzo.</p><p>Domingo al mediodía. Ella se vistió con lo mejor de su ropero mirando insistentemente el reloj de mármol que con su tic-tac implacable y sus agujas parecían que detenían el tiempo.</p><p>A las doce y media se escuchó el timbre y todo el mundo de la casa agilizó sus quehaceres pues llegaba la visita. Ella lo recibió, espléndida, él de traje y corbata con un ramo de flores y una botella de vino agradeció tímidamente. Le retuvo el saco y lo condujo al estar donde estaba su padre escuchando Bach y su vaso de whisky. Hicieron la ceremonia de la presentación, el médico lo convidó con la bebida para distenderlo pero se opuso. Conversaron entre colegas y el pretendiente realizó su discurso interminablemente pensado para pedir la mano de su hija, hasta que desde la cocina se escuchó el llamado al “rancho”: “- ¡Ya está la comidaaa!!!</p><p>El futuro suegro lo invitó a pasar al comedor. La mesa servida con mantel, platos y copas para el agua y el vino montaron una escenografía teatral de ágape y un grato recibimiento expresado. El médico, ocupando el lugar del dueño de casa ubicó al pretendiente a la derecha de la mesa y en la otra punta estaba su esposa, la futura suegra que parecía muda y los demás lugares para la pretendida, sus hermanas y hermanos. Faltaban los candelabros con velas pero como era medio día, la luz a través de los vidrios de colores de la mampara, como un arco iris, iluminaban el ritual.</p><p>El patriarca llamó a la servidumbre y apareció en escena Juana, mujer morena entrada en años, cocinera, ama de llaves, criada cama adentro quien resolvía el fogón y la limpieza diaria de la pequeña mansión.</p><p>“-¿Qué nos ha cocinado para esta ocasión?”-dijo el dueño de casa-.</p><p>Juana agachó la cabeza, hizo una pantomima reverencial respondiendo:</p><p>“- Ravioles con estofado. ¿Le gustará al señor?”</p><p>“-¡Por supuesto!! ¡Muy agradecido!- respondió el invitado-.</p><p>En esas conversaciones en la plaza, ella no había indagado en sus gustos gastronómicos: lo otro era importante.&nbsp; Él odiaba los ravioles pero ella nunca lo supo pues no le preguntó.</p><p>Los platos no presentaban porciones abundantes pero era una regla servir caliente para luego repetir, conservando la temperatura en la olla de fierro que comandaba Juana. Servida la mesa, el anfitrión dio la orden de largada abriendo las gateras: “-¡ Bon appetit!” y los comensales se entregaron al festín.</p><p>Culminado el almuerzo, Juana empezó a retirar los platos y preguntó al pretendiente:</p><p>“-¿Le gustó al señor?”</p><p>“- ¡Exquisito! ¡Un manjar!” – agradeció amablemente-.</p><p>En sucesivos encuentros, antes de casarse, cada vez que venía a almorzar o cenar, ya consumado el noviazgo y el inminente casamiento, Juana le cocinaba ravioles.</p><p>Esa complacencia lo ardió como un leño del fogón de la morena y en tiempos de matrimonio, en la cocina “económica” daba rienda suelta a churrascos y costeletas con ensalada, buseca y algunos guisos carreros.</p><p>Nacieron dos hijos. Sus suegros, Juana, los cuñados y el paso del tiempo lo dejaron solo con su viudez. El reloj de mármol detuvo su andar a la hora que su bendita esposa dejó el mundo terrenal.</p><p>Sentado en su sillón, mirando la tele con su vaso de whisky –hábito heredado de su suegro “para abrir el apetito”- y como ritual rutinario de sus últimas tardecitas después de cerrar el consultorio, se quedó dormido para siempre, sin almorzar ni cenar ravioles junto al hogar donde la leña y su crepitar fueron testigos de su breve y vertiginosa existencia.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/BGYUZjZpXd57He0RmIbduaJhOsQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/06/el_almuerzo.webp" class="type:primaryImage" /></figure>La verdad es que no sé cómo se conocieron. Tal vez en la famosa “vuelta del perro” que otrora se realizaba los domingos en la plaza principal, donde las columnas de damas y caballeros se cruzaban y “entre mirada viene y mirada va” –como dice la canción-, las flechas de Cupido se lanzaban como dardos.]]>
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                                <updated>2026-06-21T18:00:04+00:00</updated>
                <published>2026-06-21T18:00:00+00:00</published>
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            La nao sinfónica
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                <![CDATA[El Debate Pregón]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/HIt4tt2LOpVlWiMAWrlMEH1FEBs=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/06/gari_baldi.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Antes, los pueblos originarios nómades -cazadores y recolectores- convivieron con el agua, el monte, su cultura ancestral, su economía natural o “edenística” que les ofrecía el entorno. El paganismo o salvajismo de los naturales a la mirada de los invasores de aquellos que tenían su propia cultura, religiosidad, simbolismos heredados desde tiempos seglares de los antiguos dueños de la tierra, fue la sacrílega “evangelización” con la cruz y la espada de los conquistadores.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Nuestro gran poeta nos reza: “Me atravesaba un río…”. Sí, nos atraviesa el flujo temporal, vertiginoso que viaja hasta el mar, como la vida misma.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El parque y el balneario convocaba como si fuera el patio abierto del pueblo para disfrutar y compartir en comunidad. En aquellos días infantiles crecimos, húmedos de verde, anzuelos, lombrices, mates y bicicletas buscando -quién sabe- un reencuentro espiritual primigenio con los otros, uno mismo y la Madre tierra y el Padre Río. El olor del barro, la arena húmeda, perfume de mojarras, el bigote de los bagres, la fragancia de los árboles y el viento emponchándonos del aliento del patriarca nos vestía con los mismos bagajes que aquellos dueños del Paraíso.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; A la vera del río se alzaron construcciones de todo tipo, muchísimas humildes y otras sofisticadas. Un predio alojaba una pequeña vivienda de material, techo de tejas a dos aguas, un par de arcadas en la reducida galería y una sola pieza. Supimos que pertenecía al “Dr. M.” Era encantadora, situada al borde el río donde la calle San Antonio se ahoga en el sitio antiguo de Puerto Barriles.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Algunas mañanas llegaban al parque lanchones del Tigre con frutas y verduras. “El chingolo”, “El rosarino” cargados con una paleta de colores de la circundante producción. Era una fiesta ir a comprar frutas como caquis, sandías, melones, tomates, calabazas, frutos de la tierra cosechadas en otros sitios distantes a buen precio. Y un paseíto con papá y mamá.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Las siestas se pasaban a la vera del río, mate por medio con el manto de sombra de sauces y el sonido del agua fluyendo. Los pájaros en coro componían una sinfonía acorde al paisaje fluvial y vegetal donde nosotros, gurises, liberados de solapas, pintábamos con el silencio mágico de la costa.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; En una de aquellas, en la quietud serena de los duendes no advertimos que los pájaros se habían llamado a silencio. Un murmullo indescifrable empezó a crecer propagándose por la galería de agua. A medida que se acercaba tomaba forma y oímos música. Sorprendidos nos miramos en silencio. Observamos abajo y arriba y la música crecía en volumen, se aproximaba. La orquesta sinfónica frotaba sus cuerdas, sus vientos en un concierto como si la masa líquida reverberara aún más los armónicos.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; A medida que se acercaba, Mozart, Beethoven, Bach, Vivaldi o no sé quienes inundaban de sonidos el corredor del río como si fuera la nave central de una basílica natural. Parecía que íbamos a ver una flota de varias embarcaciones con músicos y remeros en un convoy. Pero allí aparecía el “Dr. M.” remando en su “guigue” con una radio a pilas, silencioso, desplazándose en el carrito de su nao monoplaza como el director con la batuta de sus remos río arriba, provocando la magia. Absortos, lo vimos pasar en su delgada embarcación como un Almirante solitario dirigiendo la orquesta.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Manejaba los remos con el andante del primer movimiento. El adagio desaceleraba el ritmo cardíaco como un descanso hasta que el andante maestoso lo impulsaba hasta el final de la sonata.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El “Dr. M.” sintonizaba Radio El Sodre, estación uruguaya que transmitía música clásica y acompañaba sus ejercicios físicos, remando hacia un puerto indefinido o certero donde arribar y culminar para luego regresar de su rutina.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Las escapadas siesteras a conversar con el río se volvieron cotidianas, esperando que el tiempo y territorio de la solapa nos trajera el concierto del Capitán. Pero no lo vimos ni escuchamos más la música que transcurría como el agua.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El tiempo pasó. Aquellos gurises hoy son adultos, padres de familia, algunos abuelos y jubilados. El río navega su viaje eterno por su cauce antiguo y aquel de las siestas es un charco quieto en el reservorio. La música también es otra y se escuchan desde los automóviles, con sofisticados reproductores y parlantes, las nuevas tendencias que identifican a las nuevas generaciones.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Seguramente, la nao sinfónica tocó su último concierto cuando encontró el muelle del puerto que estaba esperando al Almirante, ya cansado de tantas remadas.</p><p>Un silencio se escribió en el último compás del concierto y la batuta se hundió en el río…</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/HIt4tt2LOpVlWiMAWrlMEH1FEBs=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/06/gari_baldi.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Somos criaturas de río. Desde que el fundador decidió desmontar y nombrar “Pago del Habra” a la tierra donde se distribuirían los sitios de las manzanas a los primeros pobladores colonos, cerca del río, la decisión marcó el destino.]]>
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                                <updated>2026-06-14T18:00:05+00:00</updated>
                <published>2026-06-14T18:00:00+00:00</published>
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            La música de Eolo
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                <![CDATA[El Debate Pregón]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/bDpXVcXzVZzPpbroqGDg_pqv6d0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/06/la_musica_de_eolo.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>La escucha se volvía mística, sobrenatural. Caminando las cuadras del antiguo damero, esa música extraña, monocorde acompañaba el ritmo de los pasos por las veredas o el transitar de la “bici” en las calles arboladas.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; La explosión de la televisión cubrió techos y azoteas con aquellas torres delgadas como obeliscos para colocar en sus cimas las antenas, refugio de bandadas de golondrinas. Tres o cuatro tiros de alambre tensado cual obenques, sostenían la estructura de metal desde las paredes de las casas. En un tiempo vertiginoso, el paisaje aéreo fue multiplicándose y no quedó manzana del pueblo que no estuviera plagada de antenas con alojamiento temporal de las aves migratorias.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Cuando la señal era nítida en el televisor, en su casa decían “se ve como un espejo”. La mayoría de las veces se veía imagen borrosa, “con lluvia” supuestamente por la mala señal y en días y noches de mal tiempo se abandonaba el monitor blanco y negro y se encendía la radio, aunque con descargas, como antes.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Escuchando atentamente, me sumergía en el relato del hombre mayor que hablaba convocando sus recuerdos, ante un joven ignorante del pasado de su solar natal. Claro, nunca vi esas antenas, salvo alguna u otra que todavía sobrevive preguntándome el porqué de esas torres metálicas.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Entre mate y mate continuó la charla. Pasó mucho tiempo para que él comprendiera lo que sucedía con el fenómeno. En realidad lo tenía en sus manos cuando comenzó a estudiar guitarra, pero fue más allá por su curiosidad que por ser un buen instrumentista. Las cosas se compensan.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Atrapado por resolver el enigma se volvió un estudioso de la acústica, a pesar de su básica formación escolar. Conoció a Pitágoras con su teoría de la música cósmica, de la división del monocordio con sonidos consonantes a través de la aritmética y sus Tetraktis y por ende el funcionamiento de los cordófonos. Ahí encontró la punta del ovillo para entender y comprender el sonido extraño y fascinante que acompañaron sus primeros días: los tiros tensados de las antenas eran sacudidas por el viento; al agitarse un cuerpo elástico –como una cuerda de guitarra- sus moléculas entran en vibración y producen sonido, un hecho natural explicado por la física, como la cuerda prístina tensada del arco para lanzar la flecha o la “voz” de las casuarinas.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; “La luz viaja más rápido que el sonido. Basta ver los relámpagos, los rayos y luego el gruñido del trueno. Pero en este caso fue al revés: la luz del conocimiento llegó después.”, reflexionó.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Las arpas eólicas de la antigüedad resonaron en el aire de su niñez, como si el tiempo no hubiera transcurrido. Realizó una prueba en el patio de su casa y se produjo el milagro.</p><p>“-Cuando lleguen los días ventosos de primavera haremos la experiencia” – me dijo-.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Estuve ansioso hasta que un día pasó por mi casa. Venía con su guitarra y me dijo:&nbsp; “-Vamos al río…”.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; En el tiempo de siembra con los vientos desatados pude encontrar a Odiseo o Ulises en su desesperado regreso a Ítaca desde la pluma de Homero, en la Isla del Rey Eolo que le dio una bolsa con los vientos para reencontrarse con su amada Penélope y volver a su morada: Ítaca, trocando el mar mediterráneo por nuestro río de agua dulce.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El son inquietante en el aire dejó de ser un misterio. Pero él mismo se preguntó si habiendo resuelto el enigma por la razón, le había quitado la magia a ese arcano que habitó sus primos albores. La aventura de la curiosidad que lo rescató de su ignorancia y el encanto de preguntar y preguntarse, tal vez sea una manera de salvaguardar la verdad genuina y primigenia, desnuda para vestirla -como hace tiempo- con las ropas que impone el poder y la dominación cultural global del actual conocimiento, aunque todavía no se descubren como las culturas antiguas dilucidaron hace milenios aquellas prístinas sapiencias.</p><p>De todas maneras la aventura, la adrenalina, el éxtasis de ir transitando el proceso creativo es en sí mismo lo más rico y deslumbrante. Ya lo dijo un poeta: “Caminante no hay camino: se hace camino al andar.”</p><p>Después de esa inolvidable experiencia con el amigo, intento balbucear algunas notas con la guitarra tratando de hallar respuestas a los acertijos de la música, reencontrándome en los pasos perdidos y las arpas del viento del Maese.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/bDpXVcXzVZzPpbroqGDg_pqv6d0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/06/la_musica_de_eolo.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Fue en los remotos días de su infancia. Sobre las casas y calles del pueblo, un sonido –tal vez celestial- inundaba el aire y los oídos. A veces –recordaba- los vientos traían babas del diablo que se enredaban en el cableado de la electricidad y flameaban como banderas desflecadas. La respuesta de los mayores decía que eran “resabios del mar cuando está bravo” y el viento del este traía las estopas de espuma del océano. La ciencia dice que esos “hilos de la virgen” son producidos por arañas que flotan en el aire.]]>
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                                <updated>2026-06-07T18:00:19+00:00</updated>
                <published>2026-06-07T18:00:00+00:00</published>
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            Álava tras el mar. El músico del País Vasco a Gualeguay
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/AnaWgUo5-cm3K6Bg5dN6UJnb2zY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/05/gari_baldi_musico_vasco.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Allí conoció a una compañera que había arribado de algún lugar de Buenos Aires con su familia. En el segundo período radical le acercó una carta enviada desde un Centro Vasco de Zárate, provincia de Bs.As. No hay certezas si la misiva llegó a la “muni” o a la sede de SEGUAY donde ella cumplía horario, inmueble legado por el generoso “Ratón” Hartkopf. Solicitaban información sobre un músico vasco, compositor radicado en el pueblo ya fallecido, cuya obra supuestamente descansaba en los anaqueles de Tribunales, legados en custodia antes de fallecer. Ambos ignoraban al referido de la epístola. Su nombre: Germán María Landazábal Garagalza.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; La obsesiva curiosidad de la historia pueblerina lo llevó a dilucidar la historia del músico vasco. Recabó información y comenzó a deshilar el entramado: un hijo “natural”, una posibilidad de hallar la obra y que los derechos de autor y difusión contribuyeran a las arcas de la tesorería municipal según un abogado allegado al ejecutivo. Fueron charlas de pasillo en la casa comunal y ningún integrante del gobierno se encargó del asunto, diluyéndose entre “dimes y diretes”.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Sucedido el conocimiento del forastero arraigado –me siguió relatando-, continuó tras las huellas y volvió la mitología del paquete de partituras con sus opus de puño y letra.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Ya había detectado fisonómicamente al supuesto hijo “natural” y tuvo la oportunidad de cruzar unas palabras, preguntándole si conocía un músico español radicado y fallecido en el pueblo. Puso cara de “yo no sé” e hizo” mutis por el foro”. La historieta se hacía más atractiva.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Siguió abocándose al derrotero del misterioso vasco-gualeyo y encontró oralidades de su participación en cines de aquella época, películas mudas en blanco y negro como pianista ilustrando el celuloide -lo que hoy se denomina música incidental, improvisando sonoramente el argumento-, tertulias domingueras en casa de estancieros vascos y profesor de piano en su inaugurada residencia.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El siguiente itinerario de la investigación fue tratar de dilucidar el porqué de la elección de este sitio perdido en el mapamundi como su lugar en el mundo.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Llegó en 1923, suponiendo el informante que fue un autoexiliado del “franquismo” o huyendo de sus propios fantasmas. Pero la historia devela aquel año como fundamental del siglo XX con la llegada al poder –tras un golpe de estado- de Miguel Primo de Rivera de la derecha española y no del Gral. Franco en 1936. Intuyó que el exilio se debió al temor de persecución ideológica, pero abandonó la vaga conjetura.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Al Gualeguay Grande llegaron numerosas familias de origen vasco en los siglos XVIII y XIX, cuyos apellidos permanecen hoy en día. Otra fuente&nbsp; nonagenaria le dijo que ya vivían unas primas vascas llegadas desde hacía tiempo a la aldea con nombre de río.</p><p>Ambas teorías podían echar luz en la elección de su destino.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Otra circunstancia ocurrió cuando el famoso arpista español Nicanor Zabaleta llegó al pueblo para ofrecer un concierto dentro de su gira internacional. Una selecta comitiva se reunió en el andén de la estación del ferrocarril para darle la bienvenida. Cuando llegó la locomotora atrasando su paso por los rieles, el músico descendió de uno de los pocos vagones con su equipaje y su instrumento. Zabaleta, agradecido por el recibimiento, dentro de la escueta comitiva reconoció a uno de los anfitriones. Sorprendido, exclamó: “-¡Maestro Landazábal!”, y lo abrazó como a un viejo conocido ante la mirada atónita de la breve muchedumbre que se miraba perpleja, observando al visitante y al vasco ese que nadie sabía de donde ni cómo ni por qué había recalado en la villa.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Nunca supo ni se sabe de la existencia de la obra. El informante también se enteró que llegaron vascuences rastreando el tesoro musical y cultural. La imaginación lo llevó a suponer que su hijo las vendió al mejor postor ignorando el legado artístico-cultural., o que tal vez se las llevó el vasco a su tumba. El misterio sigue intacto.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; En su pueblo natal, Salvatierra de Álava en el País Vasco, hay una asociación cultural y musical con el nombre “Germán María Landazábal Garagalza”, en reconocimiento a la talentosa trayectoria del hijo ilustre. Aquí, en su otro pueblo donde vivió ignorado por “motus-propio” y feneció en 1953 –como sucede normal o naturalmente en este lugar que él eligió y puja en evitar sus memorias-, me pregunto: ¿Habrá una lápida que identifique el descanso de sus huesos?</p><p>En la administración del cementerio no figura en las actas el nombre del vasco. Pero, supuestamente, su osamenta descansa en el Panteón Español de acuerdo al obituario publicado en un diario local de 1953 con el que se lo despidió.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Tal vez, junto a los restos en su sepulcro de madera, las hojas pentagramadas con su obra duerman el sueño eterno extinguiéndose con el tiempo, convirtiéndose en polvo como parte de la materia y pasión de su existencia terrenal.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/AnaWgUo5-cm3K6Bg5dN6UJnb2zY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2026/05/gari_baldi_musico_vasco.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Quien me contó esta historieta, trabajó en la comuna en el advenimiento de la nueva democracia en 1983. Su ingreso fue por un compañero de promoción, concejal electo, pues necesitaban cubrir el puesto de Prensa y Difusión en el primer gobierno después de la dictadura.]]>
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                <published>2026-05-31T18:00:00+00:00</published>
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