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    <title>El Debate Pregón</title>
    <subtitle>Últimas noticias de Argentina</subtitle>
    <updated>2026-02-19T13:40:08+00:00</updated>
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            Seis gualeyas realizaron un voluntariado en “Pata Pila”, en Yacuy, Salta
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                <![CDATA[El Debate Pregón]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/i2qtI1s1h3PtbIpdlQbWDLUnekk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2024/03/diego_bustamante_fundador_de_pata_pila_en_una_charla_con_las_voluntarias.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>El voluntariado, uno de los tantos que realizan diferentes grupos, fue llevado adelante por un grupo de seis mujeres de diferentes edades de nuestra ciudad, un grupo humano que no sólo colaboró, sino que se benefició espiritualmente, las fortaleció &nbsp;humanamente, mucho más de lo que esperaban. Conversamos con ellas acerca de la enriquecedora experiencia que llevaron adelante, pero sobre todo lo valioso para las comunidades con las cuales fueron a colaborar. Ellas son Florencia Benedetti, Paulina Valenti, Brígida Marcó, Sofía Lerman, Milagros Benítez y Paola Almada. Conversamos con todas ellas y compartimos sus testimonios.</p>Las voluntarias gualeyas más una paranaense<p>Florencia Benedetti:&nbsp;-Pata Pila es una ONG que lucha contra la desnutrición infantil y cada año, desde hace siete, realiza este viaje de voluntarios, generalmente, en febrero. La búsqueda de Pata Pila es abierta. En mi caso, llegué por las redes sociales y por personas que ya habían viajado. Te comunicás mediante correo electrónico, luego te citan a una reunión por Meet y se recibe toda la información acerca del viaje. Puede acceder cualquier persona del país y del mundo. Acá en Gualeguay está Diego Bustamante, el creador de Pata Pila. El viaje se realiza a Yacuy, una comunidad a veinte minutos de Tartagal (Salta), en límite con Bolivia. Nuestra tarea se centró ahí, mayormente; después nos movimos a otras comunidades cercanas.</p>El grupo de una comunidad. Juegos, talleres, trabajo en común-<p>Sofía Lerman: Estuvimos de sábado a domingo. Por ahora, el único mes en que se hace es en febrero. Éramos treinta y cuatro voluntarios, todos juntos. Algunos chicos que ya lo habían hecho el año pasado, volvieron a hacerlo este año. Ellos, por ejemplo, fueron a otras comunidades; no estuvieron con nosotros. Sí compartimos algunos días, el inicio y el final. Estuvimos en Yacuy los que íbamos por primera vez.</p><p>Durante el viaje, tuvimos algunos problemas, por así decirlo. Salíamos de acá el viernes 2 de febrero hacia Ezeiza. Ya al salir, salimos sin nuestras valijas, porque por problemas técnicos, nos dijeron que no la podíamos llevar (viajamos con Flybondi). Llegaron a las doce menos cuarto de la noche, a Salta. El sábado, a las ocho de la mañana, salíamos para Tartagal, en colectivo y de ahí para Yacuy. Algunos en camioneta y otros en colectivos de línea. La vuelta fue medio complicada porque hubo cancelación por una tormenta.</p><p>Con respecto a voluntarios de otros lugares Sofía comenta: -Había chicas y tres chicos. Uno de los chicos era de Canadá, que hace voluntariados por todas partes del mundo. Después estaba el director ejecutivo de Pata Pila, Agustín Ochoa. Otro chico más, un ingeniero, de Buenos Aires. Casi todas éramos mujeres, la mayoría de Buenos Aires, estudiantes, profesionales, no profesionales. Había gente de Neuquén, de Rosario, de Jujuy, de Tucumán; nosotras siete, de Entre Ríos; seis de Gualeguay, e Iliana Brondani, que vive en Paraná. Diego Bustamante también compartió con nosotros el viaje. Había una médica pediatra que era española; se encargaba de pesar los bebés de la comunidad, de medirlos. Hay distintos programas; uno de ellos se encarga de suministrar leche en polvo, de los controles pediátricos.</p>Voluntarias junto a otras colaboradoras-<p>Paulina Valenti:&nbsp;Nosotros, en particular, estábamos principalmente con los chicos; todas las tardes íbamos a la plaza y llevábamos juegos organizados, dibujábamos, pintábamos, jugábamos al vóley, a la pelota. Siempre la convocatoria era maravillosa, porque este se hace desde hace siete años, todos los años, los chicos y toda la comunidad esperan a los voluntarios de Pata Pila. Así que el recibimiento es impresionante. Por ahí, uno va con la idea de ayudar y dar y viene tan lleno de sonrisas, de momentos, de charlas, de reconocimientos, de abrazos, de charlas con mamás. Uno viene con el alma llena.</p><p>-Quería agregar que, además de los juegos, organizamos talleres, como de nutrición, de ESI (Educación Sexual Integral), de discapacidad. Actividades que se realizan con las mamás; en el caso de ESI, con adolescentes de trece a diecinueve años. Los talleres eran muy bien recibidos; sobre todo, el de ESI, en el que estuve presente; muy abiertos a preguntas, se formó algo muy lindo.</p><p>-Había días que teníamos charlas coordinadas por Diego (Bustamante) o por Cecilia, quien estaba encargada de la selección del voluntariado y nos acompañó siempre; estuvo con nosotros en la escuela, conviviendo. Dos o tres veces por semana, después de comer o al final del día, hacíamos una charla en la que cada quien expresaba cómo se sentía. Fue un espacio muy movilizador porque ahí afloraban todos los sentimientos, encontrados o no, de las experiencias del día. Me pareció muy positivo compartir eso con el grupo. Lo lindo fue que lo vivimos a nivel grupal, con gente que no conocíamos. Fue una suma de experiencias; no vinimos con más de lo que llevamos.</p><p>Milagros Benítez&nbsp;nos informa: -Yacuy es una comunidad de alrededor de cinco mil habitantes. Nosotras nos quedábamos en una escuela, estaba justo enfrente a la plaza. Nuestro contacto con los chicos era siempre en la plaza o íbamos en diferentes grupos a visitar a las familias. Es una comunidad donde la gente es muy buena. Pata Pila empezó en esa comunidad en 2015; la gente está muy acostumbrada, nos esperan, siempre esperan nuestra visita para charlar o comentarnos de su problemática o para lo que sea. Hay un grupo que siempre recurre al equipo de Pata Pila. En cada una de las comunidades, hay cinco equipos, que trabajan en distintos lugares, y siempre llaman a la coordinadora del equipo cuando hay algún problema o lo que sea. Siempre recurren a Pata Pila.</p><p>-Cocinábamos en distintos grupos, con dos mamás que eran de la comunidad. Era muy lindo, porque nos comentaban y comíamos sus comidas típicas; veíamos cómo cocinaban. Siempre era todo en conjunto, tanto en la limpieza de la escuela, nuestra casa por una semana, como el tema de la cocina y el tema de la supervivencia porque éramos treinta y cuatro personas que no nos conocíamos y nos levantábamos y nos acostábamos juntos.</p><p>-También tuvimos una charla con las chicas que estaban instaladas en las demás comunidades y nos contaban que en esas comunidades, que están en zonas selváticas, solamente llegan ellas a esos lugares. Por ejemplo, puede ser que durante un año, realmente, no se cruzan a nadie; entonces, hay que hacer notar la falta de presencia del Estado y la falta de los derechos de estas personas que son vulneradas absolutamente y no tiene ninguna de las cosas básicas que se necesitan para vivir: desde el agua potable, hasta un baño una vivienda donde puedan estar bien, calentitos o frescos si hace calor. En la realidad, me encontré con algo que uno dice que no existe, que es de película, en lo que no se cree, hasta que uno va y lo vive. Realmente, hay días en los una vuelve como destrozada, porque no se entiende cómo puede existir esa realidad; es muy injusto. Y hay días en los que recibís mucho amor de ellos y también entendés que es la única realidad que ellos conocen y que son felices de esa manera.</p><p>La ONG subsiste por las donaciones de la gente, nada más. No importa cuanta cantidad, porque no hay un monto que te pidan: lo que cada uno pueda donar; así que vamos a dejar los datos para que lo hagan.</p><p>Brígida Marcó:- Pata Pila es un referente muy positivo y muy bienvenido en la comunidad, significativo. Personalmente, me llamó la atención la hospitalidad, el cariño. Hacíamos visitas domiciliarias; ellos compartías sus vivencias, sus costumbres con nosotros; nos recibían con mucho cariño, muy abiertos a contarnos cómo eran sus vidas, sus costumbres. Te invitaban con mate, te regalaban unos panes que ellos hacen. Pero también siento que tiene que ver con la figura tan significativa de Pata Pila en la comunidad. Es una ONG que hace mucho por esta comunidad de indígenas guaraníes, aunque también están con otras comunidades, como los wichís y otras comunidades indígenas. Si no fuera por Pata Pila serían comunidades olvidadas por la lejanía geográfica; la labor que hace Pata Pila es fantástica.</p><p>-Las mamás viven generalmente de las asignaciones universales o de las pensiones nacionales no contributivas. Los papás van a trabajar fuera de la comunidad, a las ciudades más grandes, donde tienen más posibilidades laborales.</p><p>-Nos levantábamos a las siete u ocho de la mañana, desayunábamos en comunidad, en la escuela y salíamos a realizar la actividad que teníamos planificada para la mañana: ir a alguna comunidad, hacer actividades recreativas, dictar algún taller. Tomábamos algún colectivo o nos íbamos en las camionetas de Pata Pila. Volvíamos, almorzábamos, estábamos un rato; después planificábamos las actividades que hacíamos todos los días como la de ir a eso de las cinco y media, seis de la tarde a la plaza donde los chicos nos estaban esperando. Eso era “muy fuerte” porque nos esperaban en la puerta de la escuela. Llevábamos para que pintaran mandalas, para que dibujaran, para jugar al fútbol, al vóley. Las nenas hacían trencitas, pulseritas y después. Había días en que dictábamos algún taller en el centro de Pata Pila para los adolescentes, para las mamás. Cuando terminábamos la actividad, volvíamos a la escuela, ayudábamos con la cocina; las tareas estaban divididas en grupos. Según el grupo, algún día tocaba limpiar los baños; otro día, ayudar a cocinar a las mamás de la comunidad. Hacíamos todo en comunidad y compartido.</p><p>Florencia Benedetti agrega: -Se hace el control pediátrico; las mamás se acercan con las libretas sanitarias. A veces, algún que otro agente de salud llega a los domicilios y tienen algún control desde ahí. Desde el equipo de Pata Pila se hace el control para ver el peso y crecimiento básicos del niño y cualquier recomendación y sugerencia para mejorar el estado de salud del niño, de la mamá, de la familia, entendiendo que&nbsp; es algo que involucra a toda la familia</p><p>-Una de las problemáticas que más se encuentra es la baja talla que va ligada a la mala nutrición. No sólo es desde la infancia, sino desde el embarazo también. Hicimos controles de mamás embarazadas en las que ya se veía un bajo peso; pocos controles durante el embarazo; sin recibir el suplemento necesario de hierro o todo lo que necesita un embarazo cuidado. Es una malnutrición que se viene arrastrando desde los primeros meses del bebé, antes de nacer y origina eso: una baja talla, un bajo peso; tiene una baja altura de acuerdo a la edad. Asociado a todo esto, hay muchas diarreas asociadas a parasitosis. Cabe destacar que no tienen acceso a agua potable, uno de los temas que intentamos trabajar mucho en los diferentes talleres, cómo sanitizar el agua para volverla potable. También hay una mala desinfección de frutas, verduras. Por ahí, vivimos esto de que las necesidades básicas estaban totalmente vulneradas, en muchos de los casos. Pero, lo del agua potable estaba limitado en todos los casos. Hay alguna que otra patología respiratoria, muchas infecciones. Va todo ligado a la misma falta de higiene, de nutrientes, de todo ese conjunto.</p><p>Más adelante comenta Florencia: -Estas actividades se venían planeando desde noviembre, que fue cuando cerramos el viaje. Hubo un cronograma, un orden. Los talleres y las charlas surgían sobre la base de las demandas de la comunidad. Claro, sucedieron cosas que nos corrieron un poco del cronograma, pero íbamos con algo pactado y se intentó seguir ese orden para respetar todas las actividades.</p><p>-Tuvimos la oportunidad de conocer el centro de Pata Pila, donde se hacen todas las actividades. Podemos contar que hay un montón de actividades y, a veces, no se ven. Se realizan muchos talleres de oficio, generalmente, van las mamás y es para poder brindarles las herramientas que les generen independencia y que sean una puerta para insertarse en el campo laboral. Hay talleres de pastelería, de reciclado, de pintura, de costura; de cocina tradicional, para niños. Se enseñaba reciclado de pañales. Es bueno que todo esto se visibilice, porque si bien está el voluntariado en febrero, están todo el año trabajando. Las mismas personas que dan esos talleres son las mamás a las cuales se las formó para poder darlos. Tuve la oportunidad de hablar con una mamá que tiene a su cargo el taller de pastelería de niños, que ahora produce tortas, cosas dulces y subsiste con eso. También hay un Jardín Montessori, en el cual las chicas están en formación aún, pero están empleando muchas cosas en conjunto con otras profesionales conectadas virtualmente para ayudar. Está funcionando el jardín, diariamente, hacen actividades. Además, funciona ahí un comedor para los chicos que van al centro.</p><p>- También es muy bien recibido cualquier tipo de proyecto que se puedan llevar a cabo en la comunidad. Por ejemplo, lo que te contaba de los pañales reciclables fue uno que mandaron, creo que desde Córdoba. Lo propuso una persona, fue bien aceptado y lo están implementando. Una idea puede servir también; ellos son súper abiertos para tratarla y es muy bien recibida, también.</p><p>Brígida Marcó acota: -Otra de las cosas que sentimos que tenemos que mencionar es el gran trabajo de Pata Pila; ellos tienen equipos de profesionales, están muy dedicados a su labor; tienen equipos armados, de hecho en Buenos Aires tienen oficinas. Tienen centros en varios lugares, en Salta, en Mendoza. Realmente, la dedicación es muy meritoria porque son lugares muy inhóspitos, muy alejados geográficamente. Hay muchos profesionales que viven en los centros, alejados de las poblaciones, en comunidades totalmente olvidadas y si no fuera por la labor de Pata Pila, sentimos que esa gente es olvidada. Ellos hacen visible lo que no se ve. Pata Pila es una ONG que tiene ochenta empleados y aunque esté bien organizada, necesita ayuda, por eso invitamos a quienes quieran apadrinar a alguno de los chicos, a quienes quieran hacer donaciones que son importantes para que tengan sustento y puedan dar continuidad a lo que vienen.</p><p>Paola Almada&nbsp;por su parte&nbsp;comenta: -El clima es muy caluroso, húmedo, pesado. En cuanto al paisaje, hay de todo, de lo lindo a lo feo. Pasamos por lugares de naturaleza muy pintorescos; otros, se veían áridos.</p><p>-El voluntariado es un movimiento que es para compartir; un movimiento que vinimos con muchas ganas de hacerlo visible, que la gente conozca lo que hace Pata Pila, porque la verdad que es maravillosa la tarea que hacen; pero, a su vez también, esto de buscar voluntarios que dejen de lado sus vacaciones y se brinden entero es un gran desafío. La verdad, puedo decir que, como experiencia propia fue una inyección al alma. Quizá, cuando iba, lo hacía con muchas preguntas: ¿qué voy darles?, ¿qué voy a hacer por ellos? La verdad es que me dieron ellos más a mí y volví como renovada, en el sentido de querer brindarme mucho más, porque pobreza y desnutrición hay en todos lados y esta experiencia me fortaleció, humanamente, mucho más de los que yo esperaba.&nbsp; &nbsp;</p><p>Florencia Benedetti expresa: - Damos las gracias por el espacio que dio este medio &nbsp;para comentar esta experiencia. Nosotras tomamos esto como una oportunidad de compartir lo que vivimos, aunque sea un poquitito; creo que hay un montón de cosas que cada una se guarda, difíciles de contar. Es una experiencia súper linda, recomendable para hacer. Uno vuelve como muy lleno de cosas y muy consciente de que con muy poquito se puede hacer un montón porque una de las sensaciones que tuvimos durante todo el viaje era esto de que dejábamos muy poco ahí. Pero, en realidad, a lo último, nos dimos cuenta de que así como nos trajimos, dejamos un montón. La última despedida que tuvimos en la plaza con los chicos fue movilizante y nos dimos cuenta de que habíamos dejado un lindo trabajo o un lindo tiempo compartido al menos. Invitamos al que se anime, al que no también, porque miedos van a haber un montón y no se queden con la experiencia de nuestro viaje. Pueden contactarse, los chicos son súper atentos para responder y si bien el voluntariado es en febrero, por ahí también se organizan algunos viajes muy particulares, de acuerdo con la demanda de las comunidad que, a veces, se organizan con algunas personas. En Instagram está Pata Pila ONG (@patapilaOK), ahí ellos publican toda la información y publican el link para poder ingresar para donar. También una página web que tiene diferentes donaciones que se pueden hacer de distintos montos, están los datos de la cuenta y el tema de cómo apadrinar y demás. Hay un evento, también, que se hace en Buenos Aires, para recaudar fondos. Ahí, por ejemplo, en ese evento, nos contaban que muchos de los voluntarios que ya han viajado, forman parte de la organización. Uno puede seguir vinculado a Pata Pila&nbsp;de otra manera, sin la necesidad de estar visible.&nbsp;</p><p>El regreso complicado, pero con el corazón rebosante</p><p>Paulina Valenti nos comenta: El lunes 12 volvíamos; supuestamente el avión salía catorce cincuenta y cinco, por la tormenta pasó a las cinco, después a las nueve y media. A las once, ya con el preembarque hecho, nos avisan que el vuelo estaba cancelado, que fuéramos a la ventanilla. Fuimos, nos ofrecían volver, (era lunes doce), del dieciocho para adelante. Entramos como en una especie de crisis grupal, no teníamos cómo volver, ni donde dormir, llovía; no teníamos ropa, nos habían devuelto las valijas todas mojadas.</p><p>Sofía Lerman agrega: -Estábamos con la ropa de hacía una semana. Ese día no teníamos nada, los remises no entraban porque estaba inundada la ciudad, no sabíamos qué hacer… Hasta que una chica que estuvo con nosotras en el voluntariado, que vive en Salta, nos pasó unos números de unos hospedajes; conseguimos uno, a eso de la una de la mañana, porque una señora nos contestó no sabemos cómo; era cerca del aeropuerto, aunque esperamos como dos horas más un remís.</p><p>Brígida Marcó&nbsp;acota: -Ahí nomás, en el aeropuerto, sacamos pasaje en colectivo hasta Rosario. Viajamos veinte horas, nos fueron a buscar nuestros familiares; así que tardamos aproximadamente veinticuatro horas en volver a Gualeguay.</p><p>Hacia el final de la conversación, Paulina Valenti&nbsp;nos dice: -Todo esto me dejó un montón de cosas. Todavía no he podido ordenar todo lo que me pasó. Era un tobogán de emociones, pasábamos de la risa al llanto en un minuto. Vine con el alma llena, con un montón de preguntas personales. Mucho movimiento, pero feliz de haberlo hecho. Agradezco a Pata Pila por haberme permitido vivir la experiencia del voluntariado y lo volvería a hacer. Solamente entendés a estas personas viviendo esta experiencia. Y es cuando invitamos para que vayan porque es única y es algo hermoso.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/i2qtI1s1h3PtbIpdlQbWDLUnekk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2024/03/diego_bustamante_fundador_de_pata_pila_en_una_charla_con_las_voluntarias.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>“Nos vinimos con más de lo que llevamos, con el alma llena de amor, de sonrisas, de compromiso con los que más lo necesitan”]]>
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                <published>2024-03-03T15:00:00+00:00</published>
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            De Recoleta a la frontera con Bolivia: el porteño que adoptó a siete y creó una organización que sacó de la desnutrición a 522 niños
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/bnEwJG-P_J0xVI5yy-V7mSHtsIc=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2023/11/pata_pila.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Su proceso de transformación fue paulatino. Pero hubo un hecho puntual, un golpe seco frente a una realidad implacable, que marcó su vida para siempre. En ese entonces (2010), Diego Bustamante tenía 27 años, todavía vivía en Recoleta junto a su familia y estaba misionando junto a un grupo de frailes y laicos franciscanos en el norte de Salta.</p><p>“Habíamos estado toda la semana visitando las casas, yendo a tomar mate con las familias, y como teníamos dos médicos en el equipo misionero, un día hicimos una maratón de salud. Convocamos a las familias y de repente miré y había dos cuadras de fila para atenderse. Ahí me di cuenta que estaban pasando cosas muy serias, más allá de la pobreza. Empecé a escuchar sus problemas y me empecé a agarrar un poco de los pelos. Se me armó un nudo en la panza -cuenta 13 años después, en videollamada con LA NACION-. Con el tiempo, fui transformando esos nudos, esas frustraciones y esas impotencias en ganas de resolver y de generar cosas”.</p><p>Bustamante tiene hoy 40, es padre adoptivo de siete hermanos y es el fundador y el director general de Pata Pila, una organización sin fines de lucro que trata principalmente la desnutrición Infantil y la promoción humana en 74 comunidades del país, la mayoría de la provincia de Salta, y tiene centros de atención, jardines de infantes y hogares de niños.</p><p>Con un mate en la mano, desde Mendoza, donde se encuentra visitando dos proyectos nuevos de la organización, Bustamante cuenta los detalles de una historia única, su vida, pero además las oscuridades de una realidad cada vez más común en el país, ante la cual la mayor parte de la sociedad, dice él, hace oídos sordos. “Hay un ejército de gente que vive fuera del sistema, niños que crecen con muchas ganas, pero se transforman en adolescentes que miran al costado y no ven ninguna oportunidad, y entonces terminan en la droga o en el consumo del alcohol. ¿Por qué? Porque no pueden soñar”, enfatiza.</p><p>“Decidí entregar mi vida entera para que eso no pase más”Bustamante tiene una inclinación social fuerte desde muy joven, cuando estudiaba en el colegio Champagnat y visitaba con sus compañeros de clase el cottolengo Don Orione y hacía acción social con la parroquia San Nicolás de Bari. Al terminar el secundario empezó y abandonó varias carreras, mientras iniciaba su camino junto a un grupo católico liderado por frailes franciscanos.</p><p>“Con los frailes aprendí el valor de acompañar a otros pero no desde un lado de superioridad o porque sos un chico rico y podés, sino simplemente porque creés que vale la pena compartir la vida, y que en el compartir con el otro vas transformando la pobreza que vos también tenés internamente”, cuenta.</p><p>En ese entonces él pensaba que su sueño era ser actor. De hecho, durante al menos 10 años se dedicó al cine y al teatro, tanto en México, donde vivió y trabajó haciendo obras y publicidades, como en Argentina, a donde finalmente volvió para actuar en una telenovela. Pero con su regreso al país y a las misiones franciscanas, comenzó a tener dudas no solo vocacionales, también existenciales. “Veía que donde me sentía más pleno, más feliz y más libre era siempre compartiendo el tiempo con la gente que estaba por ahí más en los bordes de la sociedad. Yo me encontraba con la gente y quería permanecer ahí, no solo para ayudar, sino que también mi corazón se veía seducido por un proyecto de vida un poco corrido del éxito y del objetivo económico”, recuerda.</p>“Decidí entregar mi vida entera para que eso no pase más”<p>Bustamante tiene una inclinación social fuerte desde muy joven, cuando estudiaba en el colegio Champagnat y visitaba con sus compañeros de clase el cottolengo Don Orione y hacía acción social con la parroquia San Nicolás de Bari. Al terminar el secundario empezó y abandonó varias carreras, mientras iniciaba su camino junto a un grupo católico liderado por frailes franciscanos.</p><p>“Con los frailes aprendí el valor de acompañar a otros pero no desde un lado de superioridad o porque sos un chico rico y podés, sino simplemente porque creés que vale la pena compartir la vida, y que en el compartir con el otro vas transformando la pobreza que vos también tenés internamente”, cuenta.</p><p>En ese entonces él pensaba que su sueño era ser actor. De hecho, durante al menos 10 años se dedicó al cine y al teatro, tanto en México, donde vivió y trabajó haciendo obras y publicidades, como en Argentina, a donde finalmente volvió para actuar en una telenovela. Pero con su regreso al país y a las misiones franciscanas, comenzó a tener dudas no solo vocacionales, también existenciales. “Veía que donde me sentía más pleno, más feliz y más libre era siempre compartiendo el tiempo con la gente que estaba por ahí más en los bordes de la sociedad. Yo me encontraba con la gente y quería permanecer ahí, no solo para ayudar, sino que también mi corazón se veía seducido por un proyecto de vida un poco corrido del éxito y del objetivo económico”, recuerda.</p><p>Primero se mudó al campo de su familia, en Gualeguay, donde, además de trabajar, comenzó a hacer apoyo escolar en sus horas libres. Pero luego de su experiencia en Salta decidió instalarse en Santiago del Estero para trabajar enfocado en la desnutrición infantil como parte de la ONG Haciendo Camino. Allí, a sus 29 años, presenció la primera muerte de un niño, la muerte que más lo afectó y que marcó su rumbo.</p><p>“No me olvido más, se llamaba Alicia Nélida Luna, era una bebé de seis meses. Yo justo estaba empezando a acompañar a su familia. Se murió y nunca en mi vida lloré tanto. Ahí supe que iba a entregar mi vida para que eso no pase más en este país. Y después empecé a pensar: Bueno, ¿qué pasa con todas las comunidades de la frontera de Salta en las que yo había misionado? Yo sabía que vivían muy, pero muy mal. ¿Quién está trabajando allá? Yo tenía un vínculo con los franciscanos, así que decidí irme a vivir a allá y ahí apareció la idea de armar Pata Pila”, cuenta.</p><p>Bustamante se mudó solo a una pequeña casilla misionera (una habitación con un baño) que tenían los frailes de la región en la comunidad de Yacuy, a 19 km de Tartagal, y ahí empezó todo.</p><p>¿Con qué situación te encontraste?</p><p>-Me encontré con las mismas situaciones que veo hoy en otros lados, honestamente, porque hay 500 comunidades en la región. Me encontré con muchos niños en situación de desnutrición, con niños que se morían, al igual que hoy, en el hospital de Tartagal. También me encontré con mucha imposibilidad de las familias para acceder a un trabajo, con familias que por ahí comían algunos días y otros no.</p><p>-Y ¿cómo empezó Pata Pila?</p><p>-Primero fui a pasar la experiencia por el cuerpo, a conocer cómo es no tener agua porque se corta, cómo es tener 50 grados de calor y no tener electricidad porque también se corta todo el tiempo. No iba como Salvador, yo fui a aprender, a ponerme al servicio del enfermero, de las monjas, de los frailes que estaban en la región, de los directores de las escuelas, de los gerentes de los hospitales. Escuchar, aprender y ver qué podía aportar.</p><p>El primer paso fue adaptar la metodología Conin que había aprendido en Santiago del Estero a la realidad de las comunidades originarias del norte del país. También empezó a convocar voluntarios -cuando terminó el primer año ya eran 10 personas viviendo allá, entre ellos, asistentes sociales, psicólogos, nutricionistas y psicopedagogos- y, sobre todo, a buscar fondos.</p><p>El primer apoyo económico de Pata Pila fue su familia. “Junté a todos mis hermanos (son seis) y a mi viejo y les dije: ‘Bueno, tengo un proyecto’. Mi papá y mi tío me dijeron: ‘Contá con nosotros para arrancar’. Me acuerdo que en ese momento me daban 2000 pesos cada uno y con eso yo empecé a dar esos primeros pasos: cargarle la nafta a mi gol para salir a recorrer las comunidades, y contratar a la primera nutricionista, que me empezó a ayudar a hacer los relevamientos”, recuerda.</p><p>”En los niños, los cambios son impresionantes”Pata Pila creció a pasos agigantados. Del apoyo de sus parientes y amigos, Pata Pila, que significa pies descalzos, pasó a contar con el apoyo de cientos de familias -a través de un sistema de padrinazgo-, de empresas y hasta de un programa de cooperación internacional de la Unión Europea. Gracias a esos aportes, en los últimos ocho años la organización llegó a trabajar en cuatro provincias, atendiendo a más 1.300 niños con un equipo de 85 personas. Pata Pila tiene hoy distintos centros, entre consultorios, jardines de infantes, talleres de oficios, dos hogares de niños y una escuela que aún no está terminada. También ha gestionado y financiado la creación de pozos y de conexiones de agua para que las distintas comunidades puedan acceder al agua potable.</p><p>“Entendimos que Pata Pila tiene que estar en la línea directa de trinchera, en el barro, como le decimos nosotros al territorio, pero también ir a dar las luchas en los escritorios: presentar una carta, un documento, dialogar con el gobierno local y nacional, llevar a funcionarios al territorio y que no vengan con el intendente, que les va a mostrar lo que sí hizo. Mostrarles lo que está pasando”, explica.</p><p>- ¿Qué cambios ves cuando vas de visita a una comunidad en la que trabajan hace años?</p><p>-A veces tomas perspectiva y decís: ‘Wow, cuántas cosas se hicieron’. En los niños es impresionante. Encontrarte con un niño que tenía un déficit nutricional y de repente, pestañeás, por así decirlo, y lo ves 4 años después jugando a la pelota, y decís: ‘Te amo’. O ves a mujeres que hace cinco años se acercaban tímidamente a ver si podían resolver un problema de salud y hoy montaron su emprendimiento, tienen su cuenta de Instagram para vender, y sacaron un crédito por Brubank. Realmente los cambios se ven, pero son colectivos: se dan gracias al trabajo que hace Pata Pila en las mesas con los hospitales, con otras organizaciones, con el Estado, con los líderes comunitarios. Realmente el trabajo es colectivo.</p><p>-Me imagino que no es fácil llegar a esos resultados.</p><p>-Es un laburo de hormiga. Es un laburo de insistencia, pero también de ir a buscar a las mamás, porque lo que pasa es que a las familias les cuesta todo, les cuesta hasta sostener su presencia en un taller de capacitación. Y lo que pasa también es que muchos niños ya nacen complicados. Yo siempre le digo a nuestros equipos que cuando Pata Pila encuentra a un chico con desnutrición, ya estamos un poquito tarde, porque si el niño ya está con un déficit en la balanza, ya hay un proceso de su desarrollo que se frenó: su parte cognitiva, el crecimiento de su cerebro. Y, en algunos casos, acomodando algunas variables, apoyando a esa madre, ayudándola a fortalecer la lactancia o a mejorar un poco la alimentación, se soluciona.</p><p>Más allá de los logros, Bustamante destaca que la acción de la organización nunca es suficiente, que siempre surgen nuevos desafíos y que la situación actual en muchos pueblos del país es “muy dura”. “Hay mucho por hacer, por resolver. El año pasado murieron 300 niños en el norte. Este año, en una en una sola región, ya hemos mapeado más de 19 casos de muertes infantiles. Hablo de niños que viven en contexto de desnutrición o que nacieron con enfermedades o se lastimaron y, al no tener recursos, no pudieron ser curados”, asevera.</p><p>Cuando habla de desnutrición y malnutrición, explica que, en realidad, no se trata solo de la falta de alimento, sino también de otros factores, entre ellos, la calidad del agua que toman y la falta de conocimiento por parte de los padres. “La mala calidad del agua hace que vivan enfermos, sobre todos los niños, por eso están desnutridos, no solo por la falta de alimentos. Entonces mucho del trabajo que hacemos es de educación integral: brindar herramientas de cómo se diluye la leche en polvo, o explicar que el niño no puede tomar el agua turbia del fondo del tinaco de cinco litros que les da el municipio”, detalla.</p><p>“Somos una familia muy común”: convertirse en padre de sieteEn paralelo a la historia de Pata Pila, hace cinco años que Bustamante se volvió padre de siete niños y adolescentes, los hermanos Gerez. Él los conoció varios años antes, cuando los menores vivían en una situación crítica en su tierra natal, Santiago del Estero.</p><p>-Ellos vivían con su familia, pero por algunas situaciones de abandono, además de que vivían en medio del monte, sin agua y sin luz, la Justicia consideró que durante un tiempo iban a ser institucionalizados y ese tiempo se fue prolongando. Yo los acompañé cuando se los llevaron de su casa. Y cuando estaba en Salta con Pata Pila iba a visitarlos al hogar dos veces por año. Cada vez que los escuchaba, sobre todo a los más grandes, que ya tenían 14, 15, me surgían preguntas: ¿Quién los va a ayudar a que tengan un futuro? ¿Cómo van a hacer para tener un lugar que sea de ellos? Honestamente, me volvía al norte y enterraba mi cabeza como un avestruz, decía: ‘No, no, Diego, basta: con todos los problemas que hay en el norte, ¿cómo vas a hacer? Es difícil’. Pero bueno, ese deseo fue naciendo hasta que finalmente, después de cuatro años, me decidí.</p><p>-¿Los adoptaste?</p><p>En verdad soy su tutor legal. William, el mayor, estaba cumpliendo 18 justo el día en que nos mudamos juntos, entonces el juez consideró que la figura de tutor legal era la más viable para no demorar todo un proceso legal. Hace cinco años que vivimos juntos. Yo soy un padre para ellos, pero ellos también tienen su papá y su mamá y hablan por teléfono, y los llevo a Santiago todos los años a visitarlos. No es que yo quería ser papá, entonces adopté, yo los conocí a ellos y me movilizaron, y decidí hacerme cargo porque creía que valía la pena. Lo hice como un acto de amor, por ellos y también por mí. Formé mi familia con ellos.</p><p>Al convertirse en su tutor legal, Bustamante decidió mudarse nuevamente a Gualeguay para incorporar a los hermanos Gerez -seis varones y una mujer- a su familia y poder darles un hogar propio y un entorno familiar. “Ellos están re felices, son muy unidos. Han crecido mucho en estos años. Son chicos muy buenos, con muchos valores y ganas de vivir. La verdad es que nos transformamos en una familia muy, muy común”, dice entre risas.</p><p>Hoy Bustamante se reparte entre su vida en Gualeguay y sus viajes mensuales a Salta y Mendoza. Además, viaja de vez en cuando a Buenos Aires, para recaudar fondos y visitar el hogar de niños en tránsito que tienen allí. Él cree que su dedicación a los niños, en parte, tiene que ver con su propia historia, ya que él es huérfano de madre desde muy pequeño. “A mí se me murió mi mamá cuando yo era muy chico y siempre tuve como ese niño herido lastimado dentro, y por nada mi camino terminó siendo muy de la mano de enfocarme mucho en los niños”, suma.</p><p>-Vos hablás de la importancia de contar lo que está sucediendo en el país. Si tuvieras que resumir qué es lo que está pasando hoy, ¿qué me dirías?</p><p>-Bueno, la realidad de hoy es la misma que venimos arrastrando de manera creciente hace un montón, y es que hay un montón de familias que viven afuera del sistema, algunas totalmente afuera. Por ahí en salud están bien, pero no tienen escolarizados los chicos o viven situaciones de violencia extrema, o no tienen herramientas para trabajar: no saben leer, no saben escribir. Hay un ejército de gente que vive así. De niños que crecen con muchas ganas, pero se transforman en adolescentes que miran al costado y no ven ninguna oportunidad, y entonces terminan o en la droga o en el consumo del alcohol, ¿por qué? Porque no pueden soñar. No es algo nuevo lo que tenemos para contar. Pero lo que puedo decir es que hay formas de resolverlo: se resuelve aportando un granito de arena, votando mejor, poniendo sobre la mesa lo que pasa y trabajando colectivamente, no peleándonos y echándonos la culpa entre los argentinos, sino siendo más humanos cada uno desde el lugar en el que está.</p><p>María Nöllmann</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/bnEwJG-P_J0xVI5yy-V7mSHtsIc=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2023/11/pata_pila.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>“El año pasado murieron 300 niños en el norte”, afirma Diego Bustamante, el joven que adoptó siete niños y decidió dedicar su vida entera a combatir la desnutrición infantil; es fundador y director de Pata Pila, ONG que trata actualmente a 1348 menores en el norte y el centro del país.]]>
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                <updated>2023-11-22T20:32:52+00:00</updated>
                <published>2023-11-22T20:22:42+00:00</published>
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            Gualeguay: Lucha contra la desnutrición infantil y adoptó siete hermanos
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                <![CDATA[El Debate Pregón]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Mx4_XjCoIu0MG9wvGDFsQLr6rzk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2022/06/pata_pila.png" class="type:primaryImage" /></figure><p>Antes de salir de viaje, mientras prepara su bolso, Diego Bustamante (39) atiende el teléfono. Siempre está pendiente de todo y hace más de una cosa a la vez. Es parte de su entrenamiento como padre, pero no cualquier padre: Bustamante asiste, todos los días, a cientos de familias vulnerables en el norte del país.</p><p>Diego es, sobre todo, el creador de Pata Pila, una fundación que lucha contra la desnutrición infantil. Ganó el premio EY al emprendedor social del año, por ejemplo. Aunque Bustamante trasciende cualquier título: es un activista a tiempo completo. Parece poético, pero no lo es. En una crisis existencial, se fue a misionar al norte a los 24 años, y entregó su vida a la vocación del servicio, a cuidar a otros. En ese compromiso dejó su hogar en Barrio Norte, y, sensibilizado por una familia sin recursos, adoptó a 7 hermanitos. Y desde entonces, sabe qué significa ser padre.</p><p>¿Qué es ser papá? Para Diego Bustamante es cuidar de otro. “Soy padre, madre y tutor, el policía bueno y el malo”, comenta. “Quien pone límites, pero a la vez motiva. La crianza, el acompañamiento, y la escucha. Afectivamente soy el padre de los chicos que viven conmigo y somos una familia”, expresa.</p><p>La historia de una familia</p><p>En el 2014 sonó el teléfono de Diego, como esta mañana, pero en aquel entonces tenía una misión mucho más complicada: asistir a 7 hermanos que acababan de llegar a un refugio. No lo dudo, fiel a su estilo, fue a solucionar el asunto. Los conoció, eran ellos, los que luego de unos años se convertirían en su propia familia. Desde aquel entonces continuaron en contacto.</p><p>Se vieron durante años, y en 2017 comenzó la batalla legal para convertirse en su padre. Quería cambiar su destino, como tantas veces lo hizo desde que asistió en persona a más de 2.200 niños vulnerables del norte del país. Finalmente, entre viajes al juzgado, visitas a Santiago del Estero -donde se encontraban los chicos- lo logró: con 34 años se convirtió en el padre de esos 7 hermanitos, aunque en los papeles figure como el tutor legal. “Ellos me hicieron padre a mí, y yo me ofrecí a vivir con ellos, y empezamos ese proceso legal para que ellos puedan estar conmigo. En la construcción de la vida cotidiana se fue generando el ́Diego padre´, cómo acompaña un padre, cómo quiere, cómo cuida, cómo vela porque ellos están bien, cómo poner límites cuando ellos tienen edades muy diversas -el más grande ya cumplió 21 años-, cómo es acompañar a cada uno con la historia general de ellos, con lo que cada uno vivió y lo que cada uno siente”, agrega el emprendedor.</p><p>Su primer día como padre fue con la mudanza. Y no cualquiera, eligió como destino final Entre Ríos. Con una sonrisa en el rostro, continua: “El primer día con ellos, fue viajar a Añatuya. Pude comprar un auto y los fui a buscar para hacer la mudanza juntos a Gualeguay, donde previamente había ido para alquilar una casa y preparar los ambientes para recibirlos. Quería que desde la estética hasta la funcionalidad de la casa sintieran que llegaban al hogar de ellos. Ese era el paso, no pasar de una institución a mi casa y mi familia. Viaje a Santiago, donde hicimos la despedida del hogar, porque ellos vienen de un hogar muy lindo que los acompañaron muy bien, que fue una plataforma para todo lo que hoy estamos logrando, lo crecidos y maduros que están los chicos. Hicimos la despedida y todo el viaje a Gualeguay fue con mucho entusiasmo”, recuerda. Un detalle: cada uno tenía su propio asiento, su lugar, como parte del proceso.</p><p>Desde aquel entonces, festeja el Día del Padre en casa, come con ellos, le hacen regalos, pero en general no lo llaman papá. Incluso, él busca mantener el vínculo con el padre biológico, a quien visitan todos los años. El emprendedor, aclara: “Ellos igual tienen a su papá biológico, y sostienen el vinculo, y yo colaboro a que sostengan este vínculo. Se hablan por teléfono y todos los años viajamos a Santiago del Estero a compartir con él. Yo también tengo mis reuniones bilaterales con el papá de los chicos, porque él también me llama. Aprendimos a convivir sabiendo que ellos tienen su familia, y que yo en ningún momento quiero ocupar un rol que no me corresponde, aunque efectivamente sea el padre de los chicos que viven conmigo y seamos una familia”.</p><p>Fuente: Fenix Multiplataforma</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Mx4_XjCoIu0MG9wvGDFsQLr6rzk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2022/06/pata_pila.png" class="type:primaryImage" /></figure>Diego Bustamante es el creador de Pata Pila, una ONG que asiste a cientos de familias vulnerables. De joven viajó al norte argentino para combatir la pobreza. En Santiago del Estero se convirtió en tutor legal de seis varones y una niña]]>
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                <updated>2022-06-21T12:00:03+00:00</updated>
                <published>2022-06-21T11:45:00+00:00</published>
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            Lucha contra la desnutrición infantil y adoptó siete hermanos: “Después de 3 años y medio me dijeron papá”
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                <![CDATA[El Debate Pregón]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/rt2svH-D2xZk1ZxkjkzbovuO6BY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2022/06/pata_pila.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Antes de salir de viaje, mientras prepara su bolso, Diego Bustamante (39) atiende el teléfono. Siempre está pendiente de todo y hace más de una cosa a la vez. Es parte de su entrenamiento como padre, pero no cualquier padre: Bustamante asiste, todos los días, a cientos de familias vulnerables en el norte del país.</p><p>Diego es, sobre todo, el creador de Pata Pila, una fundación que lucha contra la desnutrición infantil. Ganó el premio EY al emprendedor social del año, por ejemplo. Aunque Bustamante trasciende cualquier título: es un activista a tiempo completo. Parece poético, pero no lo es. En una crisis existencial, se fue a misionar al norte a los 24 años, y entregó su vida a la vocación del servicio, a cuidar a otros. En ese compromiso dejó su hogar en Barrio Norte, y, sensibilizado por una familia sin recursos, adoptó a 7 hermanitos. Y desde entonces, sabe qué significa ser padre.</p><p>¿Qué es ser papá? Para Diego Bustamante es cuidar de otro. “Soy padre, madre y tutor, el policía bueno y el malo”, comenta. “Quien pone límites, pero a la vez motiva. La crianza, el acompañamiento, y la escucha. Afectivamente soy el padre de los chicos que viven conmigo y somos una familia”, expresa.</p><p>Hoy, sus 6 hijos y su hija lo esperan con una sorpresa. Juana ya le envió un audio: “sos el papá que saco esta familia hacia adelante”. “Después de 3 años y medio de convivencia es la primera vez que me llaman papá”, cuenta. Este domingo cocinarán para él, le prepararán el almuerzo y lo pasarán juntos.</p><p>La historia de una familia</p><p>En el 2014 sonó el teléfono de Diego, como esta mañana, pero en aquel entonces tenía una misión mucho más complicada: asistir a 7 hermanos que acababan de llegar a un refugio. No lo dudo, fiel a su estilo, fue a solucionar el asunto. Los conoció, eran ellos, los que luego de unos años se convertirían en su propia familia. Desde aquel entonces continuaron en contacto.</p><p>Se vieron durante años, y en 2017 comenzó la batalla legal para convertirse en su padre. Quería cambiar su destino, como tantas veces lo hizo desde que asistió en persona a más de 2.200 niños vulnerables del norte del país. Finalmente, entre viajes al juzgado, visitas a Santiago del Estero -donde se encontraban los chicos- lo logró: con 34 años se convirtió en el padre de esos 7 hermanitos, aunque en los papeles figure como el tutor legal. “Ellos me hicieron padre a mí, y yo me ofrecí a vivir con ellos, y empezamos ese proceso legal para que ellos puedan estar conmigo. En la construcción de la vida cotidiana se fue generando el ́Diego padre´, cómo acompaña un padre, cómo quiere, cómo cuida, cómo vela porque ellos están bien, cómo poner límites cuando ellos tienen edades muy diversas -el más grande ya cumplió 21 años-, cómo es acompañar a cada uno con la historia general de ellos, con lo que cada uno vivió y lo que cada uno siente”, agrega el emprendedor.</p><p>Diego creó Pata Pila para combatir la desnutrición infantil. Según UNICEF, la padece uno de cada cinco niños y niñasDiego creó Pata Pila para combatir la desnutrición infantil. Según UNICEF, la padece uno de cada cinco niños y niñasSu primer día como padre fue con la mudanza. Y no cualquiera, eligió como destino final Entre Ríos. Con una sonrisa en el rostro, continua: “El primer día con ellos, fue viajar a Añatuya. Pude comprar un auto y los fui a buscar para hacer la mudanza juntos a Gualeguay, donde previamente había ido para alquilar una casa y preparar los ambientes para recibirlos. Quería que desde la estética hasta la funcionalidad de la casa sintieran que llegaban al hogar de ellos. Ese era el paso, no pasar de una institución a mi casa y mi familia. Viaje a Santiago, donde hicimos la despedida del hogar, porque ellos vienen de un hogar muy lindo que los acompañaron muy bien, que fue una plataforma para todo lo que hoy estamos logrando, lo crecidos y maduros que están los chicos. Hicimos la despedida y todo el viaje a Gualeguay fue con mucho entusiasmo”, recuerda. Un detalle: cada uno tenía su propio asiento, su lugar, como parte del proceso.</p><p>Desde aquel entonces, festeja el Día del Padre en casa, come con ellos, le hacen regalos, pero en general no lo llaman papá. Incluso, él busca mantener el vínculo con el padre biológico, a quien visitan todos los años. El emprendedor, aclara: “Ellos igual tienen a su papá biológico, y sostienen el vinculo, y yo colaboro a que sostengan este vínculo. Se hablan por teléfono y todos los años viajamos a Santiago del Estero a compartir con él. Yo también tengo mis reuniones bilaterales con el papá de los chicos, porque él también me llama. Aprendimos a convivir sabiendo que ellos tienen su familia, y que yo en ningún momento quiero ocupar un rol que no me corresponde, aunque efectivamente sea el padre de los chicos que viven conmigo y seamos una familia”.</p><p>Siete hermanos</p><p>Ellos son William, Patricio, Mario, Maxi, Juana, Juancito y Ariel. Sus edades van desde los 8 años de Ariel hasta los 21 de William. En Entre Ríos construyeron su nueva vida, un lugar elegido estratégicamente para que puedan estar cerca de la familia y reinventarse lejos de la desnutrición infantil que alguna vez sufrieron al igual que uno de cada tres niños menores de 5 años, según datos de UNICEF..</p><p>Ahora van al colegio y hacen deporte. Están juntos, y si hay algo que a Diego le enorgullece es verlos crecer. Todas las noches se ordenan en una larga mesa para cenar en familia. En esos momentos, su padre se relaja y los observa con mucho cariño. “Cuando nos juntamos todos, en esos momentos en las sobremesas eternas que tenemos todos los días, me abstraigo -soy muy de practicar eso- para tomar perspectiva y mirarlos, es disfrutar las pequeñas cosas, cuando van ganando autonomía, o cuando se abren a contarte lo que están viviendo, lo que están logrando, esas son las pequeñas cosas que me dan la pauta de que la cosa va bien, y me hace muy feliz estar cerca de ellos, que estamos pudiendo lograr todo lo que yo había soñado cuando empecé”, agrega.Las dificultades cotidianas pueden encontrarse en acompañarlos a cada uno de ellos en su momento de vida, señala: “No es lo mismo acompañar a William con 21, a Pato con 19, que Arielito que tiene 10 y vino de chico conmigo cuando tenía 2 años. Los desafíos son con cada uno, en que momento de la vida están, como les esta yendo, como se vincula con sus pares, como le va en el deporte, que necesita. El acompañamiento y la elección de las actividades que voy construyendo con ellos es en torno de lo que voy notando y escuchando, lo que ellos me hacen saber y lo que me dice la gente que tengo alrededor mío”. Aún así, siempre busca apoyo en su propia familia y en especialistas como psicólogos y padres que hayan pasado por experiencias similares.</p><p>Al encontrarse cómo padre de 7 hijos a sus 34 años, recurrió a la contención de su propia familia. Ellos, al igual que los nuevos integrantes, son 7 hermanos. Incluso, el modelo de su propio padre es algo que siempre tuvo presente, por lo que comenta: “Fui entendiendo mucho como acompaña un padre, y me fui haciendo mucho espejo con mi propio papá y con los padres que tengo cerca, para ver cuales son los modelos. Ellos me van marcando a mi el timing entre lo afectivo y los límites y también darles muchas herramientas que ellos no habían recibido en sus años de crianza que le van a servir para defenderse en la vida y posicionarse frente a los demás, en el estudio. Me toca ir buceando en las diversas experiencias que tuve para entender cuál es el mejor modo de ser papá para cada uno de ellos”. Pero, a diferencia de su historia, él se encuentra solo, sin una pareja estable a su lado, por lo que afirma le tocó ser “padre, madre, y tutor en una misma persona”.El proceso de adopción y el mensaje</p><p>En cuanto al tema de la adopción, responde: “Adoptar es difícil, no es un mito, es una realidad. Y por eso tiene que cambiar el sistema de adopción. En mi caso soy el tutor legal, no es como un proceso de adopción tradicional. En este caso se consideró la voz de los chicos y que eran un grupo grande de hermanos que ya tenían un vínculo preexistente conmigo, y que en ese caso el juez consideró que la figura más idónea era la de tutoría legal”.</p><p>A las personas que están pensando en realizar un proceso de adopción, les recomienda: “Si el deseo es genuino de cuidar a un otro y no cumplir un sueño personal, aunque también lo sea, es importante saber que hay un montón de niños en todas las instituciones a lo largo y a lo ancho del país, que necesitan amor, que necesitan acompañamiento, una familia, y que muchas veces son niños de edad más avanzada. No hay que tener miedo de la historia del otro, porque la vida se construye con la historia del otro. Hay un montón de niños de 5 años, de 7 años, de 12 años, que tienen mucho para dar y mucho potencial y mucho para enseñar también. Si le ponen corazón, cabeza, y amor van a poder sortear los desafíos de construir una vida con alguien que ya es un poco más desarrollado. Fomentaría que vayan por los más grandes si el deseo de adopción es cuidar a un otro, hay muchos que están a la espera de esa familia”.</p><p>Hoy, los ocho se reunirán para celebrar el Día del Padre con Diego. Por primera vez en tres años y medio, a través de un audio que le envió Juana (la única mujer de los siete adoptados) le dijeron "papá"Hoy, los ocho se reunirán para celebrar el Día del Padre con Diego. Por primera vez en tres años y medio, a través de un audio que le envió Juana (la única mujer de los siete adoptados) le dijeron "papá"Pero, además de ese rol de padre, Diego tiene una lucha: la desnutrición infantil. La misma que sufrieron sus hijos antes de llegar a su vida. Se expresa: “Lo más duro de todo fue acompañar el fallecimiento de niños, cuando hay un niño que conocías, o que recién nació o una familia que era vecina. Tener que ver a una madre o un padre enterrar un hijo es de los procesos más dolorosos que me tocó acompañar, sin duda. Me tocó verlo muchas veces -se le quiebra la voz-. Sí, mueren de hambre, de desnutrición, por falta de acceso al trabajo, a la economía, al agua, todavía pasa y mucho”.</p><p>Por esa razón fundó Pata Pila, y hoy trabajan en 74 comunidades de 4 provincias, cuentan con 5 centros de Desnutrición Infantil y Promoción Humana, 2 hogares de niños, 3 programas de oficios y un espacio de primera infancia, para combatir la desnutrición.</p><p>Si estás interesado en colaborar con Pata Pila podes comunicarte con ellos a través de su pagina web https://patapila.org/index.php</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/rt2svH-D2xZk1ZxkjkzbovuO6BY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2022/06/pata_pila.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Diego Bustamante es el creador de Pata Pila, una ONG que asiste a cientos de familias vulnerables. De joven viajó al norte argentino para combatir la pobreza. En Santiago del Estero se convirtió en tutor legal de seis varones y una niña]]>
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                <updated>2022-06-20T15:11:32+00:00</updated>
                <published>2022-06-20T15:12:57+00:00</published>
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            Diego Bustamante fue premiado en EY Argentina
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                <![CDATA[El Debate Pregón]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/YfyWS0Is9FO9J_WvQRolw5p1q0k=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2022/04/diego_bustamante.png" class="type:primaryImage" /></figure><p>En este marco, el gualeyo por adopción, Diego Bustamente fue premiado en la Categoría Social por su labor como Director General en Pata Pila, organización sin fines de lucro que, desde 2015, trabaja para la resolución de los problemas que afectan la vida de las familias que se encuentran en situación de pobreza extrema y estructural en la Argentina.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;</p><p>Pata Pila forma equipos multidisciplinarios de profesionales que viven y trabajan diariamente en las comunidades originarias de la provincia de Salta y en barrios periféricos y asentamientos en las provincias de Mendoza, Entre Ríos y Buenos Aires.</p><p>Diego Bustamante creó la Asociación Civil Pata Pila y en ese caminó formó su familia, adoptando a 7 hermanos Santiagueños, con quienes convive desde el 2018 en nuestra ciudad.&nbsp;</p><p>En este marco, Diego resultó galardonado y expresó “Gracias por el reconocimiento, a todos estos años de empuje, que hace que hoy Pata Pila tenga el nivel de impacto y legitimidad que tiene. Como siempre digo, nada se construye solo, asique este premio es extensivo a todo el gran equipo de Pata Pila y a todos los que pasaron estos años y dejaron su huella”</p><p>Y continuó “Un lujo compartir las categorías del premio con Guibert Englebienne, Verónica Marcelo Jerez, Gaston Taratuta, entre otros emprendedores de mucho impacto”</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/YfyWS0Is9FO9J_WvQRolw5p1q0k=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/media/2022/04/diego_bustamante.png" class="type:primaryImage" /></figure>Los EY Argentina o Entreprenuer of the year, es un premio otorgado al emprendedor, dueño o principal accionista destacado por su espíritu emprendedor, su desempeño financiero, su dirección estratégica e impacto global, así como por su visión, innovación e integridad personal.]]>
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                <updated>2022-04-26T23:00:02+00:00</updated>
                <published>2022-04-26T23:00:00+00:00</published>
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            La conmovedora historia de Diego: dejó Recoleta, se mudó a Gualeguay y adoptó a siete hermanos que le cambiaron la vida
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                <![CDATA[El Debate Pregón de Gualeguay]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/8ZfV3j1ptsoLA_URKUZitFBh4l8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/adjuntos/289/imagenes/000/523/0000523027.png" class="type:primaryImage" /></figure><p>"Claro que hay momentos en los que me veo desbordado, siento que es una lucha difícil y que todo es demasiado, pero respiro hondo y elijo volver a confiar porque vale la pena entregar la vida por los chicos". Diego Bustamante (38) vive en Gualeguay y desde 2015 decidió dejarlo todo -su vida en Recoleta, una familia numerosa, amigos y buen pasar- para instalarse junto las comunidades guaraníes del norte de Salta, y desde allí luchar contra la desnutrición.</p> <p>En el camino conoció a un grupo de hermanos que se encontraban en situación de vulnerabilidad y comenzó una relación. "Movido por el deseo de los chicos de vivir conmigo, un juez me nombró su tutor legal y desde diciembre de 2018 estamos todos juntos en Gualeguay. Decidí mudarnos ahí para estar más cerca de Buenos Aires, ya que quería que los chicos también disfrutaran a sus abuelos y tíos que viven allí", cuenta a LA NACIÓN.</p> <p>Una gran historia, paso a paso</p> <p>Primero Diego albergó a todos los varones: Willy (20), Pato (18), Mario (16), Maxi (15), Juan (11) y Ariel (9) Gerez. Juanita (13), la única mujer, prefirió quedarse en el hogar donde estaba hasta terminar la primaria y en agosto del año pasado se reunió con ellos.</p> <p>"Estamos felices de tenerla acá. Fue ella la que tomó la decisión de venir con sus hermanos y conmigo, que somos su familia. Fue un momento muy fuerte, porque en plena pandemia era difícil ir de una provincia a otra. La tuvieron que llevar al límite de Santa Fe con Santiago del Estero y yo la esperé del otro lado. Fue súper emocionante verla cruzar sola el control policial. Hoy está feliz cursando el secundario. Antes de la cuarentena había empezado a practicar fútbol, como varios de sus hermanos. Está grande y cada vez más madura. Nos aportó una alegría enorme a todos y a mí personalmente porque la siento muy cerca, compinche y compañera", explica Diego sobre cómo se sumó Juanita.</p> <p>-A más de dos años de mudarte con los chicos a Gualeguay ¿lograste fusionar tu vida con ellos y el trabajo social que desarrollás en Salta con Pata Pila, la asociación civil franciscana que fundaste en 2015?</p> <p>-Creo que sí, yo sigo teniendo mi base en Gualeguay, donde están los chicos. El año pasado, en plena pandemia, pudimos comprar un terreno y construir una casa que soñamos entre todos. Y cada 20 días o un mes viajo a Salta donde tengo la mayor cantidad de proyectos de Pata Pila. Ahí está sembrada mi vocación. Pero acá están los chicos que hoy son mi familia.</p> <p>-¿Contás con ayuda para las cosas de la casa?</p> <p>-Sí. Desde que llegamos nos ayuda Lorena y ahora también se sumó Roxana; ellas se quedan cuando yo no estoy. Pero los más grandes colaboran mucho. Todos suman; levantan la mesa, lavan los platos y se ocupan de sus cuartos. Para el colegio el año pasado me ayudó mucho una amiga mía, Antonella, que ahora se fue a vivir a Salta y es directora de uno de los centros de Pata Pila. Igual, Juanita me ayuda un montón con los más chicos y sus tareas.</p> <p>¿Ellos mantienen relación con sus padres?</p> <p>-Sí, hablan por teléfono con ellos. Hace dos años los fuimos a ver en invierno, pero el año pasado no se pudo, por la pandemia. Los más grandes se comunican más seguido y a los más chicos yo los aliento a que no pierdan el contacto.</p>   image.png             <p>-¿Te considerás un padre exigente?</p> <p>-Claro, me gusta que estudien, pero también entiendo que pasaron mucho tiempo viviendo en un hogar sin tener nada propio. Entonces sí les compré la play -algo que ya tenían en el hogar- y a los más grandes un celular. Pero saben que lo tienen que cuidar y no les cargo crédito demasiado a menudo.</p> <p>-¿Cómo es un día en tu casa?</p> <p>-Nos levantamos temprano, ellos se ponen a estudiar y yo a trabajar. Después almorzamos todos juntos. Durante la siesta salen a jugar un rato a la pelota, menos Maxi que se tira a dormir y lo cargamos mucho por eso. Después vuelven a estudiar y yo a trabajar un rato más. Antes era distinto porque iban al colegio y a entrenar al club. Es increíble la cantidad de tiempo que pasamos encerrados y ahora se está notando todo lo que están perdiendo.</p> <p>-¿De qué manera notás que los afecta la larga cuarentena?</p> <p>-Se están perdiendo un montón de cosas, por ejemplo, la cercanía con los vínculos que habían comenzado a construir. Clases presenciales, entrenamientos, fiestas... Los más grandes no están pudiendo hacer su camino y volverse más independientes. Se empieza a sentir el encierro y el no poder proyectar a largo plazo. De todas maneras reconozco que la pandemia a nosotros nos unió. Nos hizo encontrarnos y compartir más tiempo de calidad, conocernos, elegirnos. De alguna manera, nos hizo bien. Al no poder viajar en todo el año me obligó a echar raíces y estar más en la diaria.</p> <p>Y ese tiempo de pandemia también les permitió hacerse la casa.</p> <p>-Exacto, pudimos comprar un terreno en las afueras de Gualeguay y construir nuestra casa gracias a mucha gente que nos ayudó y mucha deuda que tengo... (ríe). Participamos todos en la construcción junto con los albañiles. Veníamos a pintar, armar, lijar. Todavía no está terminada, pero ya tiene lo básico. Tener algo nuestro nos da una enorme tranquilidad. Y para ellos fue importantísimo. Pasar de vivir en un hogar a tener una familia y una casa propia fue un salto enorme. Hacerla juntos los ayudó a entender que estamos juntos en este barco, que somos una familia.</p>   image.png             <p>-¿Qué es lo que más te desvela a la hora de conciliar el sueño, los problemas de la gente, el pago de sueldos, alguna preocupación personal?</p> <p>-La verdad es que me desvelan tantas cosas... Me preocupan los chicos y su futuro. Ellos son mi familia y me llevan tiempo y dedicación. Pero las grandes preocupaciones vienen por lo que palpo de la realidad desde Pata Pila.</p> <p>Una organización que crece</p> <p>Hace dos años Pata Pila contaba con 35 personas que asistían a unos 600 niños entre Salta y Mendoza, donde la asociación también tiene presencia. Hoy son casi 70 los que colaboran con más de 56 comunidades originarias y atienden a casi 1.000 chicos con mal nutrición.</p> <p>-¿Cuáles son las necesidades más urgentes?</p> <p>-Trabajamos con comunidades que están súper vulneradas. Con atraso estructural de muchos años. Así que las necesidades son miles: en materia habitacional, de acceso al agua potable, a tener un DNI, educación, salud... Cuando la necesidad es tan grande nosotros interpretamos que la mejor respuesta es un acompañamiento personal y cercano. Porque para ayudar hay que estar. No se trata de dar peces (asistencialismo) o cañas para enseñarles a pescar. Desde Pata Pila entendemos que lo más importante es pescar con ellos, luego comer juntos, vivir a su lado y así ir conociéndolos, respetándolos y descubriendo cuáles son sus verdaderas carencias.</p> <p>-¿Cuentan con subsidios provinciales y nacionales para sostenerse?</p> <p>-No, Pata Pila se sostiene únicamente con aportes privados y donantes particulares que todos los meses donan a través de nuestra página: www.patapila.org. Por otro lado, contamos con empresas y empresarios que financian determinados proyectos y buscamos cooperación internacional. Igual, no es solo un tema de dinero, sino de procesos estructurales que hay que cambiar. Claro, nosotros como organización necesitamos el dinero para sostener a los profesionales que viven en las comunidades. Hay que pagar honorarios, viáticos, nafta, asistencia alimentaria... Lo que hacemos es un acompañamiento humano, asistencia humanitaria.</p> <p>-¿Cuándo sentiste la necesidad de dedicarte por completo a los demás?</p> <p>-Lo mío fue un proceso largo y de mucha búsqueda. Terminé el colegio Champagnat y me puse a estudiar Agronomía, pero dejé porque sentía que mi verdadero deseo era ser actor. A los 22 años me mudé a México y trabajé bastante en comerciales y televisión, pero decidí volver porque tampoco era eso lo que me hacía feliz. De regreso a Buenos Aires comencé una terapia psicológica, retomé el contacto con los Franciscanos y volví a visitar hogares, personas en situación de calle y a viajar al norte para misionar. Ahí comprendí que ese brindarme a los demás era lo que realmente me hacía feliz.</p> <p>-¿Pero el cambio no fue de un día para el otro?</p> <p>-No, para nada, fueron varios años de búsqueda y de seguir visitando ¡tres veces por semana al psicólogo! También me recibí de técnico agropecuario y los viajes a misionar comenzaron a hacerse más largos. Sentía que para ayudar había que estar. Y así tomé la decisión de instalarme en Salta.</p> <p>-¿Cómo lográs no bajar los brazos cuando las situaciones son tan dramáticas?</p> <p>-Si nos quedamos en el dolor y la pena las emociones se vuelven infértiles. En mi caso esos padecimientos son el motor y la nafta que me impulsa a continuar con la pelea. Realmente hay momentos que no sé de dónde saco la fuerza. A veces del encuentro con los demás, otras siento que me llega de la esperanza, de los testimonios de personas que dan pelea a mi lado, siguen soñando y creyendo que la realidad puede cambiar. Todo eso es un motor fuerte. También creo en Dios y en la vida y creo que este proyecto se sostiene gracias a al acompañamiento de un montón de gente que confía en nosotros. Ojo, no se trata de colocarnos como salvadores de nada, ni creer que vamos a poder resolver todos los problemas. Nuestra misión es acompañar, ponernos a disposición, hacer todo lo que podemos y tender puentes. Esperamos que después de leer esta nota muchos se sumen a nuestra causa.</p> <p>Por: Silvina Ocampo La Nación </p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/8ZfV3j1ptsoLA_URKUZitFBh4l8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/adjuntos/289/imagenes/000/523/0000523027.png" class="type:primaryImage" /></figure>En 2015 se instaló en el norte de Salta y fundó la Asociación Civil Pata Pila para ayudar a las comunidades originarias; hoy divide su tiempo entre su nueva familia y el trabajo social]]>
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                <updated>2021-07-01T00:00:00+00:00</updated>
                <published>2021-07-01T10:49:00+00:00</published>
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            Sociedad Sportiva, indumentaria deportiva y colaboración
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/wPSOOFH3VXSj6Pto78oPuAstih4=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/adjuntos/289/imagenes/000/414/0000414243.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p> </p> <p>No es la primera vez que Sociedad Sportiva colabora con esta Asociación. Para entender mejor la finalidad hay que saber que es "Pata Pila": La Asociación: "Somos una Asociación Civil Franciscana que vive y trabaja junto a familias vulnerables del norte Argentino"El proyecto de la Asociación Civil Franciscana Pata Pila nació desde la lógica del encuentro con los demás, porque creemos que la vida compartida es siempre vida transformada.</p> <p>  Las bases del lanzamiento son las siguientes:</p> <p>Lanzamiento Oficial Conjunto de Entrenamiento Sociedad Sportiva 2021.</p> <p>Lanzamos la 1° preventa yademás tu aporte tiene un fin solidario, colaboras con la "Fundación Patapila" para Combatir la Desnutrición Infantil (www.patapila.org). Por cada conjunto vendido, se donarán $ 200 a la fundación.</p> <p>Forma de pago: hasta 3 cuotas.1° cuota $ 1000 (se considera como seña)</p> <p>2° cuota $ 1000</p> <p>3° cuota $ 700</p> <p>( La entrega del equipo es cuando esté cancelado el 100%)</p> <p>Se toma señas hasta el 9 de Enero en la Sucursal de "Planeta Fútbol"Fecha de entrega, 15 de Febrero aproximadamente.</p> <p>Días y horarios de atención para confirmación del equipo.</p> <p>Lunes a Viernes:Mañana: 9:30Hs a 12:30Hs.Tarde: 17:30Hs a 21Hs.</p> <p>Federación 18, Gualeguay (Entre Ríos).</p> <p>Consultas de pedidos y tallesCEL +543444572295 (Lisandro).CEL +543444441049 (Juan Ignacio)</p> <p>@patapilaok @dbustamanteok</p> <p>@canal2gualeguay</p> <p>@eldebatepregon</p> <p>@kionargentina (sponsor)</p> <p>@planeta_futbollg (sponsor)</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/wPSOOFH3VXSj6Pto78oPuAstih4=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://eldebatecdn.eleco.com.ar/adjuntos/289/imagenes/000/414/0000414243.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>En Sociedad Sportiva se ha lanzado la preventa de indumentaria deportiva. Una de las aristas de este emprendimiento es colaborar con la Asociación "Pata Pila".]]>
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                                <category term="deportes" label="Deportes" />
                <updated>2020-12-29T00:00:00+00:00</updated>
                <published>2020-12-29T10:49:00+00:00</published>
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